Cambié de blog

Me fui a uno nuevo. Se llama Atenas y Jerusalén. Allá me pueden seguir. Me llevé muchas de las entradas que hice en este blog. Y en este punto hay varias ya que no figuran aquí.

El principal motivo es que muchas de las cosas que al principio me interesaban, ya no me llaman la atención; en su lugar, hay otras que me atraen más.

Espero que el nuevo blog tenga mayor calidad literaria y más profundidad… ojalá alcance el objetivo.

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Dar

Sé la capacidad que tengo con mi mente y mis palabras. Aún me dan vueltas en la cabeza la cantidad de veces que las utilicé para matar sueños, autoestimas, familias… para satisfacer mis hedonistas placeres, sin importar por encima de quién pasara. Tengo tantos ejemplos de ello en mi cabeza que si no fuera por el Espíritu, que me refuerza continuamente el perdón del cielo, me habría vuelto [más] loco.

Ahora no es así. Quiero usar mis palabras —y todo lo que soy— para dar vida a los demás. Llenar de los sueños que frustré; mostrar a los demás que valen cada gota de la sangre del Cristo que se encarnó por amor a ellos; y construir familias (la mía inclusive, aunque me sea tan esquiva) que transformen el mundo por medio del Dios que reina en medio de ellas. Fue de nuevo mi amiga Sophie quien me hizo recordar hoy cuánto valen para Dios las personas que he acercado a Él (que se me antojan muy pocas) y cuánto valora Dios lo que hago ahora para Él. Dios bendiga su sabiduría.

Yo mismo tengo que pelear contra las ideas de que lo que hago no importa. ¡O, peor aún, de que solo lo malo importa! Porque pareciera que las consecuencias de mis errores me persiguen sin tregua y cada error, pequeño o grande, me tocara pagarlo con intereses muy por encima de la usura… Aunque tal pensamiento sea ridículo, porque si mis pecados recibieran el castigo que merecen, yo debería estar muerto. La paga del pecado es muerte. Por la misericordia del Señor no hemos sido consumidos.

Sea como fuere, me es difícil ver las consecuencias de hacer el bien. Tengo que esforzarme mucho para creer que si no nos cansamos de hacer el bien, a su tiempo segaremos si no desmayamos. Ya no me importa todo lo que sé. ¡Renuncio a mi capacidad de razonar, a mi conocimiento! Son basura. Regalo mis libros, mis cartones y mi estudio, y vendo todo por sentirme vivo. Si lo que hice no tiene perdón en la cruz de Cristo, soy el más desesperanzado de los mortales. Sé en mi corazón que Dios pagó por mis pecados y tengo vida y perdón en Él, no lo dudo por un instante. Pero necesito un milagro. Necesito ver en esta tierra de los vivos su misericordia porque ya no sé cómo continuar. No lo sé. Me rindo. Mis lágrimas son mi pan de día y de noche.

Esta mañana me desperté y los pensamientos de muerte con los que batallo quisieron volver. ¡Pelear contra ellos es más difícil en estos días! Pero oré como sé que lo han hecho las personas que en este tiempo han estado preocupadas por mí. Limpié mi corazón ante Dios con muchas lágrimas y ante quienes tenía conciencia de haber ofendido… algo que de todas maneras hago cada vez que caigo en cuenta de mis pecados y de lo mucho que he dañado a tantos alrededor mío de diferentes formas. Le pedí al Señor que tomara el control y lo hizo. Y después se me abrieron los ojos a una verdad que me viene dando vueltas.

Anhelo una vida con propósito. Anhelo una vida como la de Pablo, la de Wilberforce, la de Bach… la sueño con locura. Anhelo una vida como la de tantos que han sido importantes para el mundo porque Dios ha sido importante para ellos. Todos tenían una cosa en común: Amaban desproporcionadamente.

Amaban a Dios y por eso le ofrecieron sus vidas a cambio, lo mejor que tenían. Pero amaban a los demás también. Pienso, por ejemplo, lo que Pablo decía que estaba dispuesto a pasar por las personas de las iglesias que fundó (¡y las cosas tan extremas que en efecto vivió!). Pienso en cuánto amor muestra la vida de Wilberforce, que se entregó por completo al Señor y a los demás. Pienso en que Bach, el mejor compositor de la historia, hacía la música para Dios pero para que sus oyentes se agradaran…

Amaban. Y amar siempre, siempre, es dar. Por eso siempre es más bienaventurado dar que recibir. Salomón dice que unos dan y reciben más de lo que dan. El Sermón del Monte, de nuestro lado, es que podemos dar y dar y dar. Porque también tenemos un Dios, Padre, perfecto, poderoso y amoroso que nos hace plenos y nos quiere dar todo. Nos capacita para dar porque de Él recibimos gracia sobre gracia.

Todo un propósito para la vida. Dar. Porque cuando doy, amo. Porque amar es dar. Porque no hay amor sin dádiva. No dar las sobras, sino dar de verdad. Porque si doy lo que me sobra, no soy diferente a los paganos. Por supuesto que dar, dar de verdad, duele. Es una negación del yo. Lewis decía que si no me duele dar es porque estoy amando poquito. Pero cuando doy, Dios suple y seguramente muchos también devolverán el amor. Dar. El propósito de la vida es dar. Porque el propósito de la vida es amar. Amar a Dios y amar al prójimo.

Sobre la Trinidad

Existen muchas dudas con respecto a la Trinidad, además de mucho tabú. El hecho de que la Trinidad sea un misterio no significa que no podemos acercarnos a ella de manera racional. Si bien no para entenderla del todo o reducirla a conceptos (con lo cual Dios dejaría de ser Dios), sí para mostrar que no tiene por qué implicar contradicciones lógicas.

Convenciones

PP: Primera Persona de la Trinidad.

SP: Segunda Persona de la Trinidad.

TP: Tercera Persona de la Trinidad.

SOBRE LA DEFINICIÓN DE DIOS

Una buena forma de definir a Dios es como lo hizo Anselmo: el ser más grande concebible (o imaginable). Esta definición nos permite hacernos una buena idea de cómo tiene que ser Dios. Entre otras:

  • Tiene que ser una entidad personal, pues las entidades no personales —los objetos— son más simples que las personales, luego ser personal es más grande que no ser personal.
  • Tiene que ser incomprensible pues si se puede comprender del todo no sería tan grande; luego imaginable no es lo mismo que comprensible o entendible.
  • Tiene que existir, ser, pues si no existe es tan solo imaginario, no imaginable.
  • Debe ser verdad, pues ser verdad es mejor que no serlo; de hecho, debe ser la verdad o sino la verdad sería más grande que Él.
  • Sus atributos no han de ser acotados (por ejemplo, debe ser omnipotente y omnipresente), pues si tienen límite es posible imaginarse coherentemente un ser con mayor capacidad.
  • Debe ser único, pues si hay dos como Él, es alcanzable por otras entidades existentes.

Para los propósitos de este escrito, me parece que estos ejemplos de lo que implica la definición de Dios han de bastar.

SOBRE LA INSUFICIENCIA DEL MONOTEÍSMO UNIPERSONAL

Si Dios es una sola persona, no puede ser Dios.

Una de las más grandes diferencias entre el monoteísmo cristiano y el monoteísmo judío o islámico radica en la cantidad de personas que componen la Deidad. La divinidad judía e islámica está compuesta por una sola persona. Sin embargo, si Dios es una sola persona, la creación de otro tipo de seres —celestiales o humanos— es una necesidad o no tendría forma de expresar ciertos atributos que se requieren para hacerlo el ser más grande imaginable.

Por ejemplo, el amor solo es tal cuando se expresa, de manera que si un ser no tiene otro a quien amar, no puede amar. De acuerdo con la concepción de Dios anteriormente dada, es posible imaginar sin contradicciones lógicas a un ser que ha amado eternamente y que por tanto sería superior a uno que ha amado durante una cantidad finita de tiempo. Un ser que ama es más grande que uno que potencialmente amaría si hubiera a quien amar.

Ahora, nótese que tener la capacidad de amar, como se hizo en los dos párrafos anteriores, es claramente inferior a ser amor. Luego Dios, si existe, debe ser amor. De hecho, si un ser (no necesariamente divino) solo puede amar sin ser amor, entonces el amor existe independientemente de ese ser. Y si el amor existe como una entidad independiente de dicho ser, este ser no puede ser Dios. Así las cosas, un ser unipersonal que necesita crear para poder amar no puede ser Dios. Pues si Dios fuera una sola persona, sería incapaz de amar antes de haber creado y, más aún, tener atributos inherentes a Él como ser amor.

Como el Dios cristiano es trino, cada una de las Personas que componen la Trinidad ama perfectamente a las otras dos, luego el amor ha sido un atributo divino desde la eternidad y hasta la eternidad. De manera que en el cristianismo Dios no necesita la creación. Cada una de las Personas de la Trinidad ha expresado amor desde la eternidad. Además, puesto que el monoteísmo en general acepta que Dios es personal, los miembros de la Trinidad tienen necesidad de ser amados también. En el cristianismo, esta necesidad de amor en las Personas de la Trinidad se satisface en sí misma: cada uno de sus miembros ama a los otros dos y es amado por ellos.

Igualmente ocurre con otros atributos divinos como ser bueno o justo. Si Dios es una sola persona, tales atributos solo podrían expresarse una vez haya creado a alguien con quien pudiera ser bueno o justo. De nuevo, en el cristianismo no existe esta necesidad de crear porque Dios, en cuanto tres Personas, puede expresar en sí mismo dichos atributos.

Si solo una persona compone la Divinidad, entonces en el mejor los casos Dios es potencialmente amoroso (no es amor), es potencialmente bueno y potencialmente justo. Potencialidades que solo se concretarían una vez creara entidades que satisficieran sus necesidades personales de amar y ser amado. Pero ser potencialmente amor es infinitamente inferior que ser esencialmente amor. Ser potencialmente bueno es infinitamente inferior que ser esencialmente bueno. Ser potencialmente justo es infinitamente inferior que ser esencialmente justo. En definitiva, ser potencialmente Dios es infinitamente inferior que ser Dios. El nombre de Dios es Yo Soy, no Yo Potencialmente Seré ni De Aquí A Poco Seré.

Nótese que este argumento depende crucialmente de que el amor no sea una emoción. En el momento en que el amor pueda ser una emoción, Dios simplemente puede sentir que ama, y el problema queda resuelto para el judaísmo y el islamismo. No obstante, sentir que uno hace algo no es lo mismo que hacer algo. Y amar es una acción. Como solía repetirme mi abuelita, «obras son amores y no buenas razones». Por ello, una de las formas más excelentes de mostrar amor es negarse a uno mismo (el amor no busca lo suyo), a lo que las emociones dictan, para beneficiar al otro.

SOBRE LA OMNISCIENCIA

Los filósofos diferencian dos formas de conocimiento: el proposicional y el propio. Cuando hablamos de omnisciencia divina usualmente nos referimos al conocimiento proposicional: Dios conoce todas las proposiciones verdaderas (por ejemplo, Dios sabe que 2 + 2 = 4). Mas Dios, en cuanto personal, tiene también conocimiento propio, aquel que nos hace a las personas conscientes de nosotros mismos. Una piedra no sabe que es una piedra y un animal no tiene conciencia de sí, pero las personas (humanas y divinas) tenemos la capacidad de entendernos a nosotros mismos en primera persona. Es diferente decir «Chris Froome ganó el Tour de Francia» a que Chris Froome diga «Yo gané el Tour de Francia». Ese conocimiento personal es el que llamamos propio o experiencial.

Ahora, Dios, para serlo, no puede necesitar crear el mundo. Pero una vez lo crea queda sujeto a las restricciones que Él mismo se impuso para crearlo. Por ejemplo, una vez Dios dice «hágase la luz», no tiene la posibilidad de no hacer la luz, pues de no hacerla incurriría en contradicción, con lo cual dejaría de ser Dios. Cuando Dios dice «Hágase la luz», queda obligado a hacerla.

Así las cosas, antes de crear a los seres humanos, el conocimiento propio, el experiencial, del dolor y la muerte no son cosas que Dios necesitara saber porque no existían. Pero una vez decide crear al ser humano, que sí experimentaría el dolor y la muerte, Dios no tendría un conocimiento propio de lo que son estas dos cosas a menos que se encarnara y muriera. Luego, una vez Dios decide crear el mundo, la encarnación y la expiación no son solamente el más grande acto de amor y bondad, sino una necesidad para Dios. Si Dios no se encarna y muere, nunca va a tener el conocimiento propio, el experiencial, de qué es sentir el dolor y la muerte.

De modo que si Dios es una entidad unipersonal y se encarna como lo hizo Cristo, entonces deja de existir Dios. Esto porque ser plenamente humano implica dejar de lado al menos algunos atributos divinos. Y puesto que en este caso hipotético Dios es solo una persona, al despojarse de al menos uno de sus atributos, así sea en parte, deja de ser Dios.

Nótese que la encarnación es un acto humillante porque Dios se despoja de al menos una parte de sus atributos divinos para hacerse humano y sufrir como nosotros, sufrir con nosotros (Fil. 2). Por ejemplo, los humanos morimos y no podemos resucitarnos a nosotros mismos. Así, cuando en el cristianismo la SP se encarna, en su humanidad se hace sujeto de muerte; pero si Dios fuera una sola persona, tal acto no sería posible pues si muere, no habría quien lo resucitara, de modo que dejaría de ser Dios, dejaría de existir Dios. Del otro lado, si habiendo creado a los humanos no experimenta como humano los dolores y la muerte, habría cosas que no conocería, luego no podría ser omnisciente.

Entonces, aunque Dios no tenía la obligación de crear este mundo ni los seres humanos que lo habitan, una vez los crea, la encarnación y la expiación se vuelven obligación, pues de lo contrario existirían cosas que Él no conocería. Repito: Dios no tiene que crear, pero una vez crea, es necesario que se encarne y sufra como nosotros o dejaría de ser Dios; si no lo hace, habría cosas que no conocería (Esta perspectiva de paso explicaría el difícil Hebreos 5:8: «Por lo que padeció aprendió obediencia»).

En resumen:

1. Dios no necesita crear el mundo.

2. Pero Dios decide crear el mundo y crear a los humanos.

3. Los humanos experimentan dolor y muerte (tienen conocimiento propio de estas cosas).

4. Luego Dios tiene que encarnarse como humano para adquirir este conocimiento.

5. Si Dios no se encarnara, existiría algo que no conoce.

6. Si se encarnara y fuera unipersonal, dejaría de ser Dios.

7. Luego Dios no puede ser unipersonal.

DADA LA CREACIÓN, DIOS DEBE SER MULTIPERSONAL

Una vez aceptado que Dios no puede ser unipersonal, pasemos a mirar que sí puede (y debe) ser multipersonal. Aunque no es necesario para este paso, supongamos que Dios está compuesto por tres Personas, como en la Trinidad cristiana (hasta este punto pudieran ser dos, cuatro, diez…). Entonces es trivial que no todas las Personas de la Trinidad tienen que experimentarlo todo o conocerlo todo. Es suficiente que una Persona de la Trinidad sepa algo para que Dios lo sepa. En una analogía con los números naturales, suponga que la PP solo conoce todos los números naturales que al dividirlos por tres no tienen residuo, la SP solo conoce todos los números naturales que al dividirlos por tres tienen residuo uno y la TP solo conoce todos los números naturales que al dividirlos por tres tienen residuo dos. Entonces Dios conoce todos los números naturales.

Por supuesto, lo anterior es solo una suposición: aunque considero que si así fuera Dios no dejaría de ser Dios, creo también que todas las Personas de la Trinidad tienen todo conocimiento proposicional, luego las tres conocerían todos los números naturales. No obstante, dicha suposición sirve para introducir un concepto más importante relativo al conocimiento propio:

Como ya vimos, cuando Dios decide crear un mundo como este, una de las tres Personas se tiene que encarnar, digamos la Segunda. Así, cuando la SP se humana y muere, el conocimiento experiencial del dolor físico humano y la agonía existencial solo la tiene la SP, no la PP ni la TP. La PP o la TP aunque hayan sufrido un dolor que no alcancemos a comprender (la ruptura de una relación perfecta y eterna), no tienen el conocimiento propio humano del dolor físico y solo la SP puede entendernos en este aspecto (He. 4:15). Pero esto no atenta contra la omnisciencia de Dios porque si al menos una de las Personas que componen la Trinidad tiene este conocimiento, Dios también lo tiene por transitividad.

Por otro lado, dado que hubo despojo de la SP, entonces la PP y la TP no pueden perder toda la potencia de sus atributos divinos o Dios dejaría de existir (esto explica un error doctrinal complicado en la película La cabaña, donde toda la Trinidad se encarna y hasta el Padre tiene las cicatrices en sus manos de la expiación; en este caso, Dios ya no podría seguir siendo Dios).

Que haya más de una persona permite que una se encarne y adquiera el conocimiento experiencial mientras las otras mantienen toda la potencia de sus atributos divinos. Podemos entonces añadir a la lista anterior un nuevo punto:

8. Dios debe ser multipersonal.

SOBRE LA NECESIDAD DE UN DIOS TRINO, DADA LA EXISTENCIA DEL MUNDO CREADO

En el momento en que la SP encarnada muere, su comunión eterna con la PP se rompe por completo. De manera que si Dios fuera solo dos personas, habría un momento de la eternidad en el que los atributos personales de Dios no pudieron expresarse.

¿Por qué? Porque si solo la PP y la SP son divinas y no la TP, entonces al momento de la muerte de Cristo la PP habría quedado sin nadie a quien expresarle perfectamente el amor y sin nadie de quien recibir perfectamente el amor. El hecho de que la TP haga parte de la Divinidad hace posible que la SP encarnada muera sin que los atributos relacionales de Dios sufran menoscabo.

Esto también hace evidente que la muerte de la SP encarnada no destruyó a Dios porque las otras dos personas siguieron existiendo eternamente en relación perfecta (también es importante aclarar que, doctrinalmente, cuando la SP encarnada murió, fue en su naturaleza humana; no es que la SP divina haya muerto; véase, p. ej., Ef. 4:8-10, 1 P. 3:18-19). Porque son tres, una podía morir sin que la parte relacional (y por tanto personal) de Dios sufriera menoscabo y su divinidad se viera comprometida.

Por lo tanto, la existencia del hombre obliga a que Dios sea al menos tres Personas. Dado este mundo creado, un Dios que no sea al menos tres Personas no puede ser Dios.

Que no pueda ser más de tres Personas también depende de la encarnación y la expiación. Cada Persona de la Trinidad cumple una función en cada cosa que Dios hace. La expiación no es la excepción: mínimamente una se encarna y las otras dos quedan sosteniendo los atributos relacionales necesarios para que Dios siga existiendo. De manera que si la Deidad tuviera más de tres Personas, las restantes serían innecesarias, con lo cual no podrían ser divinas (pues si no se necesitan, sobran). El argumento toma la forma de parsimonia (navaja de Occam) reforzada por necesidad. Entonces,

9. Dado el punto 2, Dios debe ser al menos 3 personas.

10. Si es más de 3 personas, algunas no serían necesarias.

11. Luego Dios solo puede ser tres Personas.

¿ES POLITEÍSTA EL CRISTIANISMO?

La acusación de politeísmo en el cristianismo no se sostiene porque el cristianismo no afirma que cada Persona de la Trinidad es Dios independiente de las otras dos, sino que las tres Personas juntas son Dios. Dios es el Ser conformado por las tres Personas en mutua dependencia. Afirmamos que son tres Personas distintas y un solo Dios verdadero; no tres Dioses distintos y un solo Dios verdadero. Lo último sería una flagrante contradicción. De modo que cuando decimos cosas del tipo «el Padre es Dios», «el Hijo es Dios» y el «Espíritu Santo es Dios», como en los credos, debemos entender que lo que en realidad estamos afirmando es que cada uno de ellos es divino.

Puede decirse con tranquilidad entonces que la PP es divina dado que la SP y la TP también sean divinas, la SP es divina dado que la PP y la TP también sean divinas, y la TP es divina dado que la PP y la SP también sean divinas. Lo que no puede decirse es que la PP sea Dios independiente de la SP y la TP, la SP sea Dios independiente de la PP y la TP, o la TP sea Dios independiente de la PP y la SP. No. El Ser único que llamamos Dios está formado por las tres Personas de la Trinidad y ellas existen en mutua interdependencia.

SOBRE EL ESTATUS DE CADA MIEMBRO DE LA TRINIDAD

Nótese que no es necesario suponer que el Hijo fue engendrado en la eternidad por el Padre, lo cual lo situaría por debajo de Él, en cuyo caso pasajes como Hebreos 5:8 no tendrían sentido porque habría experimentado la obediencia al estar sujeto eternamente al Padre como Hijo. Todas las Escrituras que se refieren a la relación Padre-Hijo pueden (y deben) entenderse desde la perspectiva de la encarnación, no desde la perspectiva de la eternidad.

De hecho, una modificación del argumento Kalam, en el cual se evidencia que todo lo que comienza a existir tiene una causa, sirve para mostrar que si el Hijo fue «eternamente engendrado», entonces el Hijo tuvo una causa (así esté la causa en el pasado eterno), luego no puede ser parte de la Divinidad, pues todo efecto es esencialmente inferior a su causa.

Por lo tanto, me resulta muy difícil aceptar, como en el Credo de Nicea, que la SP sea eternamente engendrada y pueda mantener su estatus divino al tiempo. Si la SP hubiera sido engendrada desde la eternidad, sería «menos divino» que la PP, algo muy complicado de digerir.

La humillación de la SP en la encarnación y la expiación consiste precisamente en que «era por naturaleza igual a Dios». No hay nada en su divinidad que fuera inferior a la PP, excepto en el momento en que crea y acepta encarnarse. Ahí, en cuanto verdadero hombre, se hace sujeto del Padre.

Por tanto, hablar de Padre-Hijo en la Trinidad solo tiene sentido desde la perspectiva de la encarnación. No antes de la creación del mundo.

Dar

Sé la capacidad que tengo con mi mente y mis palabras. Aún me dan vueltas en la cabeza la cantidad de veces que las utilicé para matar sueños, autoestimas, familias… para satisfacer mis hedonistas placeres, sin importar por encima de quién pasara. Tengo tantos ejemplos de ello en mi cabeza que si no fuera por el Espíritu, que me refuerza continuamente el perdón del cielo, me habría vuelto [más] loco.

Ahora no es así. Quiero usar mis palabras —y todo lo que soy— para dar vida a los demás. Llenar de los sueños que frustré; mostrar a los demás que valen cada gota de la sangre del Cristo que se encarnó por amor a ellos; y construir familias (la mía inclusive, aunque me sea tan esquiva) que transformen el mundo por medio del Dios que reina en medio de ellas. Fue de nuevo mi amiga Sophie quien me hizo recordar hoy cuánto valen para Dios las personas que he acercado a Él (que se me antojan muy pocas) y cuánto valora Dios lo que hago ahora para Él. Dios bendiga su sabiduría.

Yo mismo tengo que pelear contra las ideas de que lo que hago no importa. ¡O, peor aún, de que solo lo malo importa! Porque pareciera que las consecuencias de mis errores me persiguen sin tregua y cada error, pequeño o grande, me tocara pagarlo con intereses muy por encima de la usura… Aunque tal pensamiento sea ridículo, porque si mis pecados recibieran el castigo que merecen, yo debería estar muerto. La paga del pecado es muerte. Por la misericordia del Señor no hemos sido consumidos.

Sea como fuere, me es difícil ver las consecuencias de hacer el bien. Tengo que esforzarme mucho para creer que si no nos cansamos de hacer el bien, a su tiempo segaremos si no desmayamos. Ya no me importa todo lo que sé. ¡Renuncio a mi capacidad de razonar, a mi conocimiento! Son basura. Regalo mis libros, mis cartones y mi estudio, y vendo todo por sentirme vivo. Si lo que hice no tiene perdón en la cruz de Cristo, soy el más desesperanzado de los mortales. Sé en mi corazón que Dios pagó por mis pecados y tengo vida y perdón en Él, no lo dudo por un instante. Pero necesito un milagro. Necesito ver en esta tierra de los vivos su misericordia porque ya no sé cómo continuar. No lo sé. Me rindo. Mis lágrimas son mi pan de día y de noche.

Esta mañana me desperté y los pensamientos de muerte con los que batallo quisieron volver. ¡Pelear contra ellos es más difícil en estos días! Pero oré como sé que lo han hecho las personas que en este tiempo han estado preocupadas por mí. Limpié mi corazón ante Dios con muchas lágrimas y ante quienes tenía conciencia de haber ofendido… algo que de todas maneras hago cada vez que caigo en cuenta de mis pecados y de lo mucho que he dañado a tantos alrededor mío de diferentes formas. Le pedí al Señor que tomara el control y lo hizo. Y después se me abrieron los ojos a una verdad que me viene dando vueltas.

Anhelo una vida con propósito. Anhelo una vida como la de Pablo, la de Wilberforce, la de Bach… la sueño con locura. Anhelo una vida como la de tantos que han sido importantes para el mundo porque Dios ha sido importante para ellos. Todos tenían una cosa en común: Amaban desproporcionadamente.

Amaban a Dios y por eso le ofrecieron sus vidas a cambio, lo mejor que tenían. Pero amaban a los demás también. Pienso, por ejemplo, lo que Pablo decía que estaba dispuesto a pasar por las personas de las iglesias que fundó (¡y las cosas tan extremas que en efecto vivió!). Pienso en cuánto amor muestra la vida de Wilberforce, que se entregó por completo al Señor y a los demás. Pienso en que Bach, el mejor compositor de la historia, hacía la música para Dios pero para que sus oyentes se agradaran…

Amaban. Y amar siempre, siempre, es dar. Por eso siempre es más bienaventurado dar que recibir. Salomón dice que unos dan y reciben más de lo que dan. El Sermón del Monte, de nuestro lado, es que podemos dar y dar y dar. Porque también tenemos un Dios, Padre, perfecto, poderoso y amoroso que nos hace plenos y nos quiere dar todo. Nos capacita para dar porque de Él recibimos gracia sobre gracia.

Todo un propósito para la vida. Dar. Porque cuando doy, amo. Porque amar es dar. Porque no hay amor sin dádiva. No dar las sobras, sino dar de verdad. Porque si doy lo que me sobra, no soy diferente a los paganos. Por supuesto que dar, dar de verdad, duele. Es una negación del yo. Lewis decía que si no me duele dar es porque estoy amando poquito. Pero cuando doy, Dios suple y seguramente muchos también devolverán el amor. Dar. El propósito de la vida es dar. Porque el propósito de la vida es amar. Amar a Dios y amar al prójimo.

Coletazos

Hace un tiempo me decía mi amiga Sophie Perrault —uno de esos escasos ejemplos de mujer virtuosa— que no podemos pasar por alto el efecto dominó de las cosas que hacemos para Dios. Solo vemos lo que hacemos directamente, pero las consecuencias indirectas son de largo alcance en el tiempo y el espacio, eternas. Sembramos semillitas de mostaza en esta tierra, pero un día vamos a llegar al cielo y obtendremos coronas por cosas que pasaron incluso siglos adelante o en lejanas tierras. ¡Cuánta sabiduría en las palabras de Sophie y cuánta bondad de Dios!

Recordé un ejemplo gigante en la historia política que puede ilustrar la idea.

John Adams siempre estuvo en contra de la esclavitud. El asunto dividió tanto el Congreso Continental de las 13 colonias que por ello casi no logran ponerse de acuerdo sobre la independencia de Estados Unidos. Adams fue abolicionista, nunca poseyó esclavos (a diferencia de Jefferson, por ejemplo) e incluso cuando representaba los intereses de Estados Unidos en Europa, dejó su hacienda en las afueras de Boston a cargo de una familia negra cercana. ¡En esa época! John Adams, artífice de la independencia de Estados Unidos y el segundo presidente del país, enseñó esos principios a su hijo John Quincy Adams.

John Quincy Adams, fiel a las enseñanzas de su padre e influenciado también por William Wilberforce en Inglaterra, se opuso toda su vida a la esclavitud y su mayor sueño político era alcanzar la abolición, aunque no lo logró. Quizás su evento más conocido en la cultura popular, retratado en una película de Steven Spielberg, fue haber defendido con éxito ante la Corte Suprema a ciertos esclavos negros traídos de Sierra Leona en un navío español llamado Amistad para evitar que fueran condenados por haber promovido una insurrección en la cual murió el capitán del barco. Después de haber servido como presidente, siguió impulsando su causa desde el Congreso. Su fervor por el abolicionismo afectó grandemente a un joven político cuyo nombre era Abraham Lincoln.

Es decir, la abolición de la esclavitud en Estados Unidos liderada por Lincoln estuvo fuertemente influenciada por el mismísimo padre fundador John Adams desde casi cien años antes, así como por las ideas y acciones de William Wilberforce.

En estos días me enteré de que en un seminario de Costa Rica usan unos videos de mis charlas de apologética que alguna vez compartí en Facebook. Me sorprende cuánto nos usa Dios a pesar de ser tan poco dignos (2 Co. 4:7).

Necesito creer que las cosas que hago van a hacer una diferencia. Justo en este momento necesito creerlo. John Adams y William Wilberforce son nombres que me trascienden casi infinitamente; no me atrevo a compararme con ellos. Pero me aferro a las sabias palabras de mi amiga Sophie. Yo no puedo ver a largo plazo, a duras penas consigo ver lo que tengo al frente. No obstante,  a mi buen Dios no le son ocultos los coletazos de mis acciones para Él (¡ni mi amor por Él!) y, Justo como es, no las va a dejar sin premio eterno.

Nosotros los malos

Uno de los ataques más efectivos al cristianismo en nuestra cultura es mostrar la imperfección de los cristianos. El imaginario colectivo es que los cristianos deberíamos ser perfectos o el cristianismo es falso. Nada más opuesto a la verdad.

La esperanza del cristiano no está en su perfección, sino en la de Cristo. Si yo pudiera ser perfecto por mi propia cuenta, lo cual me capacitaría para llegar a Dios por mí mismo (porque solo lo perfecto puede tocar lo perfecto), mi religión sería el danielismo, no el cristianismo.

Ante tal crítica puede uno decir a la cultura de hoy día lo mismo que Cristo dijo a los fariseos de su tiempo: «¡Yerran ignorando las Escrituras!». El cristianismo es diáfano en este punto:

Cristo dijo: «No he venido a llamar a justos, sino a pecadores»; y también dijo: «los sanos no necesitan médico, sino los enfermos». La primera de sus bienaventuranzas va dirigida a los «pobres de espíritu».

Pablo dijo que Dios escogió «lo insensato del mundo para avergonzar a los sabios, y escogió lo débil del mundo para avergonzar a los poderosos. También escogió Dios lo más bajo y despreciado, y lo que no es nada, para anular lo que es». Todo un ejercicio en la humildad la forma en la que nos describe Pablo: lo insensato, lo débil, lo más bajo y despreciado, y lo que no es nada.

Juan, hablando a los creyentes, dijo: «Si afirmamos que no tenemos pecado, lo hacemos pasar por mentiroso y su palabra no habita en nosotros».

Si usted estaba esperando que el cristianismo dijera que los cristianos eran mejores personas, está caricaturizando el cristianismo. No. Los cristianos estamos sacados de lo peorcito que ha visto el mundo. ¡Y todo esto redunda en mayor gloria a Dios! Porque al ser nosotros las vasijas de barro del mundo, no las hechas con metales preciosos, podemos estar seguros de que la excelencia del poder que nos transforma es de Dios y no nuestra.

¡Razón tienen quienes critican la baja estatura moral de los cristianos! Pero el cristianismo no dice que seamos perfectos, sino que éramos peores y estamos en proceso de perfeccionamiento (los teólogos llaman este proceso santificación). De modo que nuestra imperfección no contradice al cristianismo. Así, si alguien dice que los cristianos son malos y por eso el cristianismo es falso, en realidad poco sabe de qué está hablando. Hasta los peores creyentes, en tanto sean auténticos, son mejores cuando se comparan con lo que eran antes de conocer a Cristo.

Hay otra cara en esta realidad. Quienes hemos sido malos entendemos muy bien nuestra maldad. Conocemos las profundidades de nuestros errores, nuestros pecados, y nos cuesta disimulárnoslos en el alma. ¡Con razón dijo Cristo a los fariseos que las prostitutas y los recaudadores de impuestos iban al cielo antes que ellos! Los hombres somos seres morales, sabemos en el fondo la distinción entre lo bueno y lo malo. Quienes hemos hecho las cosas mal sabemos que las estamos haciendo mal. No hay forma de disfrazárselo al corazón. Por tanto, no extraña que los grandes cristianos sean exhomicidas, como Pablo de Tarso; exparranderos, como William Wilberforce; exprostitutas, como María Magdalena; extraficantes de esclavos, como John Newton; expolíticos corruptos, como Charles Colson; y tantos otros ejemplos grandísimos a lo largo de la historia.

De modo que tampoco extraña cuando guerrilleros, narcotraficantes, adúlteros, homosexuales, degenerados sexuales, pederastas, viciosos, etcétera, terminan rendidos a los pies de Cristo. La propia iniquidad de sus vidas se convierte en el mejor testimonio para el corazón de que la moral existe; y el pecado que les corroe el corazón, en el mejor testigo de que necesitan un Redentor perfecto que les permita estar a la altura del Dador de la moral, porque ellos no pueden hacerlo solos.

No extraña, a la larga, que los pecadores fueran al cielo delante de los fariseos; ni extraña que vayan hoy delante de los hombres (aunque ya no sepamos a ciencia cierta si lo son…) modernos, sofisticados y soberbios que, como Dorian Gray, enmascaran con su estatus social y éxito profesional la oscuridad de su alma, considerando que no se necesitan sino a sí mismos para suplir todas sus necesidades.

Piense si «cambiar» a un bueno produce el mismo efecto que cambiar a un malo y entenderá entonces el asombroso éxito del cristianismo. Porque cambiar el corazón del malo, quitarle el corazón de piedra y ponerle corazón de carne, produce un cambio exponencial no solo en la persona, sino en el mundo en que se mueve; y muestra de paso la excelencia del poder de Dios, porque hacer bueno al malo es más difícil que hacer bueno al bueno, trivialmente. Solo el amor de Dios puede cambiar el corazón del hombre.

¿Quiere esto decir que de veras haya buenas personas?, ¿que quienes no son cristianos sean realmente buenos? Salomón lo respondió bien en su existencial Eclesiastés: «No hay nadie tan honrado en la tierra que haga el bien sin pecar nunca». Si usted quiere caer en cuenta de su propia situación moral, haga el esfuerzo por una semana de ser bueno (¡pero bueno de verdad, sin bagatelas!) y me cuenta al final cómo fracasó con todo éxito. No hay nadie bueno. Nadie. No hay justo ni aun uno. Nadie es bueno, sino Dios. Lo que sucede es que el orgullo de la persona disimula las faltas a su propio corazón. El sofisticado posmoderno o el fariseo antiguo se comparan en su orgullo contra las prostitutas y los políticos corruptos. ¡Cuánta mediocridad! ¿Por qué no se comparan contra la pureza y perfección del Dios Santo? ¡Ese es el verdadero estándar! Pero como saben que terminan mal parados, se anestesian el corazón comparándose a otros mortales a quienes consideran peores. El orgullo es mediocre, por definición. Ese es el problema de quienes dicen contentarse con «ser cabeza de ratón y no cola de león». Mediocridad rampante donde menos podemos darnos el lujo de serlo: en la moral.

¡Ahí radica la diferencia con el cristiano verdadero! El cristiano verdadero, como lo enseñó Juan, es consciente de su propio pecado. Sabe que necesita a Cristo con urgencia. No es hipócrita el cristiano auténtico que lucha con sus pecados a pesar de que muchas veces caiga. Es hipócrita el que los oculta o disimula porque quiere convencerse a sí mismo de su mentira —convenciéndose de que hay gente peor que él— y engañar a los demás.

Los cristianos luchamos contra nuestras debilidades (que no siempre son sexuales, aunque muchas veces sí lo sean). Pero nuestras debilidades son el reconocimiento de la santidad de Dios y nuestra necesidad de Él. No es que nos hayamos hecho cristianos y después dejemos de necesitar a Cristo. Lo necesitamos en el pasado para nacer de nuevo y en el presente para sustentar la nueva vida que nos dio. Separados de Él no podemos hacer nada. Ser cristianos no es dejar de equivocarnos. Ser cristianos es aceptar su sacrificio en la cruz por nuestros pecados pasados, presentes y futuros en esta vida. El cristiano sabe que, a pesar de sus debilidades, el que comenzó la buena obra en nosotros la va a completar. Y por ello, por esa identidad, porque es aceptado y amado tal cual es, porque puede llamar al Dios eterno Padre —un privilegio exclusivo del cristianismo—, puede comportarse de manera digna, buscando agradar a Dios en todo, esforzándose por agradar al Padre porque también lo ama en reciprocidad por el amor que ha recibido de Él; sabiendo que cuando peca, el amor del Padre es más grande y lo restaura.

Amamos. Amamos en reciprocidad a Dios con un amor que busca darle más de lo que somos, porque a quien mucho se le perdona mucho ama. Amamos al prójimo como a nosotros mismos e incluso en ocasiones con un amor superior al que tenemos por nosotros mismos. Nuestra motivación para ser mejores es el amor, hacer felices a Dios y a quienes nos rodean, no la fría perfección ni la hipócrita superioridad moral en sí mismas. Lo segundo es fariseísmo y solo conduce a frustración. Por eso, en nombre de tal amor, el Espíritu de Dios nos capacita para cambiar lo peor de nosotros. Porque queremos agradar a Dios y a nuestros allegados. Mejoramos por amor.

El cristiano auténtico sabe que es pecador y necesita a Cristo, es honesto. El cristiano auténtico sabe que lo que tiene de bueno está en Cristo. El incrédulo se considera bueno y cree que no necesita a Dios, su peor pecado es el orgullo porque lo mantiene hundido en todos los demás.

Porque siete veces caerá el justo, pero otras tantas se levantará; los malvados en cambio, se hundirán en la desgracia.

La cabaña

La cabaña es una historia de restauración de la relación con Dios. Trata de la rabia con Dios que experimenta un hombre llamado Mackenzie, que años atrás perdió a su hija menor cuando un asesino en serie la secuestró y la mató. A raíz del profundo dolor, Mackenzie empieza a cuestionar a Dios, de modo que Dios le pone una cita justo en la cabaña donde encontraron a su hija y allí finalmente criatura y Creador restauran su relación.

La cabaña, por tanto, intenta ser una novela sobre la teodicea. En filosofía y teología, la teodicea trata sobre cómo reconciliar la existencia del mal con la existencia del Dios omnipotente, omnipresente, omnisciente y bueno del cristianismo.

LO BUENO

Aunque hay muchos argumentos filosóficos y teológicos convincentes sobre por qué el mal y el Dios cristiano coexisten en el presente, tales argumentos no han descendido a la cultura popular y poco cuidado se presta a una apologética existencial del problema del mal. Las respuestas intelectuales pueden ser interesantes, pero solo están al alcance de quienes tengan dicha inclinación. La cabaña se presenta como una alternativa popular para resolver esta pregunta. Su gran acogida en el papel y el cine muestra la urgencia que tiene nuestra sociedad de encontrar respuestas al problema del mal desde la experiencia y con alcance popular.

Y la razón para ello es clara. Vivimos en un mundo caído. Por esa sencilla razón, todos vamos a experimentar el mal en algún momento. Y cuando el mal aparezca, ni el más estructurado de los intelectuales pensará: «Oh, como es lógico que Dios y el mal coexistan en el presente, ya no me duele» (léase con afectada voz de intelectual soberbio). No. Cuando el mal golpea nuestra vida, las respuestas naturales del hombre son: «¿POR QUÉ A MÍ?», «¡DÓNDE ESTÁS, SEÑOR!» o «¡DIOS MÍO, POR QUÉ ME HAS DESAMPARADO!».

Déjeme ser franco al respecto, la gran virtud de La cabaña es que realmente alivia el corazón de quienes tenemos o hemos tenido el corazón destrozado. Es una pomada al alma. No hay forma de disimularlo. Cada persona que he conocido cuyo corazón está adolorido se ha sentido al menos entendida después de haber leído el libro o visto la película. Tal cosa es mucho más de lo que puede decirse después de que quienes hemos sufrido hablamos con creyentes de “vidas perfectas” (¡Dónde están los perfectos!). Por eso no me avergüenza decir que, una vez me permití adentrarme en su género literario, lloré desde la primera hasta la última página.

Otra gran virtud de La cabaña es haber intentado una respuesta al problema del mal con alcance popular. Paul Young, su autor, teniendo claro su público —la gran masa de la población—, busca tocar emociones profundas del dolor humano y la sanidad del alma herida. Y desde su perspectiva pop lo logra. Este es un punto valiosísimo de La cabaña: hacer obvia la necesidad que tiene nuestro mundo Occidental de encontrar respuestas alcanzables al problema del mal. El éxito de La cabaña resaltó que a nuestra sociedad no le interesa tanto volverse atea, sino resolver sus inquietudes teológico-filosófico-existenciales. Reconciliar los sufrimientos de esta vida con la idea innata de que Dios existe.

Un tercer punto valioso es su aproximación a la relación íntima que evidencia la trinidad de Young en su obra. La versión de Dios de Young muestra una relación dinámica, viva, entre su trinidad, que hace muy bien en desdibujar la concepción que se tiene de la Divinidad como una entidad aburrida en la que el cielo es un lugar sin diversión y Dios, un ser eterno carente de toda emoción. La trinidad de Young es alegre, en ella cada uno de sus miembros disfruta al máximo su relación con los otros dos. Una trinidad que, en términos de la relación entre sus miembros, con toda seguridad es mucho más cercana a la realidad que la aburrida concepción del platonismo cristiano que heredamos del Medioevo. Encomiable.

El cuarto punto valioso de La cabaña está en enfatizar que Dios está emocionalmente comprometido con mis situaciones. Dios sabe lo que nos duele. Él mismo experimentó todo este dolor. No fue solo Cristo quien sufrió en la crucifixión. La Trinidad experimentó la muerte desde los dos lados. El Hijo muere y el Padre experimenta la pena de la separación y el duelo. No hay emoción, no importa cuán dolorosa sea, que el Dios trino del cristianismo no conozca y por la cual no pueda compadecerse de nosotros. Dios nos entiende y quiere restaurarnos a la comunión con Él. Tal comunión es lo más seguro que podemos tener en este mundo, cuyas alegrías en ausencia del Máximo Bien son a lo sumo pasajeras, cuando no ilusorias.

Antes de pasar a la siguiente sección, es menester hacer una aclaración: al leer las revisiones en inglés de La cabaña, uno de los puntos más criticados fue el aparente universalismo que Young plantea. El universalismo es una creencia que la mayoría de la iglesia cristiana no adhiere, según la cual todos los seres humanos al final van a ser salvos. Es bueno saber, como Young reconoce aquí, que no adhiere al universalismo.

LO MALO

Ante tantas cosas buenas, el lector se preguntará si realmente La cabaña tiene cosas malas. Sí, las tiene. Y deben mencionarse. Hace poco, una persona cercana me cuestionaba por qué criticar La cabaña cuando podría estar acercando a tanta gente a Dios. La respuesta es que nuestra cosmovisión, es decir, nuestra concepción de lo que constituye la realidad, va a afectar directamente nuestra vida. Lo que hoy creemos los cristianos se ha forjado a un precio muy alto a lo largo de la historia. Un precio muy alto hasta para el mismo Dios, y también para los creyentes que a lo largo de la historia han entregado sus vidas para que el cristianismo sea hoy lo que es. Considérese por ejemplo la cantidad de herejías que menciona wikipedia en el cristianismo. La verdad es que en muchas de ellas siempre hubo cristianos dispuestos a ofrecer sus vidas para que usted y yo pudiéramos creer lo que hoy creemos. La sana doctrina merece defenderse.

LA IMPORTANCIA DE LAS COSMOVISIONES

¿Por qué son importantes las cosmovisiones, es decir, aquello que en el fondo de nuestro ser consideramos verdadero? Porque nosotros los humanos, seres inteligentes (aunque lo disimulemos muy bien en ocasiones), construimos el edificio de nuestra vida con base en lo que creemos, lo que aceptamos cierto.

En contravía con la Posmodernidad pero de común acuerdo con la lógica, la verdad es por definición exclusiva. 2 + 2 = 4 y es imposible que 2 + 2 sea 1, 5, 8 o 1534. El hecho de que 2 + 2 sea 4 excluye de inmediato las infinitas posibles soluciones restantes. Y está bien que la verdad sea excluyente. ¿Por qué?

Suponga que yo vendo manzanas y creo que 2 + 2 = 10, entonces cuando venda 2 + 2 manzanas voy a estar esperando la ganancia de 10 y terminaré enojado con la vida y con los clientes, además de frustrado, cuando no reciba sino la ganancia de 4. Por otro lado, si voy a comprar 2 + 2 manzanas de mi proveedor y espero 10, me voy a llevar una sorpresa grande cuando solo reciba las 4 que pedí y un posible gran problema con el proveedor porque va a pensar que soy deshonrado y lo quiero estafar. El ejemplo es trivial, pero ilustra la realidad.

La verdad es una sola (2 + 2 = 4), pero lo que yo considero verdad (2 + 2 = 10) no necesariamente coincide con lo que es verdad. Es ahí donde se presentan los inconvenientes… o se minimizan. Entre más apegada a la realidad esté mi cosmovisión, menos problemas voy a tener. Entre más alejada, más problemática va a ser mi existencia.

En otro ejemplo, suponga que el velocímetro de su carro se daña y apunta 10 millas por debajo de la velocidad real; cuando el policía de tránsito lo detenga y lo multe por exceso de velocidad, no va a poder usted justificarse porque la realidad es que iba por encima del límite, sin importar lo que su velocímetro dijera. Si creo que el cigarrillo no hace daño y fumo todo el tiempo en mi casa, es altamente probable que quienes conviven conmigo y yo terminemos gravemente enfermos de los pulmones. Si en mi cosmovisión bailar está mal y yo bailo, mis propias convicciones terminan haciendo que bailar no sea tan placentero porque mi conciencia me acusa. En el caso opuesto, si mi cosmovisión no enseña que bailar está mal y yo no bailo, me estoy restringiendo innecesariamente de una forma sana de diversión, lo cual puede terminar siendo frustrante para mí.

Si mi cosmovisión enseña a perseguir a muerte a quienes se opongan a ella (como sucede con el islam), entonces me va a parecer que está bien hacerlo. Si mi cosmovisión enseña que está bien ridiculizar y hacerles perder sus trabajos a quienes no piensen como yo (como ocurre con la ideología de género), entonces voy a hacer perder el trabajo a quienes no piensen como yo y los voy a ridiculizar. Si mi cosmovisión enseña que el sumom bonum es la búsqueda del placer por el placer (como en el hedonismo actual), entonces me va a parecer que matar bebés no nacidos es justificable y correcto: el placer de la sexualidad activa y de no frustrar los planes de vida están primero. Si a mi cosmovisión le parece que la felicidad está en la restricción del placer (como en el ascetismo), entonces voy a vivir una vida en la que restrinja los deseos y todo el que me divierta parecerá desviación. Si creo que Dios no existe y al final sí existe, de acuerdo con la apuesta de Pascal, me va a ir muy mal. Si creo que Dios existe, entonces soy responsable ante Él.

Lo que yo crea que constituye la realidad va a tener efectos importantísimos en mi forma de pensar; de actuar; de concebir a los demás, a Dios y la eternidad. Por eso es tan importante que lo que yo crea sea consonante con la realidad.

En particular, la forma en la que concebimos a Dios va a ser importante porque va a afectar nuestra concepción de la realidad, de lo que está bien o mal, y de nosotros mismos. Es a ese hecho y sus implicaciones que a continuación dirijo mi atención en el contexto de La cabaña.

¿Dios mujer?

El primero y más obvio de todos los errores es hacer imagen de Dios Padre y Dios Espíritu Santo. Llamar a Dios Padre y tratarlo en femenino, cosa que ocurre a lo largo de casi todo el libro, es una tergiversación difícil de ignorar. En el menor de los casos genera confusión sobre la identidad misma de Dios. ¿Por qué llamarlo Padre y tratarlo de ella? Dios no es Dios de confusión.

Esta es una de las razones para haber hablado tanto antes sobre qué es una cosmovisión. El judeo-cristianismo enseña que los seres humanos fuimos creados a imagen y semejanza de Dios. De modo que si el género de Dios no importa, entonces el de los humanos tampoco importa. Aquí veo un problema grave con cercana correspondencia al pensamiento liberal que busca imponer que en términos de género cualquier cosa es válida (LGBTI… ABCDEF…). Pocas cosas mejores se me ocurren para vender la ideología de género dentro del cristianismo que hacer que el Dios a imagen del cual estamos hechos los seres humanos pueda ser de cualquier sexo de manera cambiante, como ocurre en La cabaña.

En los círculos teológicos liberales tiene hoy fuerza un tipo de teología feminista. En la teología feminista uno de los objetivos declarados es respaldar «el uso de nombres de Dios que sean o independientes del género o de género múltiple argumentando que el lenguaje impacta poderosamente lo que creemos sobre el comportamiento y la esencia de Dios» (¡La teología feminista entiende la potencia de una cosmovisión!). Exactamente lo que hace La cabaña.

No obstante, lo que termina convirtiéndose en una curiosidad es que la teología feminista, en el intento de defender el feminismo, termina relativizando el concepto mismo de mujer. Dicho en otras palabras, la ideología de género es completamente contraria a la ideología feminista, como las mismas representantes del feminismo lo han reconocido en variadas ocasiones (por ejemplo aquí). En la ideología feminista el género importa: ser mujer es lo importante. Sin embargo, en la ideología de género, ser mujer (u hombre… o cualquier otra percepción sexual propia) no importa. Mientras que en el feminismo el género es lo más importante, en la ideología de género el género no importa y es maleable a la forma en la que quiera expresar mi sexualidad en el momento presente… que puede ser diferente a la futura y la pasada.

De manera que la aclaración teológica es relevante y tiene profundas implicaciones en términos de cosmovisión. Debe decirse entonces que encarnar al Padre y al Espíritu es un error doctrinal que viola el primer mandamiento. Hay una razón por la cual al Padre no se le suelen hacer imágenes en el judeo-cristianismo: sus atributos sobrepasan por lejos, como está el cielo de la tierra, como está distante la infinitud de la finitud, todo lo que sobre Él podamos expresar. Las imágenes implican necesariamente una reducción que solo menoscaba su santidad: el hecho de que Él esté más allá de toda su creación y todo lo que nos podamos imaginar.

Segundo, es un error teológico difícil de pasar por alto. Tiene más de la ya mencionada teología liberal feminista tan en boga hoy en los círculos académicos, mejor caracterizados por sus ganas de someter el cristianismo a la cultura que por su efectividad en producir salvación y santidad. «Dios [Padre] es espíritu», es cierto. Y el Espíritu Santo… bueno, también es espíritu. De modo que las Personas Primera y Tercera de la Trinidad no son ni hombre ni mujer. No obstante, es claro en toda la Biblia que Dios siempre se identificó en términos masculinos. Los sustantivos Dios, Padre y Espíritu son claramente masculinos, de manera que el cambio parece obedecer más a una malsana asimilación de los dictados posmodernos que a la integridad doctrinal del cristianismo bíblico. Aunque haya partes del texto bíblico donde se utilicen símiles o metáforas de Dios con lo femenino —las hay—, todos los sustantivos (y sustantivo viene de sustancia) con los cuales la Biblia se refiere a Él (¡Él!) son exclusivamente masculinos.

Finalmente, cuando la Segunda Persona de la Trinidad decide encarnarse, lo hace en un hombre. Y Cristo nos dice que conocerlo a Él es conocer al Padre, que quien lo ha visto a Él ha visto al Padre. Cristo —con perdón de la perogrullada— es hombre, masculino; en consonancia con los nombres que le da todo el Antiguo Testamento a Dios.

Es la Encarnación la razón fundamental por la cual no se suelen considerar problemáticas ciertas representaciones de Dios en el arte. Porque son imágenes de Cristo, Por ejemplo, Aslan corresponde a la Segunda Persona de la Trinidad encarnada.

EL PRINCIPIO DE LA SABIDURÍA

—¿Es… es un hombre? —preguntó Lucy.

—¡Aslan un hombre! —exclama el Sr. Castor con seriedad—. ¡Claro que no! Te digo que él es el rey del bosque y el hijo del gran emperador allende los mares. ¿No sabes quién es el rey de las bestias? Aslan es un león… el león, el gran león.

—¡Ahh! —exclamó Susana—, yo creía que era un hombre. ¿Es él… lo suficientemente seguro? Yo me sentiría nerviosa de encontrarme con un león.

—Seguro que te sentirás así, querida mía, sin lugar a dudas —dijo la Sra. Castor—, si existe alguien que pueda aparecerse ante Aslan sin que le tiemblen las piernas, ese alguien es más valiente que la mayoría, o sencillamente un tonto.

—¿Entonces él no es seguro? —dijo Lucy.

—¿Seguro? —repitió el Sr. Castor—. ¿No estás escuchando lo que dice la Sra. Castor? ¿Quién mencionó la palabra seguridad? Por supuesto que no es seguro. Pero él es bueno. Él es el rey, te lo aseguro.

C. S. Lewis. El león, la bruja y el armario.

La cabaña, propio de la cultura pop que representa, menciona al Dios Trino como si fuera uno de nosotros, despojándolo de toda su santidad. Ser santo no significa ser místico o aburrido. Santo  significa separado. Todos los atributos de Dios están marcados por su santidad. La santidad de Dios lo separa en el resto de sus atributos de nosotros. Por ejemplo, su capacidad de amar es ilimitada, mientras que la nuestra no lo es ni con nuestros seres más queridos.

Pero la santidad de Dios tiene otra característica también: Él es grande; yo soy pequeño. Él, como lo reconoció Job, tiene plenitud de poder para crear todo este mundo, sus obras son para nosotros cosas demasiado maravillosas que no alcanzamos a comprender. Su grandeza, magnificencia, poder y la infinitud en sus atributos solo pueden describirse a ojos humanos como encanto aterrador. Él es sublime.

Por eso, cuando el Señor dio a Israel los Diez Mandamientos, el pueblo de Israel prefirió no verlo de frente y optó por dejar a Moisés como intermediario. Por eso el mismo Dios, aunque llama a Moisés su amigo, le dice que no puede verlo de frente y, en un muy ilustrativo antropomorfismo, Moisés solo puede verle la espalda; ¡el mismísimo Moisés! Por eso, cuando Dios llama a Isaías, la reacción del profeta fue decir «¡Ay, de mí, que estoy perdido!». Por eso cuando habla con Daniel, el sabio sintió que las fuerzas lo abandonaban. Por eso cuando apareció a los apóstoles tras la resurrección, ellos quedaron aterrorizados. Por eso cuando el Cristo ascendido se reveló a Pablo, él cayó al piso y quedó ciego solo logrando balbucear «¿Quién eres, Señor?». Por eso cuando Juan, ¡el discípulo amado!, tuvo la visión de los tiempos finales y vio al Hijo del Hombre, cayó como muerto.

El principio de la sabiduría es el temor de Dios. Y no. No es el «temor reverente» que muchos enseñan. Es el asustador reconocimiento de quién es Él y quién soy yo, la infinita diferencia entre su santidad y la mía, su amor y el mío, su pureza y la mía, su justicia y la mía, su poder y el mío… solo por su misericordia —que tampoco se parece en nada a la mía— no hemos sido consumidos. Lo que los personajes bíblicos descritos sintieron no fue el acomodado «temor reverente»; fue pavor de pensar que morirían porque sus ojos habían visto al Rey.

Así las cosas, es inexplicable la trivialización de la Divinidad en el libro porque Mackenzie, el personaje central, habla todo el tiempo con cada miembro de la Trinidad como quien habla con el vecino, «¡’Toes qué, Parcero!… ¿O Parcera?». Como le dijera el Sr. Castor a Sussie: tiene alguien que ser muy valiente o muy tonto para hacerlo… y ser la primera no excluye la segunda. El principio de la sabiduría es el temor de Dios. Luego no hay sabiduría ninguna en afrontar el problema del mal sin temor al Santo, Santo, Santo.

Aslan no es seguro, acercarse a Él requiere temor y reverencia. Pero es bueno.

LA AMBIGÜEDAD

Uno de los mayores problemas con La cabaña es la ambigüedad. Por ejemplo, con respecto al universalismo, recuerdo haber leído primero una cosa que me dio a pensar: Esto no me huele bien. Sin embargo, un poco más adelante recuerdo haber pensando: Ah, no, aquí está diciendo ya lo contrario. Dicha ambigüedad es para mí uno de los peores problemas de La cabaña, patente a lo largo de todo el libro; casi todas sus afirmaciones dan para pensar una cosa y después dice algo que llevaría a pensar otra cosa del todo opuesta.

Creo que casi todas las críticas que eruditos cristianos, celosos de la sana doctrina, han hecho (por ejemplo esta durísima de Albert Molher) se pueden explicar mejor así. Realmente en La cabaña rara vez es clara la posición del autor. En unas partes da a pensar una cosa y en otras, otra. Ante tanta ambigüedad, criticar la pureza doctrinal de La cabaña en gran parte de sus afirmaciones teológicas se vuelve complicado. Pero es indudable que Young parece moverse en arenas movedizas, en el mejor de los casos, o navegar a dos aguas, en el peor. La ambigüedad es peligrosa en cualquier ámbito y la teología no es la excepción.

Otro ejemplo de tal ambigüedad puede verse a continuación. Cuando Dios explica a Mackenzie, el personaje principal del libro, que decir «la verdad» sin amor en el fondo no es verdad, lo hace en los siguientes términos:

Muchas personas inteligentes pueden decir muchas cosas correctas con el cerebro, porque les han dicho cuáles son las respuestas correctas, pero no me conocen en absoluto. Así que, en realidad, ¿cómo pueden ser correctas sus respuestas incluso siendo correctas? No sé si entiendes a lo que me refiero —su juego de palabras le hizo sonreír—. En definitiva, aunque estén en lo cierto, están equivocados.

Aunque lo que quiere decir es correcto, la ambivalencia se presenta dos veces en un solo párrafo: «¿Cómo pueden ser correctas sus respuestas incluso siendo correctas?» y «En definitiva, aunque estén en lo cierto, están equivocados». 

Un último ejemplo, más grave, de tal ambigüedad ocurre cuando Young trata con la encarnación. El autor dice que no fue solo la Segunda Persona de la Trinidad quien se encarnó, sino también el Padre. Por lo tanto, como ella (¡el Padre!) se encarnó con el Hijo, entonces también comparte las cicatrices en sus manos de la cruz de Cristo. No obstante, pocas páginas más adelante, da a entender que aludir a la encarnación del Padre es solo en sentido figurado.

Es muy importante entender que no toda la Trinidad se encarnó y murió por nuestros pecados, sino solo el Hijo. Si toda la Trinidad se hubiera encarnado y hubiera sufrido la muerte, habría existido un momento en el cual no hubo Dios. Uno de los puntos más hermosos de la Trinidad cristiana cuando se compara con otras religiones monoteístas como el judaísmo y el islamismo es que al ser Dios tres Personas diferentes y un solo Dios verdadero, puede darse el lujo de que una de ellas muera físicamente un momento sin que Dios —y todo lo que Él creó— deje de existir. Si Dios fuera una sola persona y hubiera muerto, entonces no habría quién lo resucitara y el mundo que creó habría perecido con Él. No así en la Trinidad; el Padre ni se encarna ni muere en sacrificio por nuestros pecados. Si el Padre hubiera muerto, nadie habría podido resucitar a Cristo. Al contrario, lo que la Biblia enseña es que el Padre quedó satisfecho con el sacrificio del Hijo y por ello lo resucitó. Si el Padre y el Hijo hubieran muerto, Dios habría dejado de ser Dios y su nombre cambiaría de Yo Soy a Yo fui, en cuyo caso no podría salvar a nadie. Recuerde: la cosmovisión importa.

CONCLUSIÓN

En este momento estoy viviendo una de las crisis internas más fuertes de mi vida, tal vez la más fuerte; el resumen de la situación puede estar en que he perdido casi diez kilos de peso. Oro día tras día por un milagro que no ocurre. La mayoría de cosas que creía saber sobre la vida ya no las sé. En el mejor escenario, dudo de ellas; en el peor, las deseché por completo. Como Asaf, el director de alabanza del rey David, oro:

Cuando estoy angustiado, recurro al Señor;

sin cesar elevo mis manos por las noches,

pero me niego a recibir consuelo.

Me acuerdo de Dios, y me lamento;

medito en Él, y desfallezco.

No me dejas conciliar el sueño;

tan turbado estoy que ni hablar puedo.

Me pongo a pensar en los tiempos de antaño;

de los años ya idos me acuerdo.

Mi corazón reflexiona por las noches;

mi espíritu medita e inquiere:

«¿Nos rechazará el Señor par siempre?

¿No volverá a mostrarnos su buena voluntad?

¿Se habrán agotado su gran amor eterno

y sus promesas por todas las generaciones?

¿Se habrá olvidado Dios de sus bondades,

y en su enojo ya no quiere tenernos compasión?».

Y me pongo a pensar: «Esto es lo que me duele:

que haya cambiado la diestra del Altísimo».

No obstante, tener que soportar a los creyentes de vidas perfectas con su palabrería y su superioridad moral lo ha hecho aún más difícil. Siempre tienen algo para decir: «Si hubieras hecho las cosas así, no te doloría», «No entiendo por qué te duele, ¿acaso Cristo no es suficiente?», «Si de verdad cambiaste, espero que hagas esto y aquello» o «Si de verdad estás arrepentido, vivir como yo es lo que deberías hacer». No hay consuelo, solo son sal en la herida. Por ellos, removerían este salmo de Asaf y casi que los otros 149, además de las Lamentaciones de Jeremías. ¿Qué parte de «me niego a recibir consuelo» no entienden? Eso sí, prefieren ver ciego a Bartimeo, y acusarlo de pecado a él y a sus padres que —¡Dios no lo quiera!— permitir su curación en día de reposo. El dolor ajeno les eleva la autoestima de creerse justos en su propia opinión. Cuando Elifaz, Bildad y Zofar, los amigos de Job, le cayeron encima por todo el dolor que estaba sobrellevando, ya aburrido de sus peroratas, el patriarca les respondió:

Muchas veces he oído cosas como estas;

consoladores molestos sois todos vosotros.

¿Tendrán fin las palabras vacías?

¿O qué te anima a responder?

También yo podría hablar como vosotros

si vuestra alma estuviera en lugar de la mía;

yo podría hilvanar contra vosotros palabras,

y sobre vosotros mover mi cabeza.

Pero yo os alentaría con mis palabras,

y la consolación de mis labios apaciguaría vuestro dolor.

Si hablo, mi dolor no cesa;

y si dejo de hablar, no se aparta de mí.

Por eso, aunque la doctrina de La cabaña no sea la más ortodoxa, últimamente ha llegado a entender su amplia aceptación. A partir de mi experiencia, he podido entender por qué ha a aliviado a personas a quienes los cristianos que las rodean han sido a lo más «consoladores molestos». Young está muy lejos de ser el Eliú (aquel joven que le habló a Job con sensatez, a diferencia de sus tres amigos sabios) tras el cual vino la misma voz de Dios, pero ofrece mucho más que Elifaz, Bildad y Zofar.

Si alguien está padeciendo enfermedad y ha ido a todos los médicos tradicionales sin que ninguno haya podido sanarlo, es al menos cuestionable no intentar métodos alternativos. He conocido bautistas y presbiterianos consumados que en el medio de crisis de salud propias o de familiares, una vez agotados los recursos de la medicina tradicional, corren raudos en busca del milagro hacia los pentecostales o los carismáticos. He conocido también ateos que consultan brujas para que les sanen las dolencias de cuerpo y alma. Porque la verdad es que si estamos muy enfermos, vamos a intentar lo que sea con tal de encontrar una solución. Nadie le pide al médico una declaración de fe antes de consultarlo. La mujer con el flujo de sangre que se acerca a tocar el manto de Jesús es un caso puntual (aquí). A pesar de que había gastado todo su dinero en los médicos de la época, siempre me ha llamado la atención que Jesús no le dijo primero: «Señora, antes de sanarla venga y me dice quiénes fueron los doctores que la vieron a ver si no se ha alejado usted de la ortodoxia». No. Jesús no hace eso. Él simplemente la sana de acuerdo a su fe. El Evangelio según San Marcos repite por todas partes que al Señor lo movía la compasión. Eran los legalistas fariseos quienes se indignaban por que Jesús rompía la ley de Moisés curando en día de reposo. ¡Sanas doctrinas de personas enfermas! ¡No les creo!

No obstante, la sana doctrina es importante, repito. Tanto que Pablo en todas sus cartas pasa la mayor parte del tiempo explicando la teología correcta para luego proceder a las implicaciones prácticas en un pedazo corto al final de ellas. Tales porciones finales sobre del diario vivir tienen sentido por el extenso y meticuloso desarrollo que el Espíritu Santo requirió para explicar el porqué de ellas a través del apóstol. Alguien me citará entonces a Pablo cuando les dice a los Filipenses lo siguiente:

Es cierto que algunos predican a Cristo por envidia y rivalidad, pero otros lo hacen con buenas intenciones. Estos últimos lo hacen por  amor, pues saben que he sido puesto para la defensa del evangelio. Aquellos predican a Cristo por ambición personal y no por motivos puros, creyendo que así van a aumentar las angustias que sufro en mi prisión.

¿Qué importa? Al fin y al cabo, y sea como sea, con motivos falsos o con sinceridad, se predica a Cristo.

Y es cierto. Pero ni siquiera Filipenses rompe el molde de la típica carta de Pablo, en la cual los tres primeros capítulos los usa para explicar doctrina y el capítulo final, en en que pasa a explicar las implicaciones prácticas, lo inicia con un diciente «Por lo tanto». Es decir, la aplicación se deriva por completo de la doctrina enseñada en las primeras tres cuartas partes de la epístola. La conclusión de todo esto es que predicar a Cristo de la forma que sea es mejor que no predicarlo, pero predicarlo de acuerdo a la verdad es muchísimo mejor que predicarlo por (o con) razones cuestionables.

Por ello, desde que leí La cabaña, me he preguntado qué le costaba a Young haber sido más ortodoxo en la doctrina… o más claro en los conceptos. Cuando uno lee los agradecimientos al final del libro, el autor menciona su deuda intelectual con muchos de los más grandes nombres del cristianismo presente y pasado, de modo que no puede alegarse que desconozca de qué estaba hablando. La verdad es que ser más claro y más ortodoxo no hubiera cambiado el objetivo del libro, porque el alivio que el libro brinda proviene de la intimidad de las relaciones entre los miembros de la Trinidad y la de su relación con el hombre. Y esto es claro precisamente por el desdén con que Young trata la doctrina a la hora de enfatizar su punto. A él le importa la relación, no la doctrina.

De modo que todos los aspectos tan sumamente rescatables del libro en términos de relación se habrían podido enfatizar sin comprometer la doctrina. Si alguien lee el libro con calma, se dará cuenta de que su énfasis en la relación es tan fuerte que mantener la doctrina pura realmente hubiera elevado el argumento, no menoscabado el objetivo. Mostrar que el dolor y Dios coexisten en este mundo presente y que Él puede sanar nuestras heridas no necesita encarnar al Padre y al Espíritu (por referir solo uno de varios ejemplos de doctrina cuestionable) y menos poner al Padre a expiar nuestros pecados. El cristianismo habla de la presencia real del Dios trino en determinado lugar sin necesidad de encarnar al Padre y al Espíritu, luego nada habría cambiado de fondo si el Padre y el Espíritu se mantienen reales, no encarnados y cálidamente presentes en aquella cabaña, de manera que Mackenzie pudiera hablar con ellos y obtener sanidad.

Cristo no critica a la mujer con el flujo de sangre por haber gastado todo lo que tenía en médicos sin importar lo que creyeran, es cierto; pero al final es Cristo quien la sana, no los médicos. La cabaña habría podido ser mucho más que un éxito de ventas y una pomada para el dolor del alma; La cabaña habría podido brindar real sanidad.