Dar

Sé la capacidad que tengo con mi mente y mis palabras. Aún me dan vueltas en la cabeza la cantidad de veces que las utilicé para matar sueños, autoestimas, familias… para satisfacer mis hedonistas placeres, sin importar por encima de quién pasara. Tengo tantos ejemplos de ello en mi cabeza que si no fuera por el Espíritu, que me refuerza continuamente el perdón del cielo, me habría vuelto [más] loco.

Ahora no es así. Quiero usar mis palabras —y todo lo que soy— para dar vida a los demás. Llenar de los sueños que frustré; mostrar a los demás que valen cada gota de la sangre del Cristo que se encarnó por amor a ellos; y construir familias (la mía inclusive, aunque me sea tan esquiva) que transformen el mundo por medio del Dios que reina en medio de ellas. Fue de nuevo mi amiga Sophie quien me hizo recordar hoy cuánto valen para Dios las personas que he acercado a Él (que se me antojan muy pocas) y cuánto valora Dios lo que hago ahora para Él. Dios bendiga su sabiduría.

Yo mismo tengo que pelear contra las ideas de que lo que hago no importa. ¡O, peor aún, de que solo lo malo importa! Porque pareciera que las consecuencias de mis errores me persiguen sin tregua y cada error, pequeño o grande, me tocara pagarlo con intereses muy por encima de la usura… Aunque tal pensamiento sea ridículo, porque si mis pecados recibieran el castigo que merecen, yo debería estar muerto. La paga del pecado es muerte. Por la misericordia del Señor no hemos sido consumidos.

Sea como fuere, me es difícil ver las consecuencias de hacer el bien. Tengo que esforzarme mucho para creer que si no nos cansamos de hacer el bien, a su tiempo segaremos si no desmayamos. Ya no me importa todo lo que sé. ¡Renuncio a mi capacidad de razonar, a mi conocimiento! Son basura. Regalo mis libros, mis cartones y mi estudio, y vendo todo por sentirme vivo. Si lo que hice no tiene perdón en la cruz de Cristo, soy el más desesperanzado de los mortales. Sé en mi corazón que Dios pagó por mis pecados y tengo vida y perdón en Él, no lo dudo por un instante. Pero necesito un milagro. Necesito ver en esta tierra de los vivos su misericordia porque ya no sé cómo continuar. No lo sé. Me rindo. Mis lágrimas son mi pan de día y de noche.

Esta mañana me desperté y los pensamientos de muerte con los que batallo quisieron volver. ¡Pelear contra ellos es más difícil en estos días! Pero oré como sé que lo han hecho las personas que en este tiempo han estado preocupadas por mí. Limpié mi corazón ante Dios con muchas lágrimas y ante quienes tenía conciencia de haber ofendido… algo que de todas maneras hago cada vez que caigo en cuenta de mis pecados y de lo mucho que he dañado a tantos alrededor mío de diferentes formas. Le pedí al Señor que tomara el control y lo hizo. Y después se me abrieron los ojos a una verdad que me viene dando vueltas.

Anhelo una vida con propósito. Anhelo una vida como la de Pablo, la de Wilberforce, la de Bach… la sueño con locura. Anhelo una vida como la de tantos que han sido importantes para el mundo porque Dios ha sido importante para ellos. Todos tenían una cosa en común: Amaban desproporcionadamente.

Amaban a Dios y por eso le ofrecieron sus vidas a cambio, lo mejor que tenían. Pero amaban a los demás también. Pienso, por ejemplo, lo que Pablo decía que estaba dispuesto a pasar por las personas de las iglesias que fundó (¡y las cosas tan extremas que en efecto vivió!). Pienso en cuánto amor muestra la vida de Wilberforce, que se entregó por completo al Señor y a los demás. Pienso en que Bach, el mejor compositor de la historia, hacía la música para Dios pero para que sus oyentes se agradaran…

Amaban. Y amar siempre, siempre, es dar. Por eso siempre es más bienaventurado dar que recibir. Salomón dice que unos dan y reciben más de lo que dan. El Sermón del Monte, de nuestro lado, es que podemos dar y dar y dar. Porque también tenemos un Dios, Padre, perfecto, poderoso y amoroso que nos hace plenos y nos quiere dar todo. Nos capacita para dar porque de Él recibimos gracia sobre gracia.

Todo un propósito para la vida. Dar. Porque cuando doy, amo. Porque amar es dar. Porque no hay amor sin dádiva. No dar las sobras, sino dar de verdad. Porque si doy lo que me sobra, no soy diferente a los paganos. Por supuesto que dar, dar de verdad, duele. Es una negación del yo. Lewis decía que si no me duele dar es porque estoy amando poquito. Pero cuando doy, Dios suple y seguramente muchos también devolverán el amor. Dar. El propósito de la vida es dar. Porque el propósito de la vida es amar. Amar a Dios y amar al prójimo.

Coletazos

Hace un tiempo me decía mi amiga Sophie Perrault —uno de esos escasos ejemplos de mujer virtuosa— que no podemos pasar por alto el efecto dominó de las cosas que hacemos para Dios. Solo vemos lo que hacemos directamente, pero las consecuencias indirectas son de largo alcance en el tiempo y el espacio, eternas. Sembramos semillitas de mostaza en esta tierra, pero un día vamos a llegar al cielo y obtendremos coronas por cosas que pasaron incluso siglos adelante o en lejanas tierras. ¡Cuánta sabiduría en las palabras de Sophie y cuánta bondad de Dios!

Recordé un ejemplo gigante en la historia política que puede ilustrar la idea.

John Adams siempre estuvo en contra de la esclavitud. El asunto dividió tanto el Congreso Continental de las 13 colonias que por ello casi no logran ponerse de acuerdo sobre la independencia de Estados Unidos. Adams fue abolicionista, nunca poseyó esclavos (a diferencia de Jefferson, por ejemplo) e incluso cuando representaba los intereses de Estados Unidos en Europa, dejó su hacienda en las afueras de Boston a cargo de una familia negra cercana. ¡En esa época! John Adams, artífice de la independencia de Estados Unidos y el segundo presidente del país, enseñó esos principios a su hijo John Quincy Adams.

John Quincy Adams, fiel a las enseñanzas de su padre e influenciado también por William Wilberforce en Inglaterra, se opuso toda su vida a la esclavitud y su mayor sueño político era alcanzar la abolición, aunque no lo logró. Quizás su evento más conocido en la cultura popular, retratado en una película de Steven Spielberg, fue haber defendido con éxito ante la Corte Suprema a ciertos esclavos negros traídos de Sierra Leona en un navío español llamado Amistad para evitar que fueran condenados por haber promovido una insurrección en la cual murió el capitán del barco. Después de haber servido como presidente, siguió impulsando su causa desde el Congreso. Su fervor por el abolicionismo afectó grandemente a un joven político cuyo nombre era Abraham Lincoln.

Es decir, la abolición de la esclavitud en Estados Unidos liderada por Lincoln estuvo fuertemente influenciada por el mismísimo padre fundador John Adams desde casi cien años antes, así como por las ideas y acciones de William Wilberforce.

En estos días me enteré de que en un seminario de Costa Rica usan unos videos de mis charlas de apologética que alguna vez compartí en Facebook. Me sorprende cuánto nos usa Dios a pesar de ser tan poco dignos (2 Co. 4:7).

Necesito creer que las cosas que hago van a hacer una diferencia. Justo en este momento necesito creerlo. John Adams y William Wilberforce son nombres que me trascienden casi infinitamente; no me atrevo a compararme con ellos. Pero me aferro a las sabias palabras de mi amiga Sophie. Yo no puedo ver a largo plazo, a duras penas consigo ver lo que tengo al frente. No obstante,  a mi buen Dios no le son ocultos los coletazos de mis acciones para Él (¡ni mi amor por Él!) y, Justo como es, no las va a dejar sin premio eterno.

Nosotros los malos

Uno de los ataques más efectivos al cristianismo en nuestra cultura es mostrar la imperfección de los cristianos. El imaginario colectivo es que los cristianos deberíamos ser perfectos o el cristianismo es falso. Nada más opuesto a la verdad.

La esperanza del cristiano no está en su perfección, sino en la de Cristo. Si yo pudiera ser perfecto por mi propia cuenta, lo cual me capacitaría para llegar a Dios por mí mismo (porque solo lo perfecto puede tocar lo perfecto), mi religión sería el danielismo, no el cristianismo.

Ante tal crítica puede uno decir a la cultura de hoy día lo mismo que Cristo dijo a los fariseos de su tiempo: «¡Yerran ignorando las Escrituras!». El cristianismo es diáfano en este punto:

Cristo dijo: «No he venido a llamar a justos, sino a pecadores»; y también dijo: «los sanos no necesitan médico, sino los enfermos». La primera de sus bienaventuranzas va dirigida a los «pobres de espíritu».

Pablo dijo que Dios escogió «lo insensato del mundo para avergonzar a los sabios, y escogió lo débil del mundo para avergonzar a los poderosos. También escogió Dios lo más bajo y despreciado, y lo que no es nada, para anular lo que es». Todo un ejercicio en la humildad la forma en la que nos describe Pablo: lo insensato, lo débil, lo más bajo y despreciado, y lo que no es nada.

Juan, hablando a los creyentes, dijo: «Si afirmamos que no tenemos pecado, lo hacemos pasar por mentiroso y su palabra no habita en nosotros».

Si usted estaba esperando que el cristianismo dijera que los cristianos eran mejores personas, está caricaturizando el cristianismo. No. Los cristianos estamos sacados de lo peorcito que ha visto el mundo. ¡Y todo esto redunda en mayor gloria a Dios! Porque al ser nosotros las vasijas de barro del mundo, no las hechas con metales preciosos, podemos estar seguros de que la excelencia del poder que nos transforma es de Dios y no nuestra.

¡Razón tienen quienes critican la baja estatura moral de los cristianos! Pero el cristianismo no dice que seamos perfectos, sino que éramos peores y estamos en proceso de perfeccionamiento (los teólogos llaman este proceso santificación). De modo que nuestra imperfección no contradice al cristianismo. Así, si alguien dice que los cristianos son malos y por eso el cristianismo es falso, en realidad poco sabe de qué está hablando. Hasta los peores creyentes, en tanto sean auténticos, son mejores cuando se comparan con lo que eran antes de conocer a Cristo.

Hay otra cara en esta realidad. Quienes hemos sido malos entendemos muy bien nuestra maldad. Conocemos las profundidades de nuestros errores, nuestros pecados, y nos cuesta disimulárnoslos en el alma. ¡Con razón dijo Cristo a los fariseos que las prostitutas y los recaudadores de impuestos iban al cielo antes que ellos! Los hombres somos seres morales, sabemos en el fondo la distinción entre lo bueno y lo malo. Quienes hemos hecho las cosas mal sabemos que las estamos haciendo mal. No hay forma de disfrazárselo al corazón. Por tanto, no extraña que los grandes cristianos sean exhomicidas, como Pablo de Tarso; exparranderos, como William Wilberforce; exprostitutas, como María Magdalena; extraficantes de esclavos, como John Newton; expolíticos corruptos, como Charles Colson; y tantos otros ejemplos grandísimos a lo largo de la historia.

De modo que tampoco extraña cuando guerrilleros, narcotraficantes, adúlteros, homosexuales, degenerados sexuales, pederastas, viciosos, etcétera, terminan rendidos a los pies de Cristo. La propia iniquidad de sus vidas se convierte en el mejor testimonio para el corazón de que la moral existe; y el pecado que les corroe el corazón, en el mejor testigo de que necesitan un Redentor perfecto que les permita estar a la altura del Dador de la moral, porque ellos no pueden hacerlo solos.

No extraña, a la larga, que los pecadores fueran al cielo delante de los fariseos; ni extraña que vayan hoy delante de los hombres (aunque ya no sepamos a ciencia cierta si lo son…) modernos, sofisticados y soberbios que, como Dorian Gray, enmascaran con su estatus social y éxito profesional la oscuridad de su alma, considerando que no se necesitan sino a sí mismos para suplir todas sus necesidades.

Piense si «cambiar» a un bueno produce el mismo efecto que cambiar a un malo y entenderá entonces el asombroso éxito del cristianismo. Porque cambiar el corazón del malo, quitarle el corazón de piedra y ponerle corazón de carne, produce un cambio exponencial no solo en la persona, sino en el mundo en que se mueve; y muestra de paso la excelencia del poder de Dios, porque hacer bueno al malo es más difícil que hacer bueno al bueno, trivialmente. Solo el amor de Dios puede cambiar el corazón del hombre.

¿Quiere esto decir que de veras haya buenas personas?, ¿que quienes no son cristianos sean realmente buenos? Salomón lo respondió bien en su existencial Eclesiastés: «No hay nadie tan honrado en la tierra que haga el bien sin pecar nunca». Si usted quiere caer en cuenta de su propia situación moral, haga el esfuerzo por una semana de ser bueno (¡pero bueno de verdad, sin bagatelas!) y me cuenta al final cómo fracasó con todo éxito. No hay nadie bueno. Nadie. No hay justo ni aun uno. Nadie es bueno, sino Dios. Lo que sucede es que el orgullo de la persona disimula las faltas a su propio corazón. El sofisticado posmoderno o el fariseo antiguo se comparan en su orgullo contra las prostitutas y los políticos corruptos. ¡Cuánta mediocridad! ¿Por qué no se comparan contra la pureza y perfección del Dios Santo? ¡Ese es el verdadero estándar! Pero como saben que terminan mal parados, se anestesian el corazón comparándose a otros mortales a quienes consideran peores. El orgullo es mediocre, por definición. Ese es el problema de quienes dicen contentarse con «ser cabeza de ratón y no cola de león». Mediocridad rampante donde menos podemos darnos el lujo de serlo: en la moral.

¡Ahí radica la diferencia con el cristiano verdadero! El cristiano verdadero, como lo enseñó Juan, es consciente de su propio pecado. Sabe que necesita a Cristo con urgencia. No es hipócrita el cristiano auténtico que lucha con sus pecados a pesar de que muchas veces caiga. Es hipócrita el que los oculta o disimula porque quiere convencerse a sí mismo de su mentira —convenciéndose de que hay gente peor que él— y engañar a los demás.

Los cristianos luchamos contra nuestras debilidades (que no siempre son sexuales, aunque muchas veces sí lo sean). Pero nuestras debilidades son el reconocimiento de la santidad de Dios y nuestra necesidad de Él. No es que nos hayamos hecho cristianos y después dejemos de necesitar a Cristo. Lo necesitamos en el pasado para nacer de nuevo y en el presente para sustentar la nueva vida que nos dio. Separados de Él no podemos hacer nada. Ser cristianos no es dejar de equivocarnos. Ser cristianos es aceptar su sacrificio en la cruz por nuestros pecados pasados, presentes y futuros en esta vida. El cristiano sabe que, a pesar de sus debilidades, el que comenzó la buena obra en nosotros la va a completar. Y por ello, por esa identidad, porque es aceptado y amado tal cual es, porque puede llamar al Dios eterno Padre —un privilegio exclusivo del cristianismo—, puede comportarse de manera digna, buscando agradar a Dios en todo, esforzándose por agradar al Padre porque también lo ama en reciprocidad por el amor que ha recibido de Él; sabiendo que cuando peca, el amor del Padre es más grande y lo restaura.

Amamos. Amamos en reciprocidad a Dios con un amor que busca darle más de lo que somos, porque a quien mucho se le perdona mucho ama. Amamos al prójimo como a nosotros mismos e incluso en ocasiones con un amor superior al que tenemos por nosotros mismos. Nuestra motivación para ser mejores es el amor, hacer felices a Dios y a quienes nos rodean, no la fría perfección ni la hipócrita superioridad moral en sí mismas. Lo segundo es fariseísmo y solo conduce a frustración. Por eso, en nombre de tal amor, el Espíritu de Dios nos capacita para cambiar lo peor de nosotros. Porque queremos agradar a Dios y a nuestros allegados. Mejoramos por amor.

El cristiano auténtico sabe que es pecador y necesita a Cristo, es honesto. El cristiano auténtico sabe que lo que tiene de bueno está en Cristo. El incrédulo se considera bueno y cree que no necesita a Dios, su peor pecado es el orgullo porque lo mantiene hundido en todos los demás.

Porque siete veces caerá el justo, pero otras tantas se levantará; los malvados en cambio, se hundirán en la desgracia.

La cabaña

La cabaña es una historia de restauración de la relación con Dios. Trata de la rabia con Dios que experimenta un hombre llamado Mackenzie, que años atrás perdió a su hija menor cuando un asesino en serie la secuestró y la mató. A raíz del profundo dolor, Mackenzie empieza a cuestionar a Dios, de modo que Dios le pone una cita justo en la cabaña donde encontraron a su hija y allí finalmente criatura y Creador restauran su relación.

La cabaña, por tanto, intenta ser una novela sobre la teodicea. En filosofía y teología, la teodicea trata sobre cómo reconciliar la existencia del mal con la existencia del Dios omnipotente, omnipresente, omnisciente y bueno del cristianismo.

LO BUENO

Aunque hay muchos argumentos filosóficos y teológicos convincentes sobre por qué el mal y el Dios cristiano coexisten en el presente, tales argumentos no han descendido a la cultura popular y poco cuidado se presta a una apologética existencial del problema del mal. Las respuestas intelectuales pueden ser interesantes, pero solo están al alcance de quienes tengan dicha inclinación. La cabaña se presenta como una alternativa popular para resolver esta pregunta. Su gran acogida en el papel y el cine muestra la urgencia que tiene nuestra sociedad de encontrar respuestas al problema del mal desde la experiencia y con alcance popular.

Y la razón para ello es clara. Vivimos en un mundo caído. Por esa sencilla razón, todos vamos a experimentar el mal en algún momento. Y cuando el mal aparezca, ni el más estructurado de los intelectuales pensará: «Oh, como es lógico que Dios y el mal coexistan en el presente, ya no me duele» (léase con afectada voz de intelectual soberbio). No. Cuando el mal golpea nuestra vida, las respuestas naturales del hombre son: «¿POR QUÉ A MÍ?», «¡DÓNDE ESTÁS, SEÑOR!» o «¡DIOS MÍO, POR QUÉ ME HAS DESAMPARADO!».

Déjeme ser franco al respecto, la gran virtud de La cabaña es que realmente alivia el corazón de quienes tenemos o hemos tenido el corazón destrozado. Es una pomada al alma. No hay forma de disimularlo. Cada persona que he conocido cuyo corazón está adolorido se ha sentido al menos entendida después de haber leído el libro o visto la película. Tal cosa es mucho más de lo que puede decirse después de que quienes hemos sufrido hablamos con creyentes de “vidas perfectas” (¡Dónde están los perfectos!). Por eso no me avergüenza decir que, una vez me permití adentrarme en su género literario, lloré desde la primera hasta la última página.

Otra gran virtud de La cabaña es haber intentado una respuesta al problema del mal con alcance popular. Paul Young, su autor, teniendo claro su público —la gran masa de la población—, busca tocar emociones profundas del dolor humano y la sanidad del alma herida. Y desde su perspectiva pop lo logra. Este es un punto valiosísimo de La cabaña: hacer obvia la necesidad que tiene nuestro mundo Occidental de encontrar respuestas alcanzables al problema del mal. El éxito de La cabaña resaltó que a nuestra sociedad no le interesa tanto volverse atea, sino resolver sus inquietudes teológico-filosófico-existenciales. Reconciliar los sufrimientos de esta vida con la idea innata de que Dios existe.

Un tercer punto valioso es su aproximación a la relación íntima que evidencia la trinidad de Young en su obra. La versión de Dios de Young muestra una relación dinámica, viva, entre su trinidad, que hace muy bien en desdibujar la concepción que se tiene de la Divinidad como una entidad aburrida en la que el cielo es un lugar sin diversión y Dios, un ser eterno carente de toda emoción. La trinidad de Young es alegre, en ella cada uno de sus miembros disfruta al máximo su relación con los otros dos. Una trinidad que, en términos de la relación entre sus miembros, con toda seguridad es mucho más cercana a la realidad que la aburrida concepción del platonismo cristiano que heredamos del Medioevo. Encomiable.

El cuarto punto valioso de La cabaña está en enfatizar que Dios está emocionalmente comprometido con mis situaciones. Dios sabe lo que nos duele. Él mismo experimentó todo este dolor. No fue solo Cristo quien sufrió en la crucifixión. La Trinidad experimentó la muerte desde los dos lados. El Hijo muere y el Padre experimenta la pena de la separación y el duelo. No hay emoción, no importa cuán dolorosa sea, que el Dios trino del cristianismo no conozca y por la cual no pueda compadecerse de nosotros. Dios nos entiende y quiere restaurarnos a la comunión con Él. Tal comunión es lo más seguro que podemos tener en este mundo, cuyas alegrías en ausencia del Máximo Bien son a lo sumo pasajeras, cuando no ilusorias.

Antes de pasar a la siguiente sección, es menester hacer una aclaración: al leer las revisiones en inglés de La cabaña, uno de los puntos más criticados fue el aparente universalismo que Young plantea. El universalismo es una creencia que la mayoría de la iglesia cristiana no adhiere, según la cual todos los seres humanos al final van a ser salvos. Es bueno saber, como Young reconoce aquí, que no adhiere al universalismo.

LO MALO

Ante tantas cosas buenas, el lector se preguntará si realmente La cabaña tiene cosas malas. Sí, las tiene. Y deben mencionarse. Hace poco, una persona cercana me cuestionaba por qué criticar La cabaña cuando podría estar acercando a tanta gente a Dios. La respuesta es que nuestra cosmovisión, es decir, nuestra concepción de lo que constituye la realidad, va a afectar directamente nuestra vida. Lo que hoy creemos los cristianos se ha forjado a un precio muy alto a lo largo de la historia. Un precio muy alto hasta para el mismo Dios, y también para los creyentes que a lo largo de la historia han entregado sus vidas para que el cristianismo sea hoy lo que es. Considérese por ejemplo la cantidad de herejías que menciona wikipedia en el cristianismo. La verdad es que en muchas de ellas siempre hubo cristianos dispuestos a ofrecer sus vidas para que usted y yo pudiéramos creer lo que hoy creemos. La sana doctrina merece defenderse.

LA IMPORTANCIA DE LAS COSMOVISIONES

¿Por qué son importantes las cosmovisiones, es decir, aquello que en el fondo de nuestro ser consideramos verdadero? Porque nosotros los humanos, seres inteligentes (aunque lo disimulemos muy bien en ocasiones), construimos el edificio de nuestra vida con base en lo que creemos, lo que aceptamos cierto.

En contravía con la Posmodernidad pero de común acuerdo con la lógica, la verdad es por definición exclusiva. 2 + 2 = 4 y es imposible que 2 + 2 sea 1, 5, 8 o 1534. El hecho de que 2 + 2 sea 4 excluye de inmediato las infinitas posibles soluciones restantes. Y está bien que la verdad sea excluyente. ¿Por qué?

Suponga que yo vendo manzanas y creo que 2 + 2 = 10, entonces cuando venda 2 + 2 manzanas voy a estar esperando la ganancia de 10 y terminaré enojado con la vida y con los clientes, además de frustrado, cuando no reciba sino la ganancia de 4. Por otro lado, si voy a comprar 2 + 2 manzanas de mi proveedor y espero 10, me voy a llevar una sorpresa grande cuando solo reciba las 4 que pedí y un posible gran problema con el proveedor porque va a pensar que soy deshonrado y lo quiero estafar. El ejemplo es trivial, pero ilustra la realidad.

La verdad es una sola (2 + 2 = 4), pero lo que yo considero verdad (2 + 2 = 10) no necesariamente coincide con lo que es verdad. Es ahí donde se presentan los inconvenientes… o se minimizan. Entre más apegada a la realidad esté mi cosmovisión, menos problemas voy a tener. Entre más alejada, más problemática va a ser mi existencia.

En otro ejemplo, suponga que el velocímetro de su carro se daña y apunta 10 millas por debajo de la velocidad real; cuando el policía de tránsito lo detenga y lo multe por exceso de velocidad, no va a poder usted justificarse porque la realidad es que iba por encima del límite, sin importar lo que su velocímetro dijera. Si creo que el cigarrillo no hace daño y fumo todo el tiempo en mi casa, es altamente probable que quienes conviven conmigo y yo terminemos gravemente enfermos de los pulmones. Si en mi cosmovisión bailar está mal y yo bailo, mis propias convicciones terminan haciendo que bailar no sea tan placentero porque mi conciencia me acusa. En el caso opuesto, si mi cosmovisión no enseña que bailar está mal y yo no bailo, me estoy restringiendo innecesariamente de una forma sana de diversión, lo cual puede terminar siendo frustrante para mí.

Si mi cosmovisión enseña a perseguir a muerte a quienes se opongan a ella (como sucede con el islam), entonces me va a parecer que está bien hacerlo. Si mi cosmovisión enseña que está bien ridiculizar y hacerles perder sus trabajos a quienes no piensen como yo (como ocurre con la ideología de género), entonces voy a hacer perder el trabajo a quienes no piensen como yo y los voy a ridiculizar. Si mi cosmovisión enseña que el sumom bonum es la búsqueda del placer por el placer (como en el hedonismo actual), entonces me va a parecer que matar bebés no nacidos es justificable y correcto: el placer de la sexualidad activa y de no frustrar los planes de vida están primero. Si a mi cosmovisión le parece que la felicidad está en la restricción del placer (como en el ascetismo), entonces voy a vivir una vida en la que restrinja los deseos y todo el que me divierta parecerá desviación. Si creo que Dios no existe y al final sí existe, de acuerdo con la apuesta de Pascal, me va a ir muy mal. Si creo que Dios existe, entonces soy responsable ante Él.

Lo que yo crea que constituye la realidad va a tener efectos importantísimos en mi forma de pensar; de actuar; de concebir a los demás, a Dios y la eternidad. Por eso es tan importante que lo que yo crea sea consonante con la realidad.

En particular, la forma en la que concebimos a Dios va a ser importante porque va a afectar nuestra concepción de la realidad, de lo que está bien o mal, y de nosotros mismos. Es a ese hecho y sus implicaciones que a continuación dirijo mi atención en el contexto de La cabaña.

¿Dios mujer?

El primero y más obvio de todos los errores es hacer imagen de Dios Padre y Dios Espíritu Santo. Llamar a Dios Padre y tratarlo en femenino, cosa que ocurre a lo largo de casi todo el libro, es una tergiversación difícil de ignorar. En el menor de los casos genera confusión sobre la identidad misma de Dios. ¿Por qué llamarlo Padre y tratarlo de ella? Dios no es Dios de confusión.

Esta es una de las razones para haber hablado tanto antes sobre qué es una cosmovisión. El judeo-cristianismo enseña que los seres humanos fuimos creados a imagen y semejanza de Dios. De modo que si el género de Dios no importa, entonces el de los humanos tampoco importa. Aquí veo un problema grave con cercana correspondencia al pensamiento liberal que busca imponer que en términos de género cualquier cosa es válida (LGBTI… ABCDEF…). Pocas cosas mejores se me ocurren para vender la ideología de género dentro del cristianismo que hacer que el Dios a imagen del cual estamos hechos los seres humanos pueda ser de cualquier sexo de manera cambiante, como ocurre en La cabaña.

En los círculos teológicos liberales tiene hoy fuerza un tipo de teología feminista. En la teología feminista uno de los objetivos declarados es respaldar «el uso de nombres de Dios que sean o independientes del género o de género múltiple argumentando que el lenguaje impacta poderosamente lo que creemos sobre el comportamiento y la esencia de Dios» (¡La teología feminista entiende la potencia de una cosmovisión!). Exactamente lo que hace La cabaña.

No obstante, lo que termina convirtiéndose en una curiosidad es que la teología feminista, en el intento de defender el feminismo, termina relativizando el concepto mismo de mujer. Dicho en otras palabras, la ideología de género es completamente contraria a la ideología feminista, como las mismas representantes del feminismo lo han reconocido en variadas ocasiones (por ejemplo aquí). En la ideología feminista el género importa: ser mujer es lo importante. Sin embargo, en la ideología de género, ser mujer (u hombre… o cualquier otra percepción sexual propia) no importa. Mientras que en el feminismo el género es lo más importante, en la ideología de género el género no importa y es maleable a la forma en la que quiera expresar mi sexualidad en el momento presente… que puede ser diferente a la futura y la pasada.

De manera que la aclaración teológica es relevante y tiene profundas implicaciones en términos de cosmovisión. Debe decirse entonces que encarnar al Padre y al Espíritu es un error doctrinal que viola el primer mandamiento. Hay una razón por la cual al Padre no se le suelen hacer imágenes en el judeo-cristianismo: sus atributos sobrepasan por lejos, como está el cielo de la tierra, como está distante la infinitud de la finitud, todo lo que sobre Él podamos expresar. Las imágenes implican necesariamente una reducción que solo menoscaba su santidad: el hecho de que Él esté más allá de toda su creación y todo lo que nos podamos imaginar.

Segundo, es un error teológico difícil de pasar por alto. Tiene más de la ya mencionada teología liberal feminista tan en boga hoy en los círculos académicos, mejor caracterizados por sus ganas de someter el cristianismo a la cultura que por su efectividad en producir salvación y santidad. «Dios [Padre] es espíritu», es cierto. Y el Espíritu Santo… bueno, también es espíritu. De modo que las Personas Primera y Tercera de la Trinidad no son ni hombre ni mujer. No obstante, es claro en toda la Biblia que Dios siempre se identificó en términos masculinos. Los sustantivos Dios, Padre y Espíritu son claramente masculinos, de manera que el cambio parece obedecer más a una malsana asimilación de los dictados posmodernos que a la integridad doctrinal del cristianismo bíblico. Aunque haya partes del texto bíblico donde se utilicen símiles o metáforas de Dios con lo femenino —las hay—, todos los sustantivos (y sustantivo viene de sustancia) con los cuales la Biblia se refiere a Él (¡Él!) son exclusivamente masculinos.

Finalmente, cuando la Segunda Persona de la Trinidad decide encarnarse, lo hace en un hombre. Y Cristo nos dice que conocerlo a Él es conocer al Padre, que quien lo ha visto a Él ha visto al Padre. Cristo —con perdón de la perogrullada— es hombre, masculino; en consonancia con los nombres que le da todo el Antiguo Testamento a Dios.

Es la Encarnación la razón fundamental por la cual no se suelen considerar problemáticas ciertas representaciones de Dios en el arte. Porque son imágenes de Cristo, Por ejemplo, Aslan corresponde a la Segunda Persona de la Trinidad encarnada.

EL PRINCIPIO DE LA SABIDURÍA

—¿Es… es un hombre? —preguntó Lucy.

—¡Aslan un hombre! —exclama el Sr. Castor con seriedad—. ¡Claro que no! Te digo que él es el rey del bosque y el hijo del gran emperador allende los mares. ¿No sabes quién es el rey de las bestias? Aslan es un león… el león, el gran león.

—¡Ahh! —exclamó Susana—, yo creía que era un hombre. ¿Es él… lo suficientemente seguro? Yo me sentiría nerviosa de encontrarme con un león.

—Seguro que te sentirás así, querida mía, sin lugar a dudas —dijo la Sra. Castor—, si existe alguien que pueda aparecerse ante Aslan sin que le tiemblen las piernas, ese alguien es más valiente que la mayoría, o sencillamente un tonto.

—¿Entonces él no es seguro? —dijo Lucy.

—¿Seguro? —repitió el Sr. Castor—. ¿No estás escuchando lo que dice la Sra. Castor? ¿Quién mencionó la palabra seguridad? Por supuesto que no es seguro. Pero él es bueno. Él es el rey, te lo aseguro.

C. S. Lewis. El león, la bruja y el armario.

La cabaña, propio de la cultura pop que representa, menciona al Dios Trino como si fuera uno de nosotros, despojándolo de toda su santidad. Ser santo no significa ser místico o aburrido. Santo  significa separado. Todos los atributos de Dios están marcados por su santidad. La santidad de Dios lo separa en el resto de sus atributos de nosotros. Por ejemplo, su capacidad de amar es ilimitada, mientras que la nuestra no lo es ni con nuestros seres más queridos.

Pero la santidad de Dios tiene otra característica también: Él es grande; yo soy pequeño. Él, como lo reconoció Job, tiene plenitud de poder para crear todo este mundo, sus obras son para nosotros cosas demasiado maravillosas que no alcanzamos a comprender. Su grandeza, magnificencia, poder y la infinitud en sus atributos solo pueden describirse a ojos humanos como encanto aterrador. Él es sublime.

Por eso, cuando el Señor dio a Israel los Diez Mandamientos, el pueblo de Israel prefirió no verlo de frente y optó por dejar a Moisés como intermediario. Por eso el mismo Dios, aunque llama a Moisés su amigo, le dice que no puede verlo de frente y, en un muy ilustrativo antropomorfismo, Moisés solo puede verle la espalda; ¡el mismísimo Moisés! Por eso, cuando Dios llama a Isaías, la reacción del profeta fue decir «¡Ay, de mí, que estoy perdido!». Por eso cuando habla con Daniel, el sabio sintió que las fuerzas lo abandonaban. Por eso cuando apareció a los apóstoles tras la resurrección, ellos quedaron aterrorizados. Por eso cuando el Cristo ascendido se reveló a Pablo, él cayó al piso y quedó ciego solo logrando balbucear «¿Quién eres, Señor?». Por eso cuando Juan, ¡el discípulo amado!, tuvo la visión de los tiempos finales y vio al Hijo del Hombre, cayó como muerto.

El principio de la sabiduría es el temor de Dios. Y no. No es el «temor reverente» que muchos enseñan. Es el asustador reconocimiento de quién es Él y quién soy yo, la infinita diferencia entre su santidad y la mía, su amor y el mío, su pureza y la mía, su justicia y la mía, su poder y el mío… solo por su misericordia —que tampoco se parece en nada a la mía— no hemos sido consumidos. Lo que los personajes bíblicos descritos sintieron no fue el acomodado «temor reverente»; fue pavor de pensar que morirían porque sus ojos habían visto al Rey.

Así las cosas, es inexplicable la trivialización de la Divinidad en el libro porque Mackenzie, el personaje central, habla todo el tiempo con cada miembro de la Trinidad como quien habla con el vecino, «¡’Toes qué, Parcero!… ¿O Parcera?». Como le dijera el Sr. Castor a Sussie: tiene alguien que ser muy valiente o muy tonto para hacerlo… y ser la primera no excluye la segunda. El principio de la sabiduría es el temor de Dios. Luego no hay sabiduría ninguna en afrontar el problema del mal sin temor al Santo, Santo, Santo.

Aslan no es seguro, acercarse a Él requiere temor y reverencia. Pero es bueno.

LA AMBIGÜEDAD

Uno de los mayores problemas con La cabaña es la ambigüedad. Por ejemplo, con respecto al universalismo, recuerdo haber leído primero una cosa que me dio a pensar: Esto no me huele bien. Sin embargo, un poco más adelante recuerdo haber pensando: Ah, no, aquí está diciendo ya lo contrario. Dicha ambigüedad es para mí uno de los peores problemas de La cabaña, patente a lo largo de todo el libro; casi todas sus afirmaciones dan para pensar una cosa y después dice algo que llevaría a pensar otra cosa del todo opuesta.

Creo que casi todas las críticas que eruditos cristianos, celosos de la sana doctrina, han hecho (por ejemplo esta durísima de Albert Molher) se pueden explicar mejor así. Realmente en La cabaña rara vez es clara la posición del autor. En unas partes da a pensar una cosa y en otras, otra. Ante tanta ambigüedad, criticar la pureza doctrinal de La cabaña en gran parte de sus afirmaciones teológicas se vuelve complicado. Pero es indudable que Young parece moverse en arenas movedizas, en el mejor de los casos, o navegar a dos aguas, en el peor. La ambigüedad es peligrosa en cualquier ámbito y la teología no es la excepción.

Otro ejemplo de tal ambigüedad puede verse a continuación. Cuando Dios explica a Mackenzie, el personaje principal del libro, que decir «la verdad» sin amor en el fondo no es verdad, lo hace en los siguientes términos:

Muchas personas inteligentes pueden decir muchas cosas correctas con el cerebro, porque les han dicho cuáles son las respuestas correctas, pero no me conocen en absoluto. Así que, en realidad, ¿cómo pueden ser correctas sus respuestas incluso siendo correctas? No sé si entiendes a lo que me refiero —su juego de palabras le hizo sonreír—. En definitiva, aunque estén en lo cierto, están equivocados.

Aunque lo que quiere decir es correcto, la ambivalencia se presenta dos veces en un solo párrafo: «¿Cómo pueden ser correctas sus respuestas incluso siendo correctas?» y «En definitiva, aunque estén en lo cierto, están equivocados». 

Un último ejemplo, más grave, de tal ambigüedad ocurre cuando Young trata con la encarnación. El autor dice que no fue solo la Segunda Persona de la Trinidad quien se encarnó, sino también el Padre. Por lo tanto, como ella (¡el Padre!) se encarnó con el Hijo, entonces también comparte las cicatrices en sus manos de la cruz de Cristo. No obstante, pocas páginas más adelante, da a entender que aludir a la encarnación del Padre es solo en sentido figurado.

Es muy importante entender que no toda la Trinidad se encarnó y murió por nuestros pecados, sino solo el Hijo. Si toda la Trinidad se hubiera encarnado y hubiera sufrido la muerte, habría existido un momento en el cual no hubo Dios. Uno de los puntos más hermosos de la Trinidad cristiana cuando se compara con otras religiones monoteístas como el judaísmo y el islamismo es que al ser Dios tres Personas diferentes y un solo Dios verdadero, puede darse el lujo de que una de ellas muera físicamente un momento sin que Dios —y todo lo que Él creó— deje de existir. Si Dios fuera una sola persona y hubiera muerto, entonces no habría quién lo resucitara y el mundo que creó habría perecido con Él. No así en la Trinidad; el Padre ni se encarna ni muere en sacrificio por nuestros pecados. Si el Padre hubiera muerto, nadie habría podido resucitar a Cristo. Al contrario, lo que la Biblia enseña es que el Padre quedó satisfecho con el sacrificio del Hijo y por ello lo resucitó. Si el Padre y el Hijo hubieran muerto, Dios habría dejado de ser Dios y su nombre cambiaría de Yo Soy a Yo fui, en cuyo caso no podría salvar a nadie. Recuerde: la cosmovisión importa.

CONCLUSIÓN

En este momento estoy viviendo una de las crisis internas más fuertes de mi vida, tal vez la más fuerte; el resumen de la situación puede estar en que he perdido casi diez kilos de peso. Oro día tras día por un milagro que no ocurre. La mayoría de cosas que creía saber sobre la vida ya no las sé. En el mejor escenario, dudo de ellas; en el peor, las deseché por completo. Como Asaf, el director de alabanza del rey David, oro:

Cuando estoy angustiado, recurro al Señor;

sin cesar elevo mis manos por las noches,

pero me niego a recibir consuelo.

Me acuerdo de Dios, y me lamento;

medito en Él, y desfallezco.

No me dejas conciliar el sueño;

tan turbado estoy que ni hablar puedo.

Me pongo a pensar en los tiempos de antaño;

de los años ya idos me acuerdo.

Mi corazón reflexiona por las noches;

mi espíritu medita e inquiere:

«¿Nos rechazará el Señor par siempre?

¿No volverá a mostrarnos su buena voluntad?

¿Se habrán agotado su gran amor eterno

y sus promesas por todas las generaciones?

¿Se habrá olvidado Dios de sus bondades,

y en su enojo ya no quiere tenernos compasión?».

Y me pongo a pensar: «Esto es lo que me duele:

que haya cambiado la diestra del Altísimo».

No obstante, tener que soportar a los creyentes de vidas perfectas con su palabrería y su superioridad moral lo ha hecho aún más difícil. Siempre tienen algo para decir: «Si hubieras hecho las cosas así, no te doloría», «No entiendo por qué te duele, ¿acaso Cristo no es suficiente?», «Si de verdad cambiaste, espero que hagas esto y aquello» o «Si de verdad estás arrepentido, vivir como yo es lo que deberías hacer». No hay consuelo, solo son sal en la herida. Por ellos, removerían este salmo de Asaf y casi que los otros 149, además de las Lamentaciones de Jeremías. ¿Qué parte de «me niego a recibir consuelo» no entienden? Eso sí, prefieren ver ciego a Bartimeo, y acusarlo de pecado a él y a sus padres que —¡Dios no lo quiera!— permitir su curación en día de reposo. El dolor ajeno les eleva la autoestima de creerse justos en su propia opinión. Cuando Elifaz, Bildad y Zofar, los amigos de Job, le cayeron encima por todo el dolor que estaba sobrellevando, ya aburrido de sus peroratas, el patriarca les respondió:

Muchas veces he oído cosas como estas;

consoladores molestos sois todos vosotros.

¿Tendrán fin las palabras vacías?

¿O qué te anima a responder?

También yo podría hablar como vosotros

si vuestra alma estuviera en lugar de la mía;

yo podría hilvanar contra vosotros palabras,

y sobre vosotros mover mi cabeza.

Pero yo os alentaría con mis palabras,

y la consolación de mis labios apaciguaría vuestro dolor.

Si hablo, mi dolor no cesa;

y si dejo de hablar, no se aparta de mí.

Por eso, aunque la doctrina de La cabaña no sea la más ortodoxa, últimamente ha llegado a entender su amplia aceptación. A partir de mi experiencia, he podido entender por qué ha a aliviado a personas a quienes los cristianos que las rodean han sido a lo más «consoladores molestos». Young está muy lejos de ser el Eliú (aquel joven que le habló a Job con sensatez, a diferencia de sus tres amigos sabios) tras el cual vino la misma voz de Dios, pero ofrece mucho más que Elifaz, Bildad y Zofar.

Si alguien está padeciendo enfermedad y ha ido a todos los médicos tradicionales sin que ninguno haya podido sanarlo, es al menos cuestionable no intentar métodos alternativos. He conocido bautistas y presbiterianos consumados que en el medio de crisis de salud propias o de familiares, una vez agotados los recursos de la medicina tradicional, corren raudos en busca del milagro hacia los pentecostales o los carismáticos. He conocido también ateos que consultan brujas para que les sanen las dolencias de cuerpo y alma. Porque la verdad es que si estamos muy enfermos, vamos a intentar lo que sea con tal de encontrar una solución. Nadie le pide al médico una declaración de fe antes de consultarlo. La mujer con el flujo de sangre que se acerca a tocar el manto de Jesús es un caso puntual (aquí). A pesar de que había gastado todo su dinero en los médicos de la época, siempre me ha llamado la atención que Jesús no le dijo primero: «Señora, antes de sanarla venga y me dice quiénes fueron los doctores que la vieron a ver si no se ha alejado usted de la ortodoxia». No. Jesús no hace eso. Él simplemente la sana de acuerdo a su fe. El Evangelio según San Marcos repite por todas partes que al Señor lo movía la compasión. Eran los legalistas fariseos quienes se indignaban por que Jesús rompía la ley de Moisés curando en día de reposo. ¡Sanas doctrinas de personas enfermas! ¡No les creo!

No obstante, la sana doctrina es importante, repito. Tanto que Pablo en todas sus cartas pasa la mayor parte del tiempo explicando la teología correcta para luego proceder a las implicaciones prácticas en un pedazo corto al final de ellas. Tales porciones finales sobre del diario vivir tienen sentido por el extenso y meticuloso desarrollo que el Espíritu Santo requirió para explicar el porqué de ellas a través del apóstol. Alguien me citará entonces a Pablo cuando les dice a los Filipenses lo siguiente:

Es cierto que algunos predican a Cristo por envidia y rivalidad, pero otros lo hacen con buenas intenciones. Estos últimos lo hacen por  amor, pues saben que he sido puesto para la defensa del evangelio. Aquellos predican a Cristo por ambición personal y no por motivos puros, creyendo que así van a aumentar las angustias que sufro en mi prisión.

¿Qué importa? Al fin y al cabo, y sea como sea, con motivos falsos o con sinceridad, se predica a Cristo.

Y es cierto. Pero ni siquiera Filipenses rompe el molde de la típica carta de Pablo, en la cual los tres primeros capítulos los usa para explicar doctrina y el capítulo final, en en que pasa a explicar las implicaciones prácticas, lo inicia con un diciente «Por lo tanto». Es decir, la aplicación se deriva por completo de la doctrina enseñada en las primeras tres cuartas partes de la epístola. La conclusión de todo esto es que predicar a Cristo de la forma que sea es mejor que no predicarlo, pero predicarlo de acuerdo a la verdad es muchísimo mejor que predicarlo por (o con) razones cuestionables.

Por ello, desde que leí La cabaña, me he preguntado qué le costaba a Young haber sido más ortodoxo en la doctrina… o más claro en los conceptos. Cuando uno lee los agradecimientos al final del libro, el autor menciona su deuda intelectual con muchos de los más grandes nombres del cristianismo presente y pasado, de modo que no puede alegarse que desconozca de qué estaba hablando. La verdad es que ser más claro y más ortodoxo no hubiera cambiado el objetivo del libro, porque el alivio que el libro brinda proviene de la intimidad de las relaciones entre los miembros de la Trinidad y la de su relación con el hombre. Y esto es claro precisamente por el desdén con que Young trata la doctrina a la hora de enfatizar su punto. A él le importa la relación, no la doctrina.

De modo que todos los aspectos tan sumamente rescatables del libro en términos de relación se habrían podido enfatizar sin comprometer la doctrina. Si alguien lee el libro con calma, se dará cuenta de que su énfasis en la relación es tan fuerte que mantener la doctrina pura realmente hubiera elevado el argumento, no menoscabado el objetivo. Mostrar que el dolor y Dios coexisten en este mundo presente y que Él puede sanar nuestras heridas no necesita encarnar al Padre y al Espíritu (por referir solo uno de varios ejemplos de doctrina cuestionable) y menos poner al Padre a expiar nuestros pecados. El cristianismo habla de la presencia real del Dios trino en determinado lugar sin necesidad de encarnar al Padre y al Espíritu, luego nada habría cambiado de fondo si el Padre y el Espíritu se mantienen reales, no encarnados y cálidamente presentes en aquella cabaña, de manera que Mackenzie pudiera hablar con ellos y obtener sanidad.

Cristo no critica a la mujer con el flujo de sangre por haber gastado todo lo que tenía en médicos sin importar lo que creyeran, es cierto; pero al final es Cristo quien la sana, no los médicos. La cabaña habría podido ser mucho más que un éxito de ventas y una pomada para el dolor del alma; La cabaña habría podido brindar real sanidad. 

Cosas demasiado maravillosas

Dice Job después de que Dios lo interpela (Job 42:3):

«¿Quién es este —has preguntado— que sin conocimiento oscurece mi consejo?» Reconozco que he hablado sobre cosas que no alcanzo a comprender, de cosas demasiado maravillosas que me son desconocidas.

Si demasiado encierra una connotación negativa, ¿a qué se refiere Job cuando habla de cosas «demasiado maravillosas»? Puesto de otra forma, si maravillosas es una palabra que encierra un consideración positiva, ¿cómo es que Job contrapone un adverbio negativo a un adjetivo positivo?

El adverbio demasiado aparece en casi todas las traducciones en español de esta cita. Igualmente, en la mayoría de versiones inglesas la traducción es “too wonderful”, con la usual connotación negativa que suele tener la palabra too en el inglés, y la positiva de la palabra wonderful.

Para entender la cita en cuestión es necesario revisar el contexto: Job está respondiendo a la pregunta con la cual Dios comienza cuestionándolo (Job 38:2-3):

«¿Quién es este que oscurece mi consejo con palabras carentes de sentido? Prepárate a hacerme frente; yo voy a interrogarte, y tú me responderás».

Tras esta introducción, Dios pasa los siguientes dos capítulos dando una lección al patriarca sobre algunos ejemplos de su creación. Job termina tan confundido que solo puede repetir las palabras de la pregunta original de Dios; se siente totalmente abrumado por el conocimiento de quién es Dios contra quién es él.

Pienso aquí en el famoso ensayo de Kant sobre lo bello y lo sublime, que encierra para mí la interpretación correcta del pasaje. Aquí la palabra demasiado exalta lo sublime, y maravillosas, lo bello. En Dios las dos cosas al tiempo se satisfacen. Job está obnubilado. La creación es bellísima, pero el poder necesario para llevarla a cabo es sublime, aterrador.

Por supuesto que nada de esto ha cambiado con nuestro actual desarrollo científico. Seguimos sin poder responder a las preguntas del Creador a Job. Primero que todo, explicar las cosas en términos de leyes naturales es a lo sumo una explicación segunda porque ahora tenemos que explicar cómo es que las leyes aparecen en primer lugar. Segundo, suponiendo que conociéramos las leyes naturales que sirven para explicar el funcionamiento mecánico de toda la naturaleza (and what a big if diría el mismísimo Darwin), tal razonamiento no excluye a Dios, pues como constantemente lo repite el matemático John Lennox, apelar a la ley de la combustión interna del funcionamiento de un motor no hace menos necesaria la explicación de Henry Ford para el mismo motor. Finalmente, leyes como la gravedad o la combustión interna explican el funcionamiento del fenómeno natural de interés, no su aparición por primera vez en la existencia.

Hoy conocemos mucho más de lo que Job conocía. Hoy sabemos que la impresionante complejidad de la creación es mucho mayor que la imaginada por los antiguos, razón por la cual el sentimiento de obnubilación del patriarca no solo no debería desaparecer en nosotros, sino que debería incrementarse. Entender la elegancia y precisión al detalle del diseño natural como hoy lo hacemos no ha hecho la creación más sencilla. Más bien, nos ha abierto los ojos a la increíble complejidad especificada presente en ella. A tal grado que cuando se examina de cerca es difícil no caer postrado de rodillas diciendo como Pablo: «¡Oh, profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!».

Hoy más que nunca sabemos que estamos hablando de cosas demasiado maravillosas que no alcanzamos a comprender. La sublimidad de la belleza en la creación es abrumadora.

Pensar en Dios y su poder suele tener este efecto en el creyente, mezcla de dos cosas: una belleza que atrae como hoyo negro en el centro de una galaxia y una sublimidad que repele hasta sentir terror. Cuando el periodista Lee Strobel entrevistó a Stephen Meyer, filósofo de la ciencia de Cambridge, el segundo culminó su explicación de por qué la ciencia no niega a Dios con la siguiente declaración con la cual termino yo también (traducción mía):

Contemplo las estrellas en el cielo nocturno o reflexiono sobre la estructura y las propiedades de transmisión de información en la molécula de ADN, y son para mí ocasiones de adorar al Creador que las hizo. Pienso en la sonrisa pícara en los labios de Dios a medida que en los últimos años ha salido a la luz toda clase de evidencias sobre la confiabilidad de la Biblia y su creación del universo. Creo que Él ha revelado estas cosas en su providencia y se deleita cuando descubrimos sus huellas en el vasto universo, en las reliquias polvorientas de la paleontología y en la complejidad de la célula.

De modo que, para mí, explorar la evidencia científica e histórica de Dios no es solo un ejercicio cognitivo, sino un acto de adoración. Es una forma de dar al Creador el crédito, la honra y la gloria debidas…

Observar la evidencia —tanto en la naturaleza como en las Escrituras— me recuerda vez tras vez quién es Él. Y también me recuerda quién soy yo: alguien en constante necesidad de Él.

Sensatez y sentimientos

Los discursos en contravía del hombre moderno no dejan de llamar la atención. Por un lado, de la revolución copernicana termina extrapolándose el llamado Principio de mediocridad, según el cual no somos importantes pues habitamos un planeta promedio de una estrella promedio en una galaxia promedio de la que ni siquiera conocemos con exactitud su ubicación. Tal es el discurso de Carl Sagan en su libro Un punto azul pálido. Y tal es el discurso de Richard Dawkins cuando afirma que «el universo que observamos tiene exactamente las características que esperaríamos si no hay de base diseño, propósito, bien o mal, sino indiferencia despiadada y ciega».

Dicha perspectiva de la realidad no puede ser definitiva pues en tal caso tendríamos que callar ante los horrores del Holocausto nazi o la Gulag soviética. El principio de mediocridad lleva a una perspectiva falsa del hombre, produciendo un vacío que explica bien el surgimiento de pensadores como Sartre y Camus. El existencialismo ateo no es más que una búsqueda desesperanzada en medio de la pérdida total de significado. Al perseguir la ciencia por la ciencia y la razón por la razón, el hombre moderno terminó perdiendo todo su valor por culpa del mismo conocimiento que había prometido emanciparlo, liberarlo de todas sus cadenas, convirtiéndolo en su esclavo. La contradicción del existencialista ateo es que se anhela trascendente pero no sabe cómo liberarse del peso de sus (malas) conclusiones racionales que lo minimizan a materia y nada más. Si partimos de que la Revolución francesa ejemplifica como pocas cosas los valores de razón, libertad e igualdad del hombre moderno (pobremente, dada la despiadada carnicería que en realidad fue), no deja de ser una paradoja reveladora que fueran dos franceses los que hablaran de cuán atados al sinsentido terminaron por la razón.

Por otro lado, uno de los peores defectos que nos dejó la Modernidad fue hacer creer al hombre que era el centro de la existencia. El hombre no puede ser la medida de todas las cosas porque las medidas han de ser objetivas, y el hombre, sujeto por definición, no puede serlo. Incluso nuestras pretendidas versiones idealizadas de nosotros mismos nos desdibujan; el súper hombre es en realidad una alienación del hombre porque nos plantea convertirnos en algo que no somos. El hombre, a despecho de Nietzsche y gusto de Perogrullo, es hombre, no súper hombre. En el intento de emancipar al ser humano de todos sus yugos, el hombre termina volviéndose esclavo de sí mismo. El ser humano fue creado para servir, no para señorear, de manera que aun cuando busque liberarse de cuanto yugo tenga impuesto, su propia naturaleza lo impulsa a servir y, habiéndose liberado de todo lo demás, termina siendo esclavo de sí mismo; un platonismo aterrador.

No es de extrañar que tanto ideal de emancipación haya tenido su sima en Hume, quien dijera en su Tratado sobre la naturaleza humana que «la razón es, y solamente debe ser, esclava de las pasiones, y nunca puede pretender bajo ninguna circunstancia otra cosa que servirles y obedecerles». De manera semejante, Hobbes afirmó en su Leviatán que «los pensamientos son a los deseos lo que los exploradores y espías a las tierras ignotas, que van de un lado a otro hasta encontrar el camino hacia las cosas deseadas».

Tampoco extraña entonces que nos hayamos vuelto un mundo en el que la sensualidad impera. «Ver para creer», el supuesto fundamento sobre el cual se edifica el positivismo científico, del cual, bajo el mismo argumento anterior, Hume es también predecesor, es una afirmación en la que los sentidos (la visión, ver) determinan lo que va a considerarse realidad. Es innegable que ante una epistemología tan pobre, tan escasa, nuestra propia concepción de la realidad metafísica termina distorsionada y el hombre pasa entonces a considerarse a sí mismo y a los demás tan solo como aglutinaciones de materia en un lugar perdido del universo sujeto a lo que sus genes, pequeñas entidades de la química orgánica, determinen para él. Por supuesto, un análisis cercano de la ciencia mostrará que tal aproximación es completamente mentirosa: los paradigmas, que son la esencia misma de la ciencia, como bien lo explicara Thomas Kuhn en su Estructura de las revoluciones científicas, son indemostrables y son lo que realmente importa; lo que sigue es mera «ciencia normal» que se edifica bajo el fundamento incuestionable e indemostrable del paradigma.

Las matemáticas sobre las cuales ha de basarse toda ciencia que se precie de serlo tratan de abstracciones que no podemos observar, tocar, palpar, oír o saborear. Lo abstracto por definición no tiene efectos causales en la realidad física. La mecánica de Newton se fundamenta al menos en dos principios indemostrables: (1) que existe una ley de la gravedad que determina la forma en que interactúa la materia, superior por ende a la naturaleza misma, cuya única pista de existencia viene dada por la ecuación matemática que la representa y que asumimos cierta porque sus efectos son los descritos; y (2) la ley de la inercia: que los cuerpos en reposo permanecen en reposo y los cuerpos en movimiento permanecen en movimiento sin desacelerar… contra toda intuición termodinámica.

Lo que es realmente curioso, por decir lo menos, es que el mismo principio que predomina en la ciencia predomina también en nuestras relaciones con los demás. En un grotesco efecto dominó, lo sensorial, lo sensual, terminó modificando la definición del amor verdadero y llevándola de regreso a la concepción pagana grecorromana en la que el amor está determinado por los sentidos. A despecho de los romanticones, terminaron siendo lo que el friísimo Hume hizo de ellos.

La reducción a lo sensorial terminó entonces haciendo la ciencia de hoy inservible y las relaciones de hoy superfluas. Para ponerlo en términos de Julio Cortázar, famas y cronopios, seres científicos y seres emocionales respectivamente, tan diferentes en apariencia, son en el fondo la misma cosa: seres incompletos determinados por lo sensual. A cuál de los dos ofenderá más la similitud con el otro es difícil de determinar.

DEL ARTE, LA CIENCIA Y EL COMPROMISO CON LA EXCELENCIA

Es la superficial cultura pop (que tiene de arte lo mismo que la biología de ciencia) la que enseña «escucha a tu corazón» y «hagamos lo que diga el corazón». Si el verdadero arte se originara en el sentimiento, los sentidos, lo sensual, entonces la Novena Sinfonía de Beethoven, que se volvió sordo mucho antes de componerla, no habría podido estar nunca entre las grandes de la historia.

El pastor Darío Silva-Silva suele repetir la frase «Es un pensar que es un sentir que es un decir que es un hacer» para ilustrar cómo han de tomarse las decisiones sabias. Silva-Silva parece estar parafraseando a Octavio Paz en su poema Decir, hacer:

Oír

los pensamientos,

ver

lo que decimos

tocar

el cuerpo

de la idea.

Lo que se oye [sentir] es lo que antes se piensa; y luego se ve [sentir] lo que se dice tocar el cuerpo de la idea [hacer lo que se pensó]. El poeta reconoce aquí que la correcta expresión de su arte necesita pasar primero por el tamiz de su pensamiento. Por eso García Márquez, el segundo escritor más importante de la lengua española, después del inalcanzable Cervantes, dijo lo siguiente:

En mi caso el ser escritor es un mérito descomunal porque soy muy bruto para escribir. He tenido que someterme a una disciplina atroz para terminar media página en ocho horas de trabajo. Peleo a trompadas con cada palabra, y casi siempre es ella la que sale ganando.

Nadie hubiera leído a ‘Gabo’ sin que él se hubiera sentado horas a pelearse con las palabras para llenar su texto de belleza. En sus escritos se nota el esmero consciente de ubicar siempre la palabra correcta en la posición correcta.

Cuatro años y medio pasó Miguel Ángel pintando la bóveda de la Capilla Sixtina, una de las expresiones artísticas más impresionantes del Mundo Occidental y de toda la historia de la humanidad. De esos 4.5 años, casi uno dedicó el artista a la preparación de los bocetos de lo que terminaría plasmando en el techo de la iglesia.

La Pasión según San Mateo de Juan Sebastián Bach, que dura 3 horas (compárese con los tres o cuatro minutos en promedio que dura la típica canción pop), se estrenó en 1727 pero Bach pasó haciéndole revisiones, mejorándola, hasta 1736. Es decir, tardó casi 10 años en completarla. La extrema dedicación consciente de Bach a su trabajo, entendiendo que ofrecía a Dios lo mejor que tenía, motivo por el cual cerraba cada obra religiosa completada con las iniciales S.D.G. (Soli Deo Gloria), no le iban a permitir la chabacana posibilidad de ofrecer lo que no le hubiera exigido dejar todo de sí en cada composición, lo cual lo convirtió en el más grande compositor de la historia.

La burda confusión entre la fascinante dedicación del artista con el caudal de sensaciones que dicha excelencia puede producir en los espectadores demerita al artista y lo despoja de su genialidad. Es la decisión consciente del artista de dedicarse por completo a su obra lo que lo hace grande.

No es esto diferente a lo que requiere también la ciencia, es decir, la verdadera, no el malogrado espectáculo de mediocridad que hoy impera en las universidades del Primer Mundo: Thomas Alba Edison solía decir que la genialidad consiste en 90 por ciento transpiración y 10 por ciento inspiración. Por ello nuestros mejores resultados en las ciencias, o nuestros más sofisticados teoremas y más elegantes demostraciones en la matemática, pueden erizar la piel y llenar los ojos de lágrimas al conocedor ante la grandeza del descubrimiento. Es esta la razón por la cual nos sentimos plenos, brillantes, cuando logramos entender, así sea en parte, las teorías que desarrollaron los grandes genios, porque sentimos que compartimos su grandeza y proyectamos como una luna parte de su luz.

En el fondo no hay tanta diferencia entre la obra de un Bach, un Miguel Ángel y un Leibniz. Las tres son capaces de abrumar el pensamiento y arrollar las emociones. Todas están cargadas de sublimidad. Pero no es algo que ni el uno ni el otro hayan logrado sin la dedicación consciente de entregarse a sus proyectos. Las emociones son para quienes se sientan a entender y degustar sus creaciones. Lo demás son bagatelas: llamar arte al reguetón y científico a Richard Dawkins.

LA REDEFINICIÓN DEL MATRIMONIO

Tal reducción a lo sensual no ha pasado sin menoscabo de la definición misma del matrimonio. Hoy las relaciones comienzan y se acaban determinadas por un cosquilleo en la barriga que bien pudieran quitarse de encima con un simple Omeprazol. Ante tamaño desvío, no es ninguna sorpresa que el matrimonio termine siendo lo que el amor romántico determine, aun si el impulso romántico es homosexual o incluye más de dos personas. Porque sin ningún asomo de duda, la redefinición del matrimonio está dada por el sentir romántico de la pareja: si se siente rico, se pueden casar. Como los sentimientos fluctúan, vienen y van, se prenden y se apagan, con la misma consistencia con que las partículas cuánticas deciden si atraviesan la lámina o se estrellan contra ella; o con la misma consistencia del sentimiento de enamoramiento de Amnón, el hijo del rey David, hacia Tamar, su media hermana, que cambió después del orgasmo; las relaciones, sobre todo las que más importan, terminan fundamentadas en la inestable arena de las emociones.  No es de extrañar entonces que, excepto los filósofos posmodernos, educados a los pies de Walt Disney y Hugh Hefner, nadie sensato haya fundamentado nunca en el pasado la relación matrimonial en las emociones.

Robert P. George, filósofo del derecho de Oxford y profesor de Princeton, junto con sus estudiantes, presenta de esta manera la definición clásica de matrimonio (en artículo aquí y en libro aquí), que llama conyugal o comprehensiva, y que «por mucho tiempo ha informado al derecho, así como la literatura, el arte, la filosofía, la religión y la práctica social, de nuestra civilización». Llama la atención que la definición conyugal del matrimonio esté fundamentada en una concepción cognitivista del derecho natural según la cual, contra Hume, las normas morales y otros principios prácticos básicos son principios racionales cuyos caracteres directivo y prescriptivo son independientes de los deseos o sentimientos de las personas. No así la definición revisionista, basada completamente en una perspectiva positivista del derecho, en Hume, en las emociones:

Definición conyugal del matrimonio: La unión de hombre y mujer en cuerpo y mente, que comienza con el mutuo consentimiento y se sella por el coito. Al completarse por los actos de unión corporal por medio de los cuales se crea nueva vida, esta unión es especialmente apta para la reproducción e intensificada por ella, y requiere compartir en sentido amplio la vida doméstica apropiada de manera única para la vida en familia. La unión de los esposos en todos estos sentidos también requiere objetivamente un compromiso total que es permanente y exclusivo.

Definición revisionista del matrimonio: La unión de dos personas que se comprometen a la unión romántica y la vida doméstica: una unión esencialmente emocional, promovida únicamente por la actividad sexual de cualquier tipo en que estén de acuerdo quienes la conforman. Tal compromiso de unión romántica se considera valioso en tanto dure la emoción.

Kant criticó duramente en sus Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime la idea de sustentar el matrimonio en las emociones, en lugar de los principios:

El alegre y afectuoso Alcestes dice: «Amo y estimo a mi mujer porque es bella, cariñosa y discreta». ¡Cómo! ¿Y si, desfigurada por la enfermedad, agriada por la vejez y pasado el encanto, dejase de parecerte más discreta que cualquier otra? Cuando el fundamento ha desaparecido, ¿qué puede resultar de la inclinación? Tomad, en cambio, el benévolo y sesudo Adrasto, que pensaba para sí: «Tengo que tratar a esta persona con respeto porque es mi mujer». Tal manera de pensar es noble y magnánima. Ya pueden los encantos fortuitos alterarse; siempre continúa siendo su mujer. El noble motivo permanece y no está tan sujeto a la inconstancia de las cosas exteriores. De tal calidad son los principios, en comparación con impulsos originados solo de ocasiones particulares, y así es el hombre de principios, al lado de aquel al cual sobreviene una inspiración buena y afectuosa.

Adoptar la concepción de Alcestes para definir el matrimonio es lo que ha promovido también tantos divorcios no-fault, en los que las irreconciliables razones para permanecer son, por ejemplo, no hinchar por el mismo equipo de fútbol o que la pareja dejó de parecer físicamente atractiva. La definición revisionista no requiere ni siquiera limitarse a dos personas, menos de sexos opuestos. Como lo han promovido sus defensores últimamente, cualquier relación puede volverse un matrimonio si las emociones convergen. Y si cualquier relación puede ser un matrimonio, ninguna lo es, pues las definiciones por su misma naturaleza están dadas por lo que excluyen.

No puedo evitar pensar en la famosa paradoja de Russell, donde tocó limitar lo que íbamos a llamar «conjunto» en matemáticas, introduciendo un esquema axiomático de especificación para evitar contradicciones.

EL CRISTIANISMO Y EL PLACER

Søren Kierkegaard, hablando de la pasión entre Abraham y Sara, dice en Temor y temblor lo siguiente:

El sentido profundo del prodigio de la fe lo encontramos en el hecho de que Abraham y Sara pudiesen sentirse tan jóvenes como para poder desear, y que la fe les hubiese conservado en su deseo y, en consecuencia, en su juventud [énfasis mío].

La fe es una decisión, por supuesto; la decisión de creer (y no hablo aquí de la llamada «fe de carbonero», eso es credulidad y es otra cosa). La fe, si es tal, ha de ejercerse acá en el mundo de los vivos. Fe es actuar en este mundo de acuerdo a la confianza que tenemos en el objeto de nuestra confianza. Contra toda esperanza terrena, si es el caso, como ocurrió con Abraham. Fe es saberse viviendo en el sistema de los números naturales entendiendo que existe la recta real. Por eso la fe no le tiene miedo a las restas (para obtener enteros), las divisiones (para obtener racionales) y a Pitágoras (para obtener irracionales). Esos son temores para quienes solo existen la seguridad de la suma y la multiplicación, que siguen siendo siempre naturales; temores de los seguidores de Hume: los que se juran científicos y los que se juran emocionales pero indistinguibles al fin y al cabo entre ellos mismos.

La belleza de Abraham y Sara es que al siglo mantenían viva la llama (¿cómo más hicieron a Isaac?) porque tomaron una decisión: la decisión de creer. La pasión y el romanticismo dependían de su decisión de creer. No al revés. Por eso no puede decirse que el cristianismo anula la pasión y el romanticismo, como si fuera estoicismo. No. El cristianismo les da rienda suelta para que puedan disfrutarse como en ningún otro sistema de pensamiento o creencia. La tranquilidad moral y racional de saberse haciendo lo correcto proporciona una libertad para la expresión del deseo que no puede compararse a la cohibición experimentada cuando transgredimos lo que conocemos cierto. Porque somos seres morales. Y porque, recuerde, fuimos hechos para servir. De modo que servir al dios de nuestros deseos limita el placer a nuestra nauseabunda finitud existencial; pero servir al Dios que es por definición infinito en sus buenas cualidades, nos proporciona infinito espacio para disfrutar. «En su presencia hay plenitud de gozo, delicias a su diestra para siempre».

«Si el hombre no hubiera caído, el placer sexual, en vez de ser menor de lo que es ahora, sería en realidad mayor» dice C. S. Lewis en Mero cristianismo. En sus Cartas del diablo a su sobrino llega al punto de aseverar, en la voz del diablo, que Dios es hedonista de corazón; y afirma también que incluso en el pecado al que él nos induce la única parte buena —y que Satanás removería si en su ausencia aún pudiera convencernos de pecar— es el sentimiento de placer. Porque en el pecado lo único que hay bueno es el sentimiento de placer. Y si el sentimiento de placer es bueno, entonces viene de Dios, de acuerdo con Santiago. Por eso Satanás tiene que tergiversar las cosas que acompañan el placer antes de poder usarlo contra nosotros. El pecado no es el placer, contrario al también satánico engaño; el pecado es la rebeldía del hombre que, decide obrar en contra de lo que sabe correcto para satisfacer sus poco confiables emociones.

En realidad, el peor momento de Abraham y Sara fue cuando pusieron las emociones por encima de su decisión de creer, para que Abraham tuviera un hijo con su criada. Las consecuencias de su mutuo acuerdo en aquella ocasión han sido tan nefastas que han marcado el fratricidio más grande de la historia y que completa ya cuatro milenios. El problema no son las emociones, sino hacerlas el principio rector de nuestro actuar.

EL MATRIMONIO EN EL CRISTIANISMO

El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad, sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor jamás se extingue.

Aunque esta definición de amor del apóstol Pablo es uno de los pasajes más famosos de la Escritura, pocas personas se dan cuenta de que no hay nada de emocional en ella; la definición de amor en el cristianismo no depende nunca, ni siquiera en el matrimonio, de una reacción visceral, un cosquilleo, un sentimiento romanticón o el deseo sexual. Muy al contrario, la Biblia, en sus dos Testamentos, advierte sobre los peligros que tal situación implicaría. El primer mandamiento, en el cual se nos ordena amar a Dios sobre todas las cosas, especifica que es con todo el corazón (entendido como el eje de la vida misma), con toda la mente, con toda el alma y con todas las fuerzas. Pero no con todas las emociones porque desde tiempos inmemoriales se sabía que estas variaban y no eran confiables. Por eso, sin excepción, los grandes pensadores antiguos y contemporáneos del cristianismo han enfatizado la importancia de fundamentar el amor en la decisión y no en las emociones.

G. K. Chesterton hablaba sobre cuán reveladores resultaban los deseos de los enamorados a hacerse promesas que, por su propia naturaleza, van más allá de los sentimientos. Y tenía razón: en un sentido las promesas les traicionan la calentura del enamoramiento. La necesidad de hacerse promesas revela la fatuidad del sentimiento. El sentimiento no es confiable y por ello debe recurrir a algo que vaya más allá.

Ravi Zacharias, de ascendencia india, en uno de sus mensajes más populares cuenta que su hermano decidió en algún momento casarse con una mujer de la India cuando la familia Zacharias ya vivía en Toronto, Canadá. Le presentaron por carta y fotos ciertos prospectos y así decidió cuál era la mujer que escogía (también con el consentimiento de ella) sin haberla visto jamás en persona. Cuando Ravi, atónito, le preguntó cómo iba a hacer semejante locura, el hermano le contestó: «Nunca lo olvides: el amor es más cuestión de voluntad que una emoción, y si te propones amar a alguien, puedes hacerlo». Hoy son un matrimonio cristocéntrico de más de 40 años. Más adelante añade Zacharias: «El amor es más fuerte que el aleteo del corazón».

Uno de los peores engaños creídos por los cristianos, se colige, es dar por hecho que el sentimiento romántico debe existir para poder iniciar un matrimonio. Y a la larga, esperar que aparezca primero el sentimiento antes de determinar la relación no es otra cosa que fundamentar la relación en los sentimientos. ¡Cuánta infelicidad de cristianos adultos solteros, solos, esperando a la doncella o el Príncipe encantado, nos habríamos evitado (y sí, el pronombre corresponde a la primera persona del plural) de haber comprendido que no era necesario el sentimiento romántico! Por eso el diablo de C. S. Lewis dice lo siguiente en sus Cartas:

A partir de la declaración verdadera según la cual la relación trascendente [generada por la intimidad sexual] tenía la intención de producir familia —y dado que se entre en ella en obediencia, con mucha frecuencia también producirá el afecto—, los humanos pueden ser llevados a inferir que la mezcla de afecto, miedo y deseo que llaman «estar enamorado» es la única cosa que hace al matrimonio feliz o santo. El error es fácil de producir porque en Europa Occidental «estar enamorado» precede con mucha frecuencia a matrimonios hechos en obediencia a los designios del Enemigo; esto es, aquellos con que se proponen fidelidad, fertilidad y buena voluntad; tal como la emoción religiosa, también con mucha frecuencia, pero no siempre, precede la conversión. En otras palabras, hemos de alentar a los humanos a considerar que la base del matrimonio es una versión ampliamente maquillada y distorsionada de algo que en realidad el Enemigo promete como resultado [segundo énfasis mío].

Desde los tiempos de Lewis para acá, el mal se ha generalizado a toda la sociedad Occidental, no solo Europa. Nótese que entrar en la relación en obediencia producirá el afecto. El inglés estaba tan interesado en resaltar la idea que el primer énfasis en el texto es suyo. Lewis ni siquiera afirma que el sentimiento fuera necesario al principio de la relación, sino que iba a surgir de la decisión y las acciones correctas. En uno de los ejemplos más famosos de literatura contemporánea, me es imposible no mencionar a Daenerys Targaryen, el personaje de la famosa y descarnada saga Game of Thrones. Daenerys, una delicada princesa, es forzada a un matrimonio por conveniencia con el salvaje Khal Drogo (Y antes de avanzar se me hace necesario afirmar que no puede haber matrimonio si no hay «mutuo consentimiento», como lo establece la definición conyugal dada anteriormente. ¡Es ese precisamente el eje! Debe haber una decisión de los dos lados. De modo que en principio el matrimonio de Daenerys y Khal Drogo no lo era). Sin embargo, la princesa lejos de resignarse al sino que le tocaba en suerte, decide aprender a ser la esposa que Drogo necesitaba. Cambia toda su mentalidad para adaptarse a la nueva situación Es allí, con la decisión de Daenerys, cuando puede decirse que el matrimonio comienza de verdad… … Quizás ha de ser esa la única perla de verdadera sabiduría en toda la saga.

Volviendo a la cita de Lewis, el inglés considera que poner la relación a depender del impulso emocional primario es un engaño diabólico, puesto que quien habla es el diablo mismo. ¡Es increíble el engaño satánico con respecto a las emociones y las relaciones, y el daño que ha hecho! Satanás reconoce una verdad obvia: la forma más eficiente de propagar el cristianismo es a través del matrimonio cristiano. Los hijos han de ser los discípulos de [las creencias de] los padres. Por lo tanto, una de las formas más efectivas de evitar la propagación del cristianismo no es solo destruir los matrimonios, sino evitar que los creyentes se casen. ¿Cómo hacerlo en la cultura de hoy? ¡Haciendo que la relación matrimonial dependa del sentimiento! En efecto, partiendo de lo ya citado, continua así el texto:

Se siguen dos ventajas. En primer lugar, podemos disuadir a los humanos que no tienen el don de continencia de buscar el matrimonio como solución, pues no consideran que estén «enamorados», y gracias a nosotros, la idea de casarse por otro motivo les parece baja y cínica. Sí, piensan así. Consideran que la intención de lealtad a la relación para ayuda mutua, para la preservación de la castidad y para la preservación de la vida, es algo más bajo que el torrente de emociones… En segundo lugar, los deseos sexuales de cualquier tipo se considerarán «amor» en tanto que con ellos se pretenda el matrimonio, y el «amor» servirá para excusar a un hombre de toda la culpa y protegerlo de todas las consecuencias de casarse con una mujer pagana, necia o de vida disoluta.

Es decir, un engaño con el que se garantizan el éxito de los falsos positivos (los que se casan mal creyendo que hacen bien) y los falsos negativos (los que no se casan creyendo que harían mal).

En conclusión, no podemos dejar a las emociones azarosas la virtud más noble que tenemos los seres humanos, que es la capacidad de amar, y la relación más importante en la sociedad, que es el matrimonio. No es el sentimiento romántico el determinante del origen y edificación del verdadero matrimonio cristiano. Es la decisión romántica. No es por tanto tampoco la anulación del romanticismo. Es que en aras de hacer el romanticismo perenne, ha de fundamentarse y edificarse sobre la roca estable de la decisión, no sobre la arena movediza de las emociones.

Pablo, Kierkegaard y yo

Toda mi vida soñé con poder decir junto a Pablo: «Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo». Las palabras del apóstol parecían tan fuera de mi alcance que había perdido toda esperanza de alcanzarlas algún día. Las profundidades de los abismos en los que me sumergió mi propio pecado hacían casi imposible creer que alguna vez pudiera pronunciarlas.

Hoy puedo. Hoy puedo pararme sin orgullo pero con certeza a decir que por primera vez en mi vida estoy imitando a Cristo y por eso vale la pena que otros me imiten. Hoy. Y se siente bien. Porque soy libre. Llevaba años deseando que pudiera modelar a Cristo con mi comportamiento. Nada me importa más que parecerme a Él.

¡Cuán largo fue este proceso! Cuántos años para restaurar un corazón tan quebrantado que más parecía incinerado, pues las piezas que lo componían no se asemejaban tanto a un jarrón que cayó al piso, sino a un corazón de carne que pasó por un proceso de cremación. Quizás así lo necesitaba. Romper ese increíble corazón de piedra y convertirlo en un corazón de carne. No sorprende que entre más duro sea el material del que tenemos recubierto el corazón, más fuertes deban ser los golpes que lo descubran.

El corazón de carne nos habilita para sentir como Dios quiere que sintamos. Las corazas de protección que le ponemos encima, sea por circunstancias que escogimos o por las que la vida nos impuso, hacen las caricias de Dios y los abrazos de los hombres tan impersonales como los besos de red social. Una doncella besando las mejillas… del yelmo del guerrero.

¿Es orgullo decir que puedo repetir con Pablo sus palabras? No. No tajante. C. S. Lewis (¡Y cuán importante ha sido Lewis en mi sanidad!) solía decir que humildad no era pensar menos de uno, sino menos en uno. Me encanta tener claro lo que tengo, porque es una ofrenda a Cristo, el único dador de vida a este corazón que estaba muerto. Todo lo que soy se lo ofrecí a Él. Todo lo que soy es por Él y para Él. Se trata solo de Él. Se trata solo de Cristo.

¿Quiere esto decir que soy perfecto? ¡No! No lo soy. El apóstol Juan afirma que si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos. También como Pablo puedo repetir: «No pretendo yo mismo haberlo alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús».

¡Cuántas cosas quedaron atrás! Cuántos corazones dañé buscando ansiosamente solucionar con band-aids los males de un corazón que necesitaba cirugía. Cuántas veces dañé con mis palabras y mis acciones, usándolas para un servicio que solo pudiera catalogarse de demoniaco: robar, matar y destruir. Robar inocencias, matar sueños, destruir autoestimas y hasta acabar con matrimonios… incluso mi propia inocencia, mis propios sueños, mi propia autoestima y mis propios planes de matrimonio. El inventario de mi pasado solo admite una descripción: estiércol. De nada me vale el abolengo (que lo tengo), de nada me valen los títulos (que los tengo). Todo lo tengo por basura por amor a Cristo. Solo me preocupa la excelencia de conocerlo a Él. Como dijo Einstein de Dios digo yo de Cristo: «No me interesa este o aquel fenómeno en el espectro de este o aquel elemento. Quiero saber sus pensamientos; el resto son detalles».

Pero donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. Y Dios no se rindió. Dios siguió. Las noches de lágrimas provocadas por mis propios errores, las noches de miedo, las noches de impureza, desaparecieron. ¡Y soy libre! Ahora solo quiero proclamar a Cristo. Ahora me esfuerzo, me esmero con todo lo que me da la vida, para que mis palabras y mis acciones sean regalos de Dios para los hombres, no hurtos; que sean vida, no muerte; que sean de edificación, no de destrucción.

De un tiempo para acá no ha dejado de impresionarme cómo Dios empezó a usar a Pablo desde antes de su conversión. En Hechos 1:8, Jesús, antes de subir al cielo, promete a sus discípulos que le serían testigos en Jerusalén, Judea, Samaria y hasta lo último de la tierra. Bien es conocido que Pablo fue el «instrumento escogido» para llevar el evangelio hasta lo último de la tierra. Lo que no es tan obvio es que en Hechos 8 se narra que, debido a la persecución de los judíos a la iglesia, el evangelio salió por primera vez de Jerusalén a toda Judea y Samaria, cumpliendo así la primera parte de la profecía de Jesús. Y el persecutor era Pablo. ¡Dios estaba usando a Pablo desde antes de ser cristiano, en los peores momentos del rabino, momentos del Pablo asesino, para revelar su gloria!

No pretendo parecerme a Pablo en el alcance de mis obras (¡aunque cuánto lo sueño!) pero puedo ver una tendencia semejante en mi vida. Dios no solo me estaba sanando, sino que me estaba preparando. ¡Incluso me usó en medio de mi quebrantamiento para acercar a muchas personas a Él! Mi pastor, Orville Swindoll, dice que estamos diseñados para revelar su gloria y cuán cierto es eso en mí. Si en medio de mi oscuro pecado la gracia de Dios se pudo hacer manifiesta a otros, ¡qué grande es el resplandor de su gloria para que ni siquiera el hoyo negro de mi inmundicia pudiera apagar su luz! ¿Cuánto más podré serle útil a su causa ahora que estoy sano para Él? Su respaldo ha sido tan grande últimamente a mi ministerio de apologética que me abruma pensar en el alcance de su poder a través de mi vida. Soy hechura de Dios, creado en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que yo anduviera en ellas. ¡Heme aquí, Señor!

¿Significa esto que el dolor se acaba en la vida? No. De hecho, desde que se hizo patente este pensamiento de por fin haber alcanzado a Pablo en sus palabras he estado bajo intenso dolor físico y del alma. En el mundo tendremos aflicciones. Me siento el saco de entrenamiento de boxeo del diablo. No hay área de la vida en la que no haya sido vapuleado, sobre todo en la última semana. Pero por primera vez también puedo vivir lo que decía Pedro: es mejor sufrir por hacer el bien que por hacer lo malo. Aunque el sufrimiento sea inevitable, lo que sí podemos evitar es el doble dolor de saber que nos lo provocamos a nosotros mismos. Y es esto tan liberador que si no sonara a masoquismo, diría que me genera alegría. Tal vez es a lo que se refería Santiago, el hermano del Señor, cuando dijo: «Tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales sin que os falte cosa alguna».

Dice Kierkegaard que la verdadera fe, como la de Abraham camino al monte de Moriah con Isaac, solo es tal después de que, como el patriarca, se ha vivido una «resignación infinita». Y es fe en que acá, en esta Tierra, en este mundo finito, Dios bendecirá. Por ese inexplicable salto de la infinitud de la resignación a la certeza de que en esta vida finita hemos de ver la bondad de Dios, esa certeza que sobrepasa el límite de la razón (sin que la contradiga. ¡Dios bendiga a Gödel!), Kierkegaard llama a la fe «la paradoja de la existencia».  Cualquiera que me hubiese conocido sabría del estado de resignación infinita en el que yo vivía. Pero esa no es la fe, dice el filósofo. No hay fe en la resignación infinita, solo aceptación de las circunstancias. La fe es el salto cuántico de dicho estado a creer que «Dios tiene poder hasta para resucitar a los muertos».

Pues yo hoy creo. Creo porque, aunque el poder de Dios me trasciende, aunque mi finito mundo sea tan reducido como un subconjunto de los números naturales, sé que hay un espacio completo más grande, el real (¡Dios bendiga a Cantor y a Dedekind!), sin agujeros. Sé que Dios es fiel. Sé que Dios proveerá. Sé que he de ver la bondad de Dios en esta tierra de los vivientes; sé que, de todas las buenas promesas de Dios, ninguna dejará de cumplirse; y sé que en el cielo heredaré la vida eterna.

Mi anhelo es vivir para Él. Servirle. Mi anhelo es poder acercar a tantos como pueda a la plenitud que hoy vivo en Él. Que mi Señor me dé fuerzas para cumplir con mi llamado y que, llegado el día en que me lleve a su presencia, pueda oírle decir por fin las palabras que ha sido mi anhelo oír de Él toda la vida: «Bien, buen siervo y fiel».

Y descansar por fin en su regazo.

A Él sea la gloria por los siglos de los siglos.