Cosas demasiado maravillosas

Dice Job después de que Dios lo interpela (Job 42:3):

«¿Quién es este —has preguntado— que sin conocimiento oscurece mi consejo?» Reconozco que he hablado sobre cosas que no alcanzo a comprender, de cosas demasiado maravillosas que me son desconocidas.

Si demasiado encierra una connotación negativa, ¿a qué se refiere Job cuando habla de cosas «demasiado maravillosas»? Puesto de otra forma, si maravillosas es una palabra que encierra un consideración positiva, ¿cómo es que Job contrapone un adverbio negativo a un adjetivo positivo?

El adverbio demasiado aparece en casi todas las traducciones en español de esta cita. Igualmente, en la mayoría de versiones inglesas la traducción es “too wonderful”, con la usual connotación negativa que suele tener la palabra too en el inglés, y la positiva de la palabra wonderful.

Para entender la cita en cuestión es necesario revisar el contexto: Job está respondiendo a la pregunta con la cual Dios comienza cuestionándolo (Job 38:2-3):

«¿Quién es este que oscurece mi consejo con palabras carentes de sentido? Prepárate a hacerme frente; yo voy a interrogarte, y tú me responderás».

Tras esta introducción, Dios pasa los siguientes dos capítulos dando una lección al patriarca sobre algunos ejemplos de su creación. Job termina tan confundido que solo puede repetir las palabras de la pregunta original de Dios; se siente totalmente abrumado por el conocimiento de quién es Dios contra quién es él.

Pienso aquí en el famoso ensayo de Kant sobre lo bello y lo sublime, que encierra para mí la interpretación correcta del pasaje. Aquí la palabra demasiado exalta lo sublime, y maravillosas, lo bello. En Dios las dos cosas al tiempo se satisfacen. Job está obnubilado. La creación es bellísima, pero el poder necesario para llevarla a cabo es sublime, aterrador.

Por supuesto que nada de esto ha cambiado con nuestro actual desarrollo científico. Seguimos sin poder responder a las preguntas del Creador a Job. Primero que todo, explicar las cosas en términos de leyes naturales es a lo sumo una explicación segunda porque ahora tenemos que explicar cómo es que las leyes aparecen en primer lugar. Segundo, suponiendo que conociéramos las leyes naturales que sirven para explicar el funcionamiento mecánico de toda la naturaleza (and what a big if diría el mismísimo Darwin), tal razonamiento no excluye a Dios, pues como constantemente lo repite el matemático John Lennox, apelar a la ley de la combustión interna del funcionamiento de un motor no hace menos necesaria la explicación de Henry Ford para el mismo motor. Finalmente, leyes como la gravedad o la combustión interna explican el funcionamiento del fenómeno natural de interés, no su aparición por primera vez en la existencia.

Hoy conocemos mucho más de lo que Job conocía. Hoy sabemos que la impresionante complejidad de la creación es mucho mayor que la imaginada por los antiguos, razón por la cual el sentimiento de obnubilación del patriarca no solo no debería desaparecer en nosotros, sino que debería incrementarse. Entender la elegancia y precisión al detalle del diseño natural como hoy lo hacemos no ha hecho la creación más sencilla. Más bien, nos ha abierto los ojos a la increíble complejidad especificada presente en ella. A tal grado que cuando se examina de cerca es difícil no caer postrado de rodillas diciendo como Pablo: «¡Oh, profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!».

Hoy más que nunca sabemos que estamos hablando de cosas demasiado maravillosas que no alcanzamos a comprender. La sublimidad de la belleza en la creación es abrumadora.

Pensar en Dios y su poder suele tener este efecto en el creyente, mezcla de dos cosas: una belleza que atrae como hoyo negro en el centro de una galaxia y una sublimidad que repele hasta sentir terror. Cuando el periodista Lee Strobel entrevistó a Stephen Meyer, filósofo de la ciencia de Cambridge, el segundo culminó su explicación de por qué la ciencia no niega a Dios con la siguiente declaración con la cual termino yo también (traducción mía):

Contemplo las estrellas en el cielo nocturno o reflexiono sobre la estructura y las propiedades de transmisión de información en la molécula de ADN, y son para mí ocasiones de adorar al Creador que las hizo. Pienso en la sonrisa pícara en los labios de Dios a medida que en los últimos años ha salido a la luz toda clase de evidencias sobre la confiabilidad de la Biblia y su creación del universo. Creo que Él ha revelado estas cosas en su providencia y se deleita cuando descubrimos sus huellas en el vasto universo, en las reliquias polvorientas de la paleontología y en la complejidad de la célula.

De modo que, para mí, explorar la evidencia científica e histórica de Dios no es solo un ejercicio cognitivo, sino un acto de adoración. Es una forma de dar al Creador el crédito, la honra y la gloria debidas…

Observar la evidencia —tanto en la naturaleza como en las Escrituras— me recuerda vez tras vez quién es Él. Y también me recuerda quién soy yo: alguien en constante necesidad de Él.

Sensatez y sentimientos

Los discursos en contravía del hombre moderno no dejan de llamar la atención. Por un lado, de la revolución copernicana termina extrapolándose el llamado Principio de mediocridad, según el cual no somos importantes pues habitamos un planeta promedio de una estrella promedio en una galaxia promedio de la que ni siquiera conocemos con exactitud su ubicación. Tal es el discurso de Carl Sagan en su libro Un punto azul pálido. Y tal es el discurso de Richard Dawkins cuando afirma que «el universo que observamos tiene exactamente las características que esperaríamos si no hay de base diseño, propósito, bien o mal, sino indiferencia despiadada y ciega».

Dicha perspectiva de la realidad no puede ser definitiva pues en tal caso tendríamos que callar ante los horrores del Holocausto nazi o la Gulag soviética. El principio de mediocridad lleva a una perspectiva falsa del hombre, produciendo un vacío que explica bien el surgimiento de pensadores como Sartre y Camus. El existencialismo ateo no es más que una búsqueda desesperanzada en medio de la pérdida total de significado. Al perseguir la ciencia por la ciencia y la razón por la razón, el hombre moderno terminó perdiendo todo su valor por culpa del mismo conocimiento que había prometido emanciparlo, liberarlo de todas sus cadenas, convirtiéndolo en su esclavo. La contradicción del existencialista ateo es que se anhela trascendente pero no sabe cómo liberarse del peso de sus (malas) conclusiones racionales que lo minimizan a materia y nada más. Si partimos de que la Revolución francesa ejemplifica como pocas cosas los valores de razón, libertad e igualdad del hombre moderno (pobremente, dada la despiadada carnicería que en realidad fue), no deja de ser una paradoja reveladora que fueran dos franceses los que hablaran de cuán atados al sinsentido terminaron por la razón.

Por otro lado, uno de los peores defectos que nos dejó la Modernidad fue hacer creer al hombre que era el centro de la existencia. El hombre no puede ser la medida de todas las cosas porque las medidas han de ser objetivas, y el hombre, sujeto por definición, no puede serlo. Incluso nuestras pretendidas versiones idealizadas de nosotros mismos nos desdibujan; el súper hombre es en realidad una alienación del hombre porque nos plantea convertirnos en algo que no somos. El hombre, a despecho de Nietzsche y gusto de Perogrullo, es hombre, no súper hombre. En el intento de emancipar al ser humano de todos sus yugos, el hombre termina volviéndose esclavo de sí mismo. El ser humano fue creado para servir, no para señorear, de manera que aun cuando busque liberarse de cuanto yugo tenga impuesto, su propia naturaleza lo impulsa a servir y, habiéndose liberado de todo lo demás, termina siendo esclavo de sí mismo; un platonismo aterrador.

No es de extrañar que tanto ideal de emancipación haya tenido su sima en Hume, quien dijera en su Tratado sobre la naturaleza humana que «la razón es, y solamente debe ser, esclava de las pasiones, y nunca puede pretender bajo ninguna circunstancia otra cosa que servirles y obedecerles». De manera semejante, Hobbes afirmó en su Leviatán que «los pensamientos son a los deseos lo que los exploradores y espías a las tierras ignotas, que van de un lado a otro hasta encontrar el camino hacia las cosas deseadas».

Tampoco extraña entonces que nos hayamos vuelto un mundo en el que la sensualidad impera. «Ver para creer», el supuesto fundamento sobre el cual se edifica el positivismo científico, del cual, bajo el mismo argumento anterior, Hume es también predecesor, es una afirmación en la que los sentidos (la visión, ver) determinan lo que va a considerarse realidad. Es innegable que ante una epistemología tan pobre, tan escasa, nuestra propia concepción de la realidad metafísica termina distorsionada y el hombre pasa entonces a considerarse a sí mismo y a los demás tan solo como aglutinaciones de materia en un lugar perdido del universo sujeto a lo que sus genes, pequeñas entidades de la química orgánica, determinen para él. Por supuesto, un análisis cercano de la ciencia mostrará que tal aproximación es completamente mentirosa: los paradigmas, que son la esencia misma de la ciencia, como bien lo explicara Thomas Kuhn en su Estructura de las revoluciones científicas, son indemostrables y son lo que realmente importa; lo que sigue es mera «ciencia normal» que se edifica bajo el fundamento incuestionable e indemostrable del paradigma.

Las matemáticas sobre las cuales ha de basarse toda ciencia que se precie de serlo tratan de abstracciones que no podemos observar, tocar, palpar, oír o saborear. Lo abstracto por definición no tiene efectos causales en la realidad física. La mecánica de Newton se fundamenta al menos en dos principios indemostrables: (1) que existe una ley de la gravedad que determina la forma en que interactúa la materia, superior por ende a la naturaleza misma, cuya única pista de existencia viene dada por la ecuación matemática que la representa y que asumimos cierta porque sus efectos son los descritos; y (2) la ley de la inercia: que los cuerpos en reposo permanecen en reposo y los cuerpos en movimiento permanecen en movimiento sin desacelerar… contra toda intuición termodinámica.

Lo que es realmente curioso, por decir lo menos, es que el mismo principio que predomina en la ciencia predomina también en nuestras relaciones con los demás. En un grotesco efecto dominó, lo sensorial, lo sensual, terminó modificando la definición del amor verdadero y llevándola de regreso a la concepción pagana grecorromana en la que el amor está determinado por los sentidos. A despecho de los romanticones, terminaron siendo lo que el friísimo Hume hizo de ellos.

La reducción a lo sensorial terminó entonces haciendo la ciencia de hoy inservible y las relaciones de hoy superfluas. Para ponerlo en términos de Julio Cortázar, famas y cronopios, seres científicos y seres emocionales respectivamente, tan diferentes en apariencia, son en el fondo la misma cosa: seres incompletos determinados por lo sensual. A cuál de los dos ofenderá más la similitud con el otro es difícil de determinar.

DEL ARTE, LA CIENCIA Y EL COMPROMISO CON LA EXCELENCIA

Es la superficial cultura pop (que tiene de arte lo mismo que la biología de ciencia) la que enseña «escucha a tu corazón» y «hagamos lo que diga el corazón». Si el verdadero arte se originara en el sentimiento, los sentidos, lo sensual, entonces la Novena Sinfonía de Beethoven, que se volvió sordo mucho antes de componerla, no habría podido estar nunca entre las grandes de la historia.

El pastor Darío Silva-Silva suele repetir la frase «Es un pensar que es un sentir que es un decir que es un hacer» para ilustrar cómo han de tomarse las decisiones sabias. Silva-Silva parece estar parafraseando a Octavio Paz en su poema Decir, hacer:

Oír

los pensamientos,

ver

lo que decimos

tocar

el cuerpo

de la idea.

Lo que se oye [sentir] es lo que antes se piensa; y luego se ve [sentir] lo que se dice tocar el cuerpo de la idea [hacer lo que se pensó]. El poeta reconoce aquí que la correcta expresión de su arte necesita pasar primero por el tamiz de su pensamiento. Por eso García Márquez, el segundo escritor más importante de la lengua española, después del inalcanzable Cervantes, dijo lo siguiente:

En mi caso el ser escritor es un mérito descomunal porque soy muy bruto para escribir. He tenido que someterme a una disciplina atroz para terminar media página en ocho horas de trabajo. Peleo a trompadas con cada palabra, y casi siempre es ella la que sale ganando.

Nadie hubiera leído a ‘Gabo’ sin que él se hubiera sentado horas a pelearse con las palabras para llenar su texto de belleza. En sus escritos se nota el esmero consciente de ubicar siempre la palabra correcta en la posición correcta.

Cuatro años y medio pasó Miguel Ángel pintando la bóveda de la Capilla Sixtina, una de las expresiones artísticas más impresionantes del Mundo Occidental y de toda la historia de la humanidad. De esos 4.5 años, casi uno dedicó el artista a la preparación de los bocetos de lo que terminaría plasmando en el techo de la iglesia.

La Pasión según San Mateo de Juan Sebastián Bach, que dura 3 horas (compárese con los tres o cuatro minutos en promedio que dura la típica canción pop), se estrenó en 1727 pero Bach pasó haciéndole revisiones, mejorándola, hasta 1736. Es decir, tardó casi 10 años en completarla. La extrema dedicación consciente de Bach a su trabajo, entendiendo que ofrecía a Dios lo mejor que tenía, motivo por el cual cerraba cada obra religiosa completada con las iniciales S.D.G. (Soli Deo Gloria), no le iban a permitir la chabacana posibilidad de ofrecer lo que no le hubiera exigido dejar todo de sí en cada composición, lo cual lo convirtió en el más grande compositor de la historia.

La burda confusión entre la fascinante dedicación del artista con el caudal de sensaciones que dicha excelencia puede producir en los espectadores demerita al artista y lo despoja de su genialidad. Es la decisión consciente del artista de dedicarse por completo a su obra lo que lo hace grande.

No es esto diferente a lo que requiere también la ciencia, es decir, la verdadera, no el malogrado espectáculo de mediocridad que hoy impera en las universidades del Primer Mundo: Thomas Alba Edison solía decir que la genialidad consiste en 90 por ciento transpiración y 10 por ciento inspiración. Por ello nuestros mejores resultados en las ciencias, o nuestros más sofisticados teoremas y más elegantes demostraciones en la matemática, pueden erizar la piel y llenar los ojos de lágrimas al conocedor ante la grandeza del descubrimiento. Es esta la razón por la cual nos sentimos plenos, brillantes, cuando logramos entender, así sea en parte, las teorías que desarrollaron los grandes genios, porque sentimos que compartimos su grandeza y proyectamos como una luna parte de su luz.

En el fondo no hay tanta diferencia entre la obra de un Bach, un Miguel Ángel y un Leibniz. Las tres son capaces de abrumar el pensamiento y arrollar las emociones. Todas están cargadas de sublimidad. Pero no es algo que ni el uno ni el otro hayan logrado sin la dedicación consciente de entregarse a sus proyectos. Las emociones son para quienes se sientan a entender y degustar sus creaciones. Lo demás son bagatelas: llamar arte al reguetón y científico a Richard Dawkins.

LA REDEFINICIÓN DEL MATRIMONIO

Tal reducción a lo sensual no ha pasado sin menoscabo de la definición misma del matrimonio. Hoy las relaciones comienzan y se acaban determinadas por un cosquilleo en la barriga que bien pudieran quitarse de encima con un simple Omeprazol. Ante tamaño desvío, no es ninguna sorpresa que el matrimonio termine siendo lo que el amor romántico determine, aun si el impulso romántico es homosexual o incluye más de dos personas. Porque sin ningún asomo de duda, la redefinición del matrimonio está dada por el sentir romántico de la pareja: si se siente rico, se pueden casar. Como los sentimientos fluctúan, vienen y van, se prenden y se apagan, con la misma consistencia con que las partículas cuánticas deciden si atraviesan la lámina o se estrellan contra ella; o con la misma consistencia del sentimiento de enamoramiento de Amnón, el hijo del rey David, hacia Tamar, su media hermana, que cambió después del orgasmo; las relaciones, sobre todo las que más importan, terminan fundamentadas en la inestable arena de las emociones.  No es de extrañar entonces que, excepto los filósofos posmodernos, educados a los pies de Walt Disney y Hugh Hefner, nadie sensato haya fundamentado nunca en el pasado la relación matrimonial en las emociones.

Robert P. George, filósofo del derecho de Oxford y profesor de Princeton, junto con sus estudiantes, presenta de esta manera la definición clásica de matrimonio (en artículo aquí y en libro aquí), que llama conyugal o comprehensiva, y que «por mucho tiempo ha informado al derecho, así como la literatura, el arte, la filosofía, la religión y la práctica social, de nuestra civilización». Llama la atención que la definición conyugal del matrimonio esté fundamentada en una concepción cognitivista del derecho natural según la cual, contra Hume, las normas morales y otros principios prácticos básicos son principios racionales cuyos caracteres directivo y prescriptivo son independientes de los deseos o sentimientos de las personas. No así la definición revisionista, basada completamente en una perspectiva positivista del derecho, en Hume, en las emociones:

Definición conyugal del matrimonio: La unión de hombre y mujer en cuerpo y mente, que comienza con el mutuo consentimiento y se sella por el coito. Al completarse por los actos de unión corporal por medio de los cuales se crea nueva vida, esta unión es especialmente apta para la reproducción e intensificada por ella, y requiere compartir en sentido amplio la vida doméstica apropiada de manera única para la vida en familia. La unión de los esposos en todos estos sentidos también requiere objetivamente un compromiso total que es permanente y exclusivo.

Definición revisionista del matrimonio: La unión de dos personas que se comprometen a la unión romántica y la vida doméstica: una unión esencialmente emocional, promovida únicamente por la actividad sexual de cualquier tipo en que estén de acuerdo quienes la conforman. Tal compromiso de unión romántica se considera valioso en tanto dure la emoción.

Kant criticó duramente en sus Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime la idea de sustentar el matrimonio en las emociones, en lugar de los principios:

El alegre y afectuoso Alcestes dice: «Amo y estimo a mi mujer porque es bella, cariñosa y discreta». ¡Cómo! ¿Y si, desfigurada por la enfermedad, agriada por la vejez y pasado el encanto, dejase de parecerte más discreta que cualquier otra? Cuando el fundamento ha desaparecido, ¿qué puede resultar de la inclinación? Tomad, en cambio, el benévolo y sesudo Adrasto, que pensaba para sí: «Tengo que tratar a esta persona con respeto porque es mi mujer». Tal manera de pensar es noble y magnánima. Ya pueden los encantos fortuitos alterarse; siempre continúa siendo su mujer. El noble motivo permanece y no está tan sujeto a la inconstancia de las cosas exteriores. De tal calidad son los principios, en comparación con impulsos originados solo de ocasiones particulares, y así es el hombre de principios, al lado de aquel al cual sobreviene una inspiración buena y afectuosa.

Adoptar la concepción de Alcestes para definir el matrimonio es lo que ha promovido también tantos divorcios no-fault, en los que las irreconciliables razones para permanecer son, por ejemplo, no hinchar por el mismo equipo de fútbol o que la pareja dejó de parecer físicamente atractiva. La definición revisionista no requiere ni siquiera limitarse a dos personas, menos de sexos opuestos. Como lo han promovido sus defensores últimamente, cualquier relación puede volverse un matrimonio si las emociones convergen. Y si cualquier relación puede ser un matrimonio, ninguna lo es, pues las definiciones por su misma naturaleza están dadas por lo que excluyen.

No puedo evitar pensar en la famosa paradoja de Russell, donde tocó limitar lo que íbamos a llamar «conjunto» en matemáticas, introduciendo un esquema axiomático de especificación para evitar contradicciones.

EL CRISTIANISMO Y EL PLACER

Søren Kierkegaard, hablando de la pasión entre Abraham y Sara, dice en Temor y temblor lo siguiente:

El sentido profundo del prodigio de la fe lo encontramos en el hecho de que Abraham y Sara pudiesen sentirse tan jóvenes como para poder desear, y que la fe les hubiese conservado en su deseo y, en consecuencia, en su juventud [énfasis mío].

La fe es una decisión, por supuesto; la decisión de creer (y no hablo aquí de la llamada «fe de carbonero», eso es credulidad y es otra cosa). La fe, si es tal, ha de ejercerse acá en el mundo de los vivos. Fe es actuar en este mundo de acuerdo a la confianza que tenemos en el objeto de nuestra confianza. Contra toda esperanza terrena, si es el caso, como ocurrió con Abraham. Fe es saberse viviendo en el sistema de los números naturales entendiendo que existe la recta real. Por eso la fe no le tiene miedo a las restas (para obtener enteros), las divisiones (para obtener racionales) y a Pitágoras (para obtener irracionales). Esos son temores para quienes solo existen la seguridad de la suma y la multiplicación, que siguen siendo siempre naturales; temores de los seguidores de Hume: los que se juran científicos y los que se juran emocionales pero indistinguibles al fin y al cabo entre ellos mismos.

La belleza de Abraham y Sara es que al siglo mantenían viva la llama (¿cómo más hicieron a Isaac?) porque tomaron una decisión: la decisión de creer. La pasión y el romanticismo dependían de su decisión de creer. No al revés. Por eso no puede decirse que el cristianismo anula la pasión y el romanticismo, como si fuera estoicismo. No. El cristianismo les da rienda suelta para que puedan disfrutarse como en ningún otro sistema de pensamiento o creencia. La tranquilidad moral y racional de saberse haciendo lo correcto proporciona una libertad para la expresión del deseo que no puede compararse a la cohibición experimentada cuando transgredimos lo que conocemos cierto. Porque somos seres morales. Y porque, recuerde, fuimos hechos para servir. De modo que servir al dios de nuestros deseos limita el placer a nuestra nauseabunda finitud existencial; pero servir al Dios que es por definición infinito en sus buenas cualidades, nos proporciona infinito espacio para disfrutar. «En su presencia hay plenitud de gozo, delicias a su diestra para siempre».

«Si el hombre no hubiera caído, el placer sexual, en vez de ser menor de lo que es ahora, sería en realidad mayor» dice C. S. Lewis en Mero cristianismo. En sus Cartas del diablo a su sobrino llega al punto de aseverar, en la voz del diablo, que Dios es hedonista de corazón; y afirma también que incluso en el pecado al que él nos induce la única parte buena —y que Satanás removería si en su ausencia aún pudiera convencernos de pecar— es el sentimiento de placer. Porque en el pecado lo único que hay bueno es el sentimiento de placer. Y si el sentimiento de placer es bueno, entonces viene de Dios, de acuerdo con Santiago. Por eso Satanás tiene que tergiversar las cosas que acompañan el placer antes de poder usarlo contra nosotros. El pecado no es el placer, contrario al también satánico engaño; el pecado es la rebeldía del hombre que, decide obrar en contra de lo que sabe correcto para satisfacer sus poco confiables emociones.

En realidad, el peor momento de Abraham y Sara fue cuando pusieron las emociones por encima de su decisión de creer, para que Abraham tuviera un hijo con su criada. Las consecuencias de su mutuo acuerdo en aquella ocasión han sido tan nefastas que han marcado el fratricidio más grande de la historia y que completa ya cuatro milenios. El problema no son las emociones, sino hacerlas el principio rector de nuestro actuar.

EL MATRIMONIO EN EL CRISTIANISMO

El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad, sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor jamás se extingue.

Aunque esta definición de amor del apóstol Pablo es uno de los pasajes más famosos de la Escritura, pocas personas se dan cuenta de que no hay nada de emocional en ella; la definición de amor en el cristianismo no depende nunca, ni siquiera en el matrimonio, de una reacción visceral, un cosquilleo, un sentimiento romanticón o el deseo sexual. Muy al contrario, la Biblia, en sus dos Testamentos, advierte sobre los peligros que tal situación implicaría. El primer mandamiento, en el cual se nos ordena amar a Dios sobre todas las cosas, especifica que es con todo el corazón (entendido como el eje de la vida misma), con toda la mente, con toda el alma y con todas las fuerzas. Pero no con todas las emociones porque desde tiempos inmemoriales se sabía que estas variaban y no eran confiables. Por eso, sin excepción, los grandes pensadores antiguos y contemporáneos del cristianismo han enfatizado la importancia de fundamentar el amor en la decisión y no en las emociones.

G. K. Chesterton hablaba sobre cuán reveladores resultaban los deseos de los enamorados a hacerse promesas que, por su propia naturaleza, van más allá de los sentimientos. Y tenía razón: en un sentido las promesas les traicionan la calentura del enamoramiento. La necesidad de hacerse promesas revela la fatuidad del sentimiento. El sentimiento no es confiable y por ello debe recurrir a algo que vaya más allá.

Ravi Zacharias, de ascendencia india, en uno de sus mensajes más populares cuenta que su hermano decidió en algún momento casarse con una mujer de la India cuando la familia Zacharias ya vivía en Toronto, Canadá. Le presentaron por carta y fotos ciertos prospectos y así decidió cuál era la mujer que escogía (también con el consentimiento de ella) sin haberla visto jamás en persona. Cuando Ravi, atónito, le preguntó cómo iba a hacer semejante locura, el hermano le contestó: «Nunca lo olvides: el amor es más cuestión de voluntad que una emoción, y si te propones amar a alguien, puedes hacerlo». Hoy son un matrimonio cristocéntrico de más de 40 años. Más adelante añade Zacharias: «El amor es más fuerte que el aleteo del corazón».

Uno de los peores engaños creídos por los cristianos, se colige, es dar por hecho que el sentimiento romántico debe existir para poder iniciar un matrimonio. Y a la larga, esperar que aparezca primero el sentimiento antes de determinar la relación no es otra cosa que fundamentar la relación en los sentimientos. ¡Cuánta infelicidad de cristianos adultos solteros, solos, esperando a la doncella o el Príncipe encantado, nos habríamos evitado (y sí, el pronombre corresponde a la primera persona del plural) de haber comprendido que no era necesario el sentimiento romántico! Por eso el diablo de C. S. Lewis dice lo siguiente en sus Cartas:

A partir de la declaración verdadera según la cual la relación trascendente [generada por la intimidad sexual] tenía la intención de producir familia —y dado que se entre en ella en obediencia, con mucha frecuencia también producirá el afecto—, los humanos pueden ser llevados a inferir que la mezcla de afecto, miedo y deseo que llaman «estar enamorado» es la única cosa que hace al matrimonio feliz o santo. El error es fácil de producir porque en Europa Occidental «estar enamorado» precede con mucha frecuencia a matrimonios hechos en obediencia a los designios del Enemigo; esto es, aquellos con que se proponen fidelidad, fertilidad y buena voluntad; tal como la emoción religiosa, también con mucha frecuencia, pero no siempre, precede la conversión. En otras palabras, hemos de alentar a los humanos a considerar que la base del matrimonio es una versión ampliamente maquillada y distorsionada de algo que en realidad el Enemigo promete como resultado [segundo énfasis mío].

Desde los tiempos de Lewis para acá, el mal se ha generalizado a toda la sociedad Occidental, no solo Europa. Nótese que entrar en la relación en obediencia producirá el afecto. El inglés estaba tan interesado en resaltar la idea que el primer énfasis en el texto es suyo. Lewis ni siquiera afirma que el sentimiento fuera necesario al principio de la relación, sino que iba a surgir de la decisión y las acciones correctas. En uno de los ejemplos más famosos de literatura contemporánea, me es imposible no mencionar a Daenerys Targaryen, el personaje de la famosa y descarnada saga Game of Thrones. Daenerys, una delicada princesa, es forzada a un matrimonio por conveniencia con el salvaje Khal Drogo (Y antes de avanzar se me hace necesario afirmar que no puede haber matrimonio si no hay «mutuo consentimiento», como lo establece la definición conyugal dada anteriormente. ¡Es ese precisamente el eje! Debe haber una decisión de los dos lados. De modo que en principio el matrimonio de Daenerys y Khal Drogo no lo era). Sin embargo, la princesa lejos de resignarse al sino que le tocaba en suerte, decide aprender a ser la esposa que Drogo necesitaba. Cambia toda su mentalidad para adaptarse a la nueva situación Es allí, con la decisión de Daenerys, cuando puede decirse que el matrimonio comienza de verdad… … Quizás ha de ser esa la única perla de verdadera sabiduría en toda la saga.

Volviendo a la cita de Lewis, el inglés considera que poner la relación a depender del impulso emocional primario es un engaño diabólico, puesto que quien habla es el diablo mismo. ¡Es increíble el engaño satánico con respecto a las emociones y las relaciones, y el daño que ha hecho! Satanás reconoce una verdad obvia: la forma más eficiente de propagar el cristianismo es a través del matrimonio cristiano. Los hijos han de ser los discípulos de [las creencias de] los padres. Por lo tanto, una de las formas más efectivas de evitar la propagación del cristianismo no es solo destruir los matrimonios, sino evitar que los creyentes se casen. ¿Cómo hacerlo en la cultura de hoy? ¡Haciendo que la relación matrimonial dependa del sentimiento! En efecto, partiendo de lo ya citado, continua así el texto:

Se siguen dos ventajas. En primer lugar, podemos disuadir a los humanos que no tienen el don de continencia de buscar el matrimonio como solución, pues no consideran que estén «enamorados», y gracias a nosotros, la idea de casarse por otro motivo les parece baja y cínica. Sí, piensan así. Consideran que la intención de lealtad a la relación para ayuda mutua, para la preservación de la castidad y para la preservación de la vida, es algo más bajo que el torrente de emociones… En segundo lugar, los deseos sexuales de cualquier tipo se considerarán «amor» en tanto que con ellos se pretenda el matrimonio, y el «amor» servirá para excusar a un hombre de toda la culpa y protegerlo de todas las consecuencias de casarse con una mujer pagana, necia o de vida disoluta.

Es decir, un engaño con el que se garantizan el éxito de los falsos positivos (los que se casan mal creyendo que hacen bien) y los falsos negativos (los que no se casan creyendo que harían mal).

En conclusión, no podemos dejar a las emociones azarosas la virtud más noble que tenemos los seres humanos, que es la capacidad de amar, y la relación más importante en la sociedad, que es el matrimonio. No es el sentimiento romántico el determinante del origen y edificación del verdadero matrimonio cristiano. Es la decisión romántica. No es por tanto tampoco la anulación del romanticismo. Es que en aras de hacer el romanticismo perenne, ha de fundamentarse y edificarse sobre la roca estable de la decisión, no sobre la arena movediza de las emociones.

Pablo, Kierkegaard y yo

Toda mi vida soñé con poder decir junto a Pablo: «Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo». Las palabras del apóstol parecían tan fuera de mi alcance que había perdido toda esperanza de alcanzarlas algún día. Las profundidades de los abismos en los que me sumergió mi propio pecado hacían casi imposible creer que alguna vez pudiera pronunciarlas.

Hoy puedo. Hoy puedo pararme sin orgullo pero con certeza a decir que por primera vez en mi vida estoy imitando a Cristo y por eso vale la pena que otros me imiten. Hoy. Y se siente bien. Porque soy libre. Llevaba años deseando que pudiera modelar a Cristo con mi comportamiento. Nada me importa más que parecerme a Él.

¡Cuán largo fue este proceso! Cuántos años para restaurar un corazón tan quebrantado que más parecía incinerado, pues las piezas que lo componían no se asemejaban tanto a un jarrón que cayó al piso, sino a un corazón de carne que pasó por un proceso de cremación. Quizás así lo necesitaba. Romper ese increíble corazón de piedra y convertirlo en un corazón de carne. No sorprende que entre más duro sea el material del que tenemos recubierto el corazón, más fuertes deban ser los golpes que lo descubran.

El corazón de carne nos habilita para sentir como Dios quiere que sintamos. Las corazas de protección que le ponemos encima, sea por circunstancias que escogimos o por las que la vida nos impuso, hacen las caricias de Dios y los abrazos de los hombres tan impersonales como los besos de red social. Una doncella besando las mejillas… del yelmo del guerrero.

¿Es orgullo decir que puedo repetir con Pablo sus palabras? No. No tajante. C. S. Lewis (¡Y cuán importante ha sido Lewis en mi sanidad!) solía decir que humildad no era pensar menos de uno, sino menos en uno. Me encanta tener claro lo que tengo, porque es una ofrenda a Cristo, el único dador de vida a este corazón que estaba muerto. Todo lo que soy se lo ofrecí a Él. Todo lo que soy es por Él y para Él. Se trata solo de Él. Se trata solo de Cristo.

¿Quiere esto decir que soy perfecto? ¡No! No lo soy. El apóstol Juan afirma que si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos. También como Pablo puedo repetir: «No pretendo yo mismo haberlo alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús».

¡Cuántas cosas quedaron atrás! Cuántos corazones dañé buscando ansiosamente solucionar con band-aids los males de un corazón que necesitaba cirugía. Cuántas veces dañé con mis palabras y mis acciones, usándolas para un servicio que solo pudiera catalogarse de demoniaco: robar, matar y destruir. Robar inocencias, matar sueños, destruir autoestimas y hasta acabar con matrimonios… incluso mi propia inocencia, mis propios sueños, mi propia autoestima y mis propios planes de matrimonio. El inventario de mi pasado solo admite una descripción: estiércol. De nada me vale el abolengo (que lo tengo), de nada me valen los títulos (que los tengo). Todo lo tengo por basura por amor a Cristo. Solo me preocupa la excelencia de conocerlo a Él. Como dijo Einstein de Dios digo yo de Cristo: «No me interesa este o aquel fenómeno en el espectro de este o aquel elemento. Quiero saber sus pensamientos; el resto son detalles».

Pero donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. Y Dios no se rindió. Dios siguió. Las noches de lágrimas provocadas por mis propios errores, las noches de miedo, las noches de impureza, desaparecieron. ¡Y soy libre! Ahora solo quiero proclamar a Cristo. Ahora me esfuerzo, me esmero con todo lo que me da la vida, para que mis palabras y mis acciones sean regalos de Dios para los hombres, no hurtos; que sean vida, no muerte; que sean de edificación, no de destrucción.

De un tiempo para acá no ha dejado de impresionarme cómo Dios empezó a usar a Pablo desde antes de su conversión. En Hechos 1:8, Jesús, antes de subir al cielo, promete a sus discípulos que le serían testigos en Jerusalén, Judea, Samaria y hasta lo último de la tierra. Bien es conocido que Pablo fue el «instrumento escogido» para llevar el evangelio hasta lo último de la tierra. Lo que no es tan obvio es que en Hechos 8 se narra que, debido a la persecución de los judíos a la iglesia, el evangelio salió por primera vez de Jerusalén a toda Judea y Samaria, cumpliendo así la primera parte de la profecía de Jesús. Y el persecutor era Pablo. ¡Dios estaba usando a Pablo desde antes de ser cristiano, en los peores momentos del rabino, momentos del Pablo asesino, para revelar su gloria!

No pretendo parecerme a Pablo en el alcance de mis obras (¡aunque cuánto lo sueño!) pero puedo ver una tendencia semejante en mi vida. Dios no solo me estaba sanando, sino que me estaba preparando. ¡Incluso me usó en medio de mi quebrantamiento para acercar a muchas personas a Él! Mi pastor, Orville Swindoll, dice que estamos diseñados para revelar su gloria y cuán cierto es eso en mí. Si en medio de mi oscuro pecado la gracia de Dios se pudo hacer manifiesta a otros, ¡qué grande es el resplandor de su gloria para que ni siquiera el hoyo negro de mi inmundicia pudiera apagar su luz! ¿Cuánto más podré serle útil a su causa ahora que estoy sano para Él? Su respaldo ha sido tan grande últimamente a mi ministerio de apologética que me abruma pensar en el alcance de su poder a través de mi vida. Soy hechura de Dios, creado en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que yo anduviera en ellas. ¡Heme aquí, Señor!

¿Significa esto que el dolor se acaba en la vida? No. De hecho, desde que se hizo patente este pensamiento de por fin haber alcanzado a Pablo en sus palabras he estado bajo intenso dolor físico y del alma. En el mundo tendremos aflicciones. Me siento el saco de entrenamiento de boxeo del diablo. No hay área de la vida en la que no haya sido vapuleado, sobre todo en la última semana. Pero por primera vez también puedo vivir lo que decía Pedro: es mejor sufrir por hacer el bien que por hacer lo malo. Aunque el sufrimiento sea inevitable, lo que sí podemos evitar es el doble dolor de saber que nos lo provocamos a nosotros mismos. Y es esto tan liberador que si no sonara a masoquismo, diría que me genera alegría. Tal vez es a lo que se refería Santiago, el hermano del Señor, cuando dijo: «Tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales sin que os falte cosa alguna».

Dice Kierkegaard que la verdadera fe, como la de Abraham camino al monte de Moriah con Isaac, solo es tal después de que, como el patriarca, se ha vivido una «resignación infinita». Y es fe en que acá, en esta Tierra, en este mundo finito, Dios bendecirá. Por ese inexplicable salto de la infinitud de la resignación a la certeza de que en esta vida finita hemos de ver la bondad de Dios, esa certeza que sobrepasa el límite de la razón (sin que la contradiga. ¡Dios bendiga a Gödel!), Kierkegaard llama a la fe «la paradoja de la existencia».  Cualquiera que me hubiese conocido sabría del estado de resignación infinita en el que yo vivía. Pero esa no es la fe, dice el filósofo. No hay fe en la resignación infinita, solo aceptación de las circunstancias. La fe es el salto cuántico de dicho estado a creer que «Dios tiene poder hasta para resucitar a los muertos».

Pues yo hoy creo. Creo porque, aunque el poder de Dios me trasciende, aunque mi finito mundo sea tan reducido como un subconjunto de los números naturales, sé que hay un espacio completo más grande, el real (¡Dios bendiga a Cantor y a Dedekind!), sin agujeros. Sé que Dios es fiel. Sé que Dios proveerá. Sé que he de ver la bondad de Dios en esta tierra de los vivientes; sé que, de todas las buenas promesas de Dios, ninguna dejará de cumplirse; y sé que en el cielo heredaré la vida eterna.

Mi anhelo es vivir para Él. Servirle. Mi anhelo es poder acercar a tantos como pueda a la plenitud que hoy vivo en Él. Que mi Señor me dé fuerzas para cumplir con mi llamado y que, llegado el día en que me lleve a su presencia, pueda oírle decir por fin las palabras que ha sido mi anhelo oír de Él toda la vida: «Bien, buen siervo y fiel».

Y descansar por fin en su regazo.

A Él sea la gloria por los siglos de los siglos.

Sobre las traducciones modernas de la Biblia

INTRODUCCIÓN

Apareció un anónimo que se volvió viral en redes sociales criticando duramente y con toda ignorancia las traducciones modernas de la Biblia, argumentando que son satánicas porque omitieron versículos que aparecían en la Reina-Valera. Omar Daldi, presidente de la editorial cristiana Peniel respondió de manera muy clara y cita el mensaje, pero yo también quiero añadir una respuesta desde otro ángulo.

Así que empecemos por el principio: La Biblia está escrita en 3 idiomas: hebreo, arameo y griego. Casi todo el Antiguo Testamento (AT) está en hebreo, con la excepción de ciertas partes en los libros de Esdras y Daniel que están escritos en arameo. Es mayoritariamente aceptado entre los entendidos que el Nuevo Testamento (NT) se escribió originalmente en griego.

De los manuscritos originales, que suelen llamarse autógrafos, no poseemos ninguno; seguramente se perdieron; si no se perdieron, no los hemos encontrado. Como sucede con todos los escritos de la Antigüedad ocurre también con la Biblia: los eruditos tienen que intentar reconstruir el texto original a partir de los textos posteriores que tienen a disposición. Solo poseemos copias de copias de copias de los autógrafos. La gran diferencia entre la Biblia y otros textos de la Antigüedad es que de la Biblia poseemos múltiples referencias y muy tempranas. Por ejemplo, en 1947 se descubrieron los rollos del Mar Muerto, que contienen manuscritos del AT datados hasta del s. II a.C. Por otro lado, del Nuevo Testamento, hoy poseemos una cantidad casi exagerada de textos que son copias cercanas a los originales. Volveremos sobre este punto más adelante.

REVELACIÓN E INSPIRACIÓN

Empecemos por la revelación. No busco referirme aquí los tipos de revelación (especial o general), sino a la definición como tal. Puede entenderse la revelación bíblica en dos sentidos: Primero, el literal: revelar es quitar el velo de algo que antes estaba oculto. Así se entienden partes de la revelación bíblica como Apocalipsis y las profecías veterotestamentarias. De hecho, la palabra griega apocalipsis significa exactamente eso: revelación. El libro del Apocalipsis es la revelación de los tiempos finales que obviamente nos estaban ocultos y no podríamos haber conocido si Dios no se los hubiera mostrado al apóstol Juan. Tal aspecto de la revelación es real pero no abarca la totalidad de la Escritura. Para ver esto considérese por ejemplo 2 Timoteo 4:9, donde Pablo, encarcelado en Roma, dice a Timoteo: «Haz todo lo posible por venir a verme cuanto antes». No hay aquí una enseñanza tipo Apocalipsis y sin embargo los cristianos también aceptamos que este pasaje es parte de la revelación de Dios. ¿Por qué?

Porque así como en el ejemplo citado de 2 Timoteo, las cartas de Pablo —y muchas otras porciones de la Biblia— están llenas de mensajes que no pueden catalogarse como quitar el velo a una enseñanza oculta, mas no quiere esto decir que en tales porciones no esté buscando Dios comunicarnos un mensaje. De modo que cuando nos referimos a la revelación queremos decir sobre todo comunicación de Dios.

Ahora pasemos a la inspiración. Cuando decimos que la Biblia es inspirada, queremos decir literalmente que es respirada por Dios. La inspiración tiene varias características pero me centraré solo en dos. Primero, es plenaria: Pablo le dijo a Timoteo que toda la Escritura es inspirada por Dios (2 Ti. 3:16); es decir, la inspiración abarca la totalidad de la Escritura. Segundo, es verbal: cada palabra del texto bíblico es inspirada por Dios. Para ver esto, considérese por ejemplo el argumento de Pablo en Gálatas 3:16:

Ahora bien, las promesas se le hicieron a Abraham y a su descendencia. La Escritura no dice «y a los descendientes», como refiriéndose a muchos, sino: «y a tu descendencia», dando a entender uno solo, que es Cristo.

Nótese que aquí el punto de Pablo no solo pende completamente de una palabra sino de una letra: la diferencia la hace que una palabra aparece en singular, no en plural. La razón por la cual hago referencia a estos dos puntos —la inspiración plenaria y verbal— es porque implican que todas y cada una de las palabras de la Biblia están inspiradas por Dios. Sin embargo, no quiere esto decir que el cristianismo acepte, como lo hacen los musulmanes con el Corán, una teoría de dictado: que Dios haya pasado por encima de las facultades de los autores humanos para hacerlos escribir lo que Él quería; aunque explicar este punto me haría desviarme y no es tal el interés de este escrito, la aclaración es importante.

La fuertísima implicación de la inspiración verbal y plenaria es que aunque toda traducción contenga la revelación, ¡ninguna traducción es inspirada por Dios! En particular, ninguna versión en ningún idioma traducido es inspirada por Dios. Más particularmente, en español tampoco lo es ninguna versión: ni la Reina-Valera ni la Nueva Versión Internacional ni la Biblia de las Américas ni la Nueva Traducción Viviente ni la Dios Habla Hoy… ¡ninguna!

DEL TEXTUS RECEPTUS

Erasmo de Rotterdam fue un reconocido teólogo católico y filósofo holandés, experto en latín y griego. Comenzó su proyecto bíblico con una traducción al latín. Su ambiciosa idea era producir una versión mejor que la famosísima Vulgata Latina, traducida por San Jerónimo en el s. IV d.C. Llegó a decir que «era apenas justo que la carta de Pablo a los romanos estuviera en mejor latín». No porque Pablo hubiese escrito Romanos en latín — pues todo el NT se escribió en griego—, sino porque siendo la lengua más importante del Medioevo y principios de la Modernidad, era apenas natural que Erasmo quisiera honrar a Pablo con una bella traducción de su carta a la iglesia de Roma, la tierra del latín. La versión griega de Erasmo parece haber sido un arranque de vanidad para poder contrastar su latín con el de la Vulgata. En una de esas grandes curiosidades de la historia, a pesar de su esmerado trabajo en la traducción latina y de su apresurada versión griega, la segunda fue la que se convirtió en un arrasador éxito de librería (pocos, de hecho, saben que él hizo una traducción latina) pues nunca antes se había imprimido un NT en griego. Es este NT griego el que hoy conocemos como Textus Receptus… que en otra curiosidad, tiene nombre latino.

El TR a su vez estuvo basado en otros manuscritos (de nombres más bien esotéricos como 1, 1rK, 2e, 2ap, 4ap, 7 y 817) entre los cuales el más antiguo data del s. XI d.C. Es decir, las referencias que Erasmo usó fueron referencias tardías. Esto no es en sí mismo un error de Erasmo, pues en aquella época había pocos manuscritos antiguos y eran de difícil acceso: a pesar de su amplio conocimiento del griego neotestamentario, en Basilea, donde llevó a cabo su proyecto, contó principalmente solo con 6 de estos.

Como ya se dijo, Erasmo produjo el TR de afán, y por ello la primera edición estuvo plagada de errores tipográficos; la segunda edición (1519) corrigió muchos de estos errores, aunque muchos quedaron; y en la tercera (1522), aunque todavía quedaban errores, cometió la barbaridad de añadir la llamada coma juanina en el texto a pesar de que sabía que no pertenecía a los originales (más adelante volveremos a este asunto). De todas maneras, el TR se convirtió en la base de traducción de los NT en los movimientos reformados de diferentes lenguas durante casi toda la Modernidad. Hasta el mismísimo Martín Lutero lo usó para traducir la Biblia al alemán. La versión King James, que podría considerarse la versión análoga a la Reina-Valera en el idioma anglosajón; la versión de Tyndale, también en inglés; la Biblia rusa Sinodal; la traducción de Diodati al italiano y la Statenvertaling al holandés son algunos ejemplos, entre muchos más, de la versiones que se basaron en el TR.

DE LA REINA-VALERA

¿Por qué es importante hablar del TR? Porque el TR es la base griega sobre la cual se fundamenta también la traducción al español del NT en la Reina-Valera (RVR). La versión RVR recibe dicho nombre porque fue traducida por Casiodoro de Reina en el año 1569, y posteriormente revisada y publicada por Cipriano de Valera en 1602.

Ha llegado a ser de alta estima en el pueblo evangélico hispano pues fue casi la única traducción con la que, marginados por el catolicismo, los evangélicos contamos durante siglos. La única que hasta hace muy pocos años podríamos llamar propia. Una de las características más notorias de la RVR es la belleza majestuosa de su español, ejemplo sobresaliente del llamado Siglo de Oro de la literatura española, al punto que Marcelino Menéndez Pelayo, filólogo y erudito español del s. XIX, exaltó su calidad literaria y la consideró superior a varias versiones católicas.

CRÍTICA TEXTUAL

Con la llegada de la Modernidad y la Ilustración, surgieron nuevas ciencias o se dio formalidad a ciertas ramas del conocimiento ya existentes. Una de ellas fue la crítica textual. La tarea de la crítica textual es reconstruir los manuscritos antiguos de forma tal que los que hoy tenemos se asemejen cada vez más a los autógrafos. Como solo contamos con copias de copias de copias… de los manuscritos originales bíblicos, la crítica textual es una tarea importantísima: nos permite conocer con mayor exactitud el contenido de los textos originales. El problema es que dichas copias suelen tener errores —a veces inocentes y a veces no tanto— que oscurecen la labor.

Es importante mencionar aquí que la mayoría de obras de la Antigüedad plantean dificilísimas labores a los críticos textuales. Por ejemplo, los eruditos están fuertemente divididos hoy en cuanto a la existencia de Homero, el supuesto autor de las famosas Iliada y Odisea: una escuela grande, quizás mayoritaria, cree que tales historias son la recopilación y mejoría de escritos durante varios siglos posteriores que decantaron en las bellísimas obras que hoy conocemos. Otro ejemplo que vale la pena mencionar es el de Alejandro Magno (s. IV a.C.), de quien hoy solo tenemos noticia por biografías entre tres y ocho siglos posteriores a su muerte (la más antigua siendo de Diodoro Sículo en el s. I a.C., y la más confiable la de Arriano en el s. II d.C.) que citan a los biógrafos originales y contemporáneos de Alejandro como su general Ptolomeo, pero tales fuentes primeras están perdidas.

Por circunstancias que solo pueden atribuirse a la Providencia, con la Biblia, en particular el Nuevo Testamento, la situación es diferentísima: aunque los autógrafos están perdidos, en la actualidad poseemos más de 5800 manuscritos griegos, 10 000 manuscritos latinos y 9300 manuscritos de otras lenguas antiguas que son copias completas o fragmentarias de los originales, algunos tan cercanos a los autógrafos como el papiro en griego P52, datado del 125 d.C., y que contiene un fragmento del Evangelio de Juan. Sorprendente si se tiene en cuenta que los académicos datan el cuarto Evangelio entre 80-90 d.C. ¡El papiro dista entre 35-45 años del original! La cantidad y calidad de textos que hoy poseemos solo puede calificarse de desbordante y abrumadora. Aunque todavía hay preguntas abiertas en cuanto al contenido de ciertos pasajes, tales preguntas tienen que ver más con el orden de las palabras o la interpretación que les dio el traductor o escriba antiguo y no comprometen ninguna doctrina fundamental del cristianismo.

Con base en los mejores y más antiguos manuscritos a disposición hoy, se ha compilado un gran texto que algunos llaman Textus Criticus (texto crítico, TC). El TC sirve de base para todas las traducciones modernas de la Escritura en todos los idiomas. En particular, en español es la base para versiones como la Nueva Versión Internacional (NVI), la Nueva Traducción Viviente (NTV), la Biblia de las Américas (BLA), la Biblia La Palabra Hispanoamericana (BLPH) y la Biblia Textual (BTX), entre otras.

COMPARACIÓN DE LAS TRADUCCIONES MODERNAS Y ANTIGUAS

Con todo el conocimiento que hoy tenemos, sería una necedad rayana en el absurdo no considerar los mejores manuscritos para hacer nuevas traducciones. El problema de las traducciones más antiguas es que los copistas de antaño a veces cometían errores tipográficos; otras veces añadían sus propias opiniones o comentarios al texto. Al tener tan poco material a disposición, los amanuenses o traductores de futuras versiones simplemente perpetuaban los errores de aquellos copistas. Hoy, gracias a Dios, sabemos mejor. Tenemos una crítica textual boyante y los hallazgos arqueológicos y filológicos nos permiten acercarnos con altísima precisión al contenido de los autógrafos. En general esto explica por qué las versiones modernas no contienen ciertos versículos que las antiguas versiones como la RVR sí tenían. ¡Tales versículos no figuran en los textos más antiguos y confiables, sino que fueron añadidos por algún traductor, copista o comentarista en algún momento posterior de la historia! Estos versículos no figuraban en los autógrafos… autógrafos que eran la Palabra inspirada de Dios.

Las fallas que tienen todas estas versiones basadas en el TR no se pueden atribuir a los traductores modernos (Lutero, Tyndale, Reina, Valera, etc). Los traductores hicieron lo mejor que pudieron con la versión griega que tenían disponible en su momento (el TR) y grande corona les espera en el cielo por su labor. No obstante, como ya se explicó, el texto base de Erasmo sí tenía fallas, incluso para el estándar de la época. Para ilustrar esto, vale la pena hacer algunas comparaciones entre el Textus Receptus (TR) y el Textus Criticus (TC):

  • El TR fue escrito con base en 6 manuscritos; el TC por su parte está hecho con base en más de 5800 manuscritos griegos (sin contar los latinos y de otras lenguas que suman alrededor de 20 000).
  • El manuscrito más antiguo que usó Erasmo databa de 1200-1300 d.C.; por contraste, el TC usa manuscritos tan antiguos como el 125 d.C.
  • El TR tiene múltiples adiciones que no existen en el TC porque no figuran en los manuscritos más antiguos y más confiables. Para un recuento véase este enlace (en inglés).
  • Increíblemente, el TR omite palabras o frases que son importantes y que aparecen en el TC (por ejemplo, Mt. 24:36; 1 Co. 9:20; 1 Jn. 3:1).

Mención aparte merece la adición de la llamada coma juanina en el TR y que, sin ninguna mala intención, también copiaron Reina y Valera. La coma juanina es un comentario parentético en 1 Juan 5:7-8, una adición posterior de algún copista que quería reforzar la Trinidad. Para entenderlo más claramente, veamos el texto en RVR:

Porque tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; y estos tres son uno. Y tres son los que dan testimonio en la tierra: el Espíritu, el agua y la sangre; y estos tres concuerdan (1 Jn. 5:7-8).

La coma juanina es la parte que aparece subayada y no figuraba en los manuscritos más antiguos. Tal inserción ha sido fuente de muchos problemas. Erasmo sabía que no era parte del texto bíblico y sin embargo decidió incorporarla en su traducción. No ha faltado quien haya defenestrado la Trinidad y la divinidad del Hijo afirmando que las dos son inventos posteriores de la iglesia para divinizar a Cristo. Por ejemplo, Isaac Newton con todo su poder intelectual se dio cuenta del asunto y lo utilizó como pretexto para justificar su conversión al arrianismo.

CONCLUSIÓN

Más allá de la belleza literaria, las comparaciones no dejan bien paradas a las traducciones existentes que usan el TR como base. El TC ha dejado claro que versículos como Mateo 17:21; 18:11; 23:14; Marcos 7:16; 9:44; 9:46; Lucas 17:36; 23:17; Juan 5:4; Hechos 8:37, entre otros, no hacían parte de los manuscritos originales.

Las diferencias son tan grandes que el gran teólogo y apologista cristiano William Lane Craig, considerado uno de los 50 más grandes filósofos vivos hoy día, considera que no es bueno usar las traducciones basadas en el TR (como la RVR y la King James) para estudios bíblicos serios, pues el TR se basa en «la familia bizantina de textos, que es la peor y la más corrompida de todas las familias de textos del NT». No pretende Craig una prohibición del uso de las versiones antiguas como la RVR, como si fuera la Inquisición. Sin embargo, más allá su inherente belleza, estos textos resultan poco útiles a la hora de estudiar la Biblia.

Yo en particular entiendo el apego a la RVR; yo aprendí a leer con la RVR y conozco de memoria largas porciones de ella. Sin embargo, cada vez que estoy estudiando textos en español, voy a las mejores traducciones protestantes modernas con base en el TC como las ya mencionadas anteriormente: NVI, NTV, BLA, BLPH (que por la belleza del idioma se está convirtiendo en una de mis favoritas) o BTX, entre otras.

La conclusión de Craig es que si no queremos aprender griego y hebreo, quedaremos a merced de los traductores de las versiones, sean antiguas o modernas. Por lo tanto, quienes estamos interesados en profundizar en la Palabra de Dios, deberíamos procurar el aprendizaje de las lenguas en las cuales nuestra Biblia se escribió.

El silencio del cielo

Jesús se lo dijo. Juan no sabía lo que hablaba cuando pidió al Señor que lo dejara sentarse junto a Él en su gloria; escapaba a él en aquel momento la desproporción de su insolencia. ¿En la gloria del mismísimo Dios encarnado sentado junto a su trono? Casi cuarenta años después, desterrado en la isla de Patmos, entendería la magnitud de su irreverencia.

Se callaron los cielos, los tres cielos; se calló la Tierra y se callaron los abismos debajo de la Tierra. Nadie pronunció palabra. Si los multiversos tuvieran algún asomo de verdad, también en aquellos mundos todo lo creado habría quedado en silencio. Nadie pronunció palabra, nadie hacía un ruido, nada hacía ruido.

Estaban todos los seres celestiales: el arcángel Miguel, el ángel Gabriel, los guerreros del cielo, los serafines y los querubines; todos hermosos, pero todos en silencio. Lo sabían dentro de sí, ninguno podía levantarse y responder. El ángel poderoso que hizo la pregunta tampoco pudo responderla. Una pregunta corta, una pregunta simple, dejó en silencio la creación entera. Nadie dijo nada. Nadie podía responder nada.

No respondieron los ángeles caídos. Ni los principados ni las potestades ni los gobernantes de este siglo. No. Al mismo Lucifer, bello como el que más, sello de la perfección, acabado en hermosura y vestido de piedras preciosas, lo arrasó un silencio tan sepulcral como el de la morada eterna que le esperaba. ¡Habla ahora Satanás! ¡Dónde quedaron la seducción de tus tentaciones! ¡Dónde tus detestables acusaciones! Un escalofrío le recorrió el cuerpo perfecto. ¿Semejante al Altísimo? ¡Reivindícate! ¡Reclama lo que en tu altivez juraste para ti! No pudo; la gravedad de la gloria, de la pureza que no era suya, paralizó cada parte de su cuerpo, como se paralizaría un microbio sobre la superficie de Júpiter. ¿Júpiter? ¡Si Él se adueñó de las alabanzas a Júpiter! En Él vivimos y somos y nos movemos. Y si Él no quiere —como sucedió con la boca cerrada de Luzbel en el cielo—, no nos movemos.

—-

Y se calló toda la humanidad. Nadie dijo nada. Desde el primer homo sapiens hasta el último poco sapiens cuyo dedo apretó el botón, nadie dijo nada. Nadie. No podía Adán pararse y decir yo. Tampoco pudo pararse Eva. ¿Con qué cara lo harían?

No hablaron los grandes reyes de la Tierra. Callado estaba Nimrod, grande entre los grandes, y sin embargo allí tan minúsculo. Al Altísimo todos lo veían; Nimrod estaba perdido entre la multitud.  Callados estuvieron los faraones cuyos cuerpos embalsamados solo volvieron a abrir los ojos cuando Aquel que era las primicias de la resurrección, Aquel a quien las puertas de la muerte no pudieron detener, les ordenó de nuevo que se levantaran.

Callado estaba David, el hijo de Isaí. ¿Cómo hablar algo? De repente ya no le pareció tan hermosa la mujer del prójimo. Estaba presenciando con sus ojos la promesa más grande que tiempos atrás le hiciera Natán, el profeta; veía a su descendiente, el verdadero Rey, coronarse en gloria y majestad sobre toda la creación. Salomón lo miraba reverente, sin musitar palabra, fiel a sus principios de sabiduría, temiendo la presencia de un Señor más grande que Él, más rico que él, más sabio que él, más apasionado que él, pero infinitamente más santo que él; fue precisamente Salomón quien mejor describiera este momento cuando, refiriéndose a tamaña humanidad indigna, había escrito en el pasado proféticamente de ella que cuando callaba toda (¡por primera vez!), por fin, aunque fuera por un corto instante, pasaba por sabia.

Callado se quedó Nabucodonosor, cabeza de oro puro, que cuando pensó en hablar, aunque pasados tantos miles de años, aspiró todavía el olor de la tierra entre sus dedos y recordó el alto precio de su arrogancia diciéndose en su mente:  Este sí es Aquel que construyó un imperio para la gloria de su majestad. Callado se quedó Belsasar, a quien la sola posibilidad de hablar le produjo una resaca de siglos por aquella embriaguez que fuera su último recuerdo.

Callados se quedaron los reyes persas y los reyes medos, pecho de plata; los mismos que se hacían llamar cada uno «rey de reyes» hoy en el cielo se arrinconaban en silencio, asustados, como los desvalidos ciudadanos de las provincias que arrasaron.

Callado se quedó Alejandro el macedonio, vientre de bronce, genio militar y símbolo de la fragilidad humana que, en pleno apogeo de sus proezas conquistadoras y lleno de toda juventud e instrucción, muriera; Magno era un título que no le lucía allí más que al resto de mortales. Somos polvo. Callado quedó Antioco IV contemplando por vez primera en su existencia qué era de verdad una epifanía —¡ah, mortales que se juran dioses!—, mientras la horrorosa impureza de sus abominaciones y sus burlas lo acobardaban con un espanto tan grande que solo podía asemejarse con el de quienes en sus pesadillas quieren gritar y no lo logran.

Callados estaban Rómulo y Remo, piernas de hierro; callados los césares; callado todo el imperio que otrora ante la Verdad se atreviera a cuestionar en la altivez de su asquerosa politiquería ¿qué es la verdad? Roma callaba en un silencio espantador que ahuyentó enseguida todas sus relatividades.

Callados los cuatro imperios vieron cómo una Roca —la Roca— empezó a rodar de la nada y aplastó sus reinos. Y los vencidos no hablan, los vencidos se rinden, los vencidos agachan la cabeza y callan.

—-

No se atrevieron a hablar quienes habían fundado las religiones. Callado estaba Mahoma, arrodillado delante del Príncipe de Paz. Sí, sarraceno, sí era Dios. En silencio Sidarta Gautama, al igual que Confucio. Todos callados. Callado estaba Moisés… tal vez se le vinieron a la mente aquel egipcio en sus cuarenta años y aquella roca en sus casi cien.

Enmudecidos, con la cabeza gacha, estaban también los respetados sabios de la Tierra. Platón, Aristóteles, Cicerón, Tomás de Aquino, Arquímedes, Newton, Leibniz, Pascal, Euler, Gauss, Kolmogorov, Gödel, Bohr, Maxwell. Los mejores exponentes de la filosofía, de la teología; los grandes genios de la física y las más brillantes mentes de la matemáticas. Todos callaban. Contemplaban de frente la Verdad que pasaron sus vidas buscando. La Verdad no era solo un concepto. La Verdad era una persona.

Callados quedaron los judíos. ¿«Que su sangre sea sobre nosotros y sobre nuestros hijos»? Hablar después de haber pronunciado tan grande insensatez, viéndolo allá parado a lo lejos, firme, blanco, puro, resucitado, habría sido una desfachatez peor que la de aquel momento cero. No. Los judíos guardaron silencio. Callado quedó Abraham, a quien el peso de su cobardía para cuidar a su esposa y la fuerza de sus pasiones con su esclava le impidieron incluso mover sus labios. Callado quedó Jacob, aquel tramposo que ya había peleado alguna vez contra Él y no pudo vencerlo. Callados quedaron los jueces, los profetas y los reyes. Así como callados, asustados, quedaron los fariseos, los saduceos y los escribas, rogando poder cambiarse las ropas que despedazaron cuando con tanta rabia las desgarraron en contra de Aquel que hoy a la distancia entronado los miraba. Callados todos los judíos no hablaron. Solo lloraron.

En silencio de satisfacción, pero al fin y al cabo silencio, quedó la bienaventurada virgen María. Y sonrió. He ahí la sierva del Señor, la misma que se humillara ante su Dios para que se hiciera con ella según su Palabra.

Simón Pedro no dijo nada; allí en medio de la multitud, parado entre Moisés y Elías, que jamás se escucharon, pensó: ¡Todas las enramadas y las coronas eran solo para Él! Pablo de Tarso quedó mudo; ciego cuando lo conoció, mudo cuando lo reconoció; ¿cómo decir algo cuando se sabía el primero de los pecadores?

Juan estaba buscándose desde afuera entre la humanidad entera pero no se encontró. Y allí desde afuera, observando toda la realidad, mientras pasaban segundos en silencio que se volvieron minutos, minutos que se volvieron horas, cayó presa del terror ¡Cuánta insolencia de aquel hijo del trueno! ¿Sentarme yo a su lado? Y de repente, dándose cuenta de algo más, se desplomó en llanto:

¡La humanidad había fracasado! Ni un solo humano en toda la historia pudo decir: yo, yo soy digno. ¡Cuánta vergüenza! ¡El peso de nuestra mediocridad, la individual y la grupal, nunca se sintió más abrumador! El insoportable peso de nuestros pecados nos hacía guardar silencio. Somos mediocres hasta en nuestras equivocaciones. Aterrados quedamos todos. Espantados. Juan lloró por la humanidad, aturdido por el más profundo y perforador sentimiento de fracaso. No el fracaso de un ser humano, no el fracaso de una nación, sino el fracaso de toda la humanidad.

Nadie dijo nada. No los grandes reyes de la tierra, no las mentes más favorecidas de la historia, no los fundadores de religiones, no los guerreros más valientes, no los poderosos, no los deportistas y no los millonarios. Ningún ser humano, ni uno solo, se atrevió a pronunciar palabra. A cada uno, sin excepción, las fuerzas le flaquearon. Cada uno, sin excepción, palideció ante el trono del cielo. 

La pregunta que nadie pudo contestar pareció venir de la nada.

Había música alrededor del trono celestial, canciones que entonaban unos seres angelicales y aterradores, en las cuales le repetían al que estaba sentado en el trono que Él era digno y que Él era santo.  Cuánta insolencia, Juan. El ángel poderoso iba a preguntar solo una vez. No iba a faltarle al respeto al Verdadero sometiéndolo más de una ocasión a la comparación con sus criaturas, pero la pregunta debía hacerse para que todo hombre lo entendiera. Por ello solo podía ocurrir al final de la historia.

Súbitamente la música cesó. Entonces el ángel abrió su boca: ¿¡Quién es digno!?  La pregunta era sencilla, por lo cual produce mayor frustración y abrumadora perplejidad que nadie hubiera respondido. Ningún ser humano lo fue. El cielo quedó en silencio esperando la respuesta. Y no hubo nadie en el cielo ni en la tierra ni debajo de la tierra a la altura de la respuesta a tan elemental pregunta. Nadie habló. La humanidad entera quedó en silencio. Los mismos ángeles quedaron en silencio. Las huestes del mal quedaron pasmadas.

De repente se levantó Aquel que fue traspasado, Aquel que estuvo muerto pero la muerte no pudo detenerlo, Aquel que fue tentado en todo como nosotros pero sin pecado, Aquel que fácilmente puede sanar enfermos porque tiene el poder para perdonar pecados, Aquel que tiene tanta fuerza que llevó el peso de nuestra sanidad: la de toda la humanidad, la del alma pero también la del cuerpo. Solo Aquel que siempre permanece fiel se puso en pie. Solo Aquel cuyo siempre ha sido , y su no, no, pudo mantenerse firme y seguro sobre sus pies, inconmovible, porque es la Roca. Solo aquel ser humano perfecto, arquetípico, hermoso, amoroso, misericordioso y compasivo en medio de su perfección. Solo Él. Y nadie más que Él sin pronunciar palabra se levantó de su trono. No necesitaba palabras. Él es las palabras. El Hijo del Hombre reivindicaba al hombre.

Él era digno. Solo Él. Solo Él amó perfectamente, solo Él se humilló perfectamente. Nadie más que Él. Él es el Santo. Santo, Santo, Santo. Diferente de todo lo creado, diferente de aquellos como los cuales se encarnó. Solo Él fue digno, solo Él es digno, solo Él será digno. Por los siglos de los siglos Jesucristo es el único digno. Él es el Digno.

Solo Él podía cargar con todo el peso de la perfección y la hermosura sin que su corazón de amor se envaneciera. Solo Él es el Altísimo y hace parecer pequeños los gigantes de la tierra. Él y solo Él construyó de verdad un imperio que trasciende todas nuestras limitaciones físicas para la gloria de su majestad. Él es el verdadero y único Rey de Reyes. Él es el único digno de recibir coronas y enramadas. Él es la verdad, a Él converge todo el conocimiento y solo en Él la verdad deja de ser epistemología y se vuelve ontología. Nadie merece sentarse a su lado. Él pone reyes y quita reyes. Solo Él. Solo Él es digno. Solo Él tiene poder para perdonar. Solo Él tiene poder para sanar. No existe otro nombre en la tierra bajo el cual podamos ser salvos. Solo Él. Nadie más que Él.

Mientras toda la creación bajaba la cabeza como escondiendo la conciencia, avergonzados todos a una por la grotesca incapacidad de responder, Jesús se levantó. Pareciera que los seres creados, poco a poco, en términos de la distancia al trono, se iban dando cuenta de que Cristo y exclusivamente Cristo se había levantado. Primero, solo aquellos seres extraños que le servían, tras subir la mirada, empezaron a cantar otra vez con alegría que el Cordero inmolado era digno. Después se unieron al coro todos los ángeles del cielo. Al final, toda la humanidad, toda, to-da, prorrumpió en un único canto de júbilo al unísono con los ángeles, reconociendo que solo Jesús era digno. Así el canto y la adoración que antes de la pregunta solo le rendían aquellos seres extraños que ministraban en su trono se extendió a toda la creación.

Dios lo exaltó hasta lo sumo

y le otorgó un nombre que es sobre todo nombre

para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla 

en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra

y toda lengua confiese que Jesús es el Señor

para gloria de Dios Padre.

Sobre héroes y tumbas y el cristiano anárquico

Aunque Ernesto Sábato fuera doctor en física y trabajara en los laboratorios Curie de Paris y en MIT, pasaría con el tiempo a descreer de la ciencia porque notó, acertadamente, que esta era incapaz de responder las preguntas más importantes del ser humano. Llegó a decir que mientras trabajó en los laboratorios Curie se encontró «vacío de sentido [y] golpeado por el descreimiento». Como explicando su pensamiento, dice en Sobre héroes y tumbas:

Toda consideración abstracta, aunque se refiriese a problemas humanos, no servía para consolar a ningún hombre, para mitigar ninguna de las tristezas y angustias que puede sufrir un ser concreto de carne y hueso, un pobre ser con ojos que miran ansiosamente (¿hacia qué o hacia quién?)… no eran las ideas las que salvaban al mundo, no era el intelecto ni la razón, sino todo lo contrario.

A un periodista le diría alguna vez que lo que percibimos con los sentidos no es lo único que existe. También se dio cuenta por la misma época de sus años de físico, al vivir entre las dos guerras mundiales en Europa y conocer los excesos de Stalin —lo que produjo su rompimiento con los ideales comunistas—, de que la ciencia era amoral, pues los mismos descubrimientos sirven para hacer bien o para hacer mal a la humanidad, dependiendo de la motivación de quien los use. Para un hombre que estuvo tan enamorado de la ciencia y que escaló con éxito por sus montañas hasta llegar a tan altos picos intelectuales, comprender esta realidad debió ser un golpe muy fuerte. Y con toda la razón, porque se pregunta uno: ¿de dónde la insistencia de la Ilustración, la moderna y la posmoderna, en que educar al ser humano va a hacerlo más moral? Tal afirmación no es sino una de las grandes falacias de nuestros encopetados iluminados intelectuales de hoy día.

Continua Sábato, en el mismo párrafo de su anterior cita:

Si prevaleciese la desesperación, todos nos dejaríamos morir o nos mataríamos, y eso no es de ninguna manera lo que sucede. Lo que demostraba… la poca importancia de la razón, ya que no es razonable mantener esperanzas en este mundo en que vivimos. Nuestra razón, nuestra inteligencia, constantemente nos están probando que este mundo es atroz, motivo por el cual la razón es aniquiladora y conduce al escepticismo, al cinismo y finalmente a la aniquilación.

¡Qué cerca se encontraba Sábato de los grandes pensadores creyentes sin saberlo! Su cambio de carrera de la ciencia a las letras pareciera estar siguiendo el consejo de G. K. Chesterton en su famosa Ortodoxia:

La imaginación no produce demencia. Lo que produce la demencia es la razón. Los poetas no se vuelven locos, los jugadores de ajedrez sí. Los matemáticos se vuelven locos, y los cajeros; pero rara vez ocurre así con los artistas creativos… El poeta solo anhela meter su cabeza en los cielos. El lógico es quien busca meterse los cielos en la cabeza. Y es su cabeza la que explota… Loco no es quien ha perdido su razón. Loco es quien ha perdido todo excepto su razón… Tal es la experiencia del demente; usualmente es él un razonador, con frecuencia uno muy exitoso. Vive en la muy bien iluminada y limpia prisión de una idea.

Y como para terminar de darle la razón a la experiencia de Sábato, añade Chesterton:

En cuanto a explicación del mundo, el materialismo [la doctrina según lo cual solo el mundo material existe] tiene una especie de simplicidad demencial. Tiene la cualidad precisa de los argumentos del orate; tenemos al tiempo la sensación de que lo cubre todo y la sensación de que todo se le queda por fuera.

Volviendo a Sábato, llama la atención la respuesta del argentino al argumento que se planteara en el párrafo ya mencionado. Y llama la atención por partida doble. Primero, porque es completamente racional, llena de sentido. Segundo, porque aunque el físico y escritor resultara muy influenciado por el existencialismo durante sus años en París, particularmente por Jean Paul Sartre, responde en el mismo párrafo tajantemente a la pregunta por excelencia que, según Albert Camus, debía plantearse la filosofía: ¿Por qué no el suicidio? La pregunta es completamente consecuente: si todo lo que existe es el impersonal y frío dato científico, si no hay nada más allá, si no existe Dios, si todo es una vomitiva náusea, ¿por qué no el suicidio? Responde Sábato (y nótese que el mismo Camus encomendaba los libros del argentino):

[El hombre es] una criatura que solo sobrevive por la esperanza. Porque felizmente… el hombre no está solo hecho de desesperación sino de fe y de esperanza; no solo de muerte sino de anhelo de vida; tampoco únicamente de soledad sino de momentos de comunión y de amor. Porque si prevaleciese la desesperación, todos nos dejaríamos morir o nos mataríamos, y eso no es de ninguna manera lo que sucede…. [los hombres poseen] aquellas insensatas esperanzas, su furia persistente para sobrevivir, su anhelo de respirar mientras sea posible, su pequeño, testarudo y grotesco heroísmo de todos los días frente al infortunio.

Es decir, la respuesta a por qué no el suicidio es: porque la fe, la esperanza, el anhelo de vida, los momentos de comunión y amor, son todas cosas que apuntan a algo mucho más allá de las suposiciones que planteaban los existencialistas ateos (el adjetivo se justifica porque el existencialismo nace como corriente filosófica en el muy creyente Søren Kierkegaard, y milenios atrás Salomón lo usó para sustentar su libro bíblico de Eclesiastés). Así lo reconoció Sábato, que pasó a decir:

Y si la angustia es la experiencia de la Nada, algo así como la prueba ontológica de la Nada, ¿no sería la esperanza la prueba de un Sentido Oculto de la Existencia, algo por lo cual vale la pena luchar? Y siendo la esperanza más poderosa que la angustia (que siempre triunfa sobre ella, porque si no todos nos suicidaríamos), ¿no sería que ese Sentido Oculto es más verdadero, por decirlo así, que la famosa Nada?

¡Qué tremendo argumento! La realidad es que si el existencialismo ateo fuera cierto, y si toda la realidad pudiera enclaustrarse en teoremas, experimentos científicos y materia, nada podría aferrarnos a esta vida de manera constante. Sin embargo, el suicidio sorprende porque es la excepción, no la regla. Porque a lo largo de millones de años de existencia del ser humano son solo unos pocos, no muchos, los que se han quitado la vida. Si Sartre estaba en lo cierto, si la vida era una náusea, entonces la pregunta de Camus (existencialista como Sartre pero enemigo intelectual suyo) se seguía directamente de dicho razonamiento.  Pero la respuesta de Sábato desmorona el fundamento sobre el cual se había edificado la pregunta: hay esperanza y ello probaría ontológicamente que hay un Sentido Oculto de la Existencia, así con mayúsculas.

Sobre héroes y tumbas se publicó por primera vez en 1961. Nueve años antes, en 1952, había publicado C. S. Lewis su espectacular Mero cristianismo, donde tiene el famoso argumento de la esperanza al que aludí en la entrada pasada:

Si encontramos en nosotros un deseo que nada en este mundo puede satisfacer, la explicación más probable es que fuimos hechos para otro mundo.

Si Sábato no había leído a Lewis al momento de escribir su libro (¡que casi bota a la basura pero su esposa, gracias a Dios, se lo impidió!), sorprende la increíble sintonía del escritor latinoamericano con el anglosajón.

Dice Salvador Dellutri, pastor argentino, en una maravillosa serie de dos programas sobre el autor (aquí y aquí) que Sábato fue un «hombre extremadamente lúcido… en su concepción de la realidad» y poseía «una gran convicción ética». Fue esa gran convicción ética la que al final de sus días, después de trasegar el mundo de las ideas, lo llevó a reconocerle a Dellutri que se había convertido en un «cristiano anárquico». Cristiano porque creía en Cristo y en sus enseñanzas; anárquico porque no se veía perteneciente a ninguna de las iglesias que lo representaban. De hecho, pidió a Dellutri que oraran por él en su iglesia porque creía en la oración de fe. Elvira González, su compañera de sus últimos días corroboró a Dellutri al instante las palabras de Sábato: les gustaría congregarse de vez en cuando porque sabían que les hacía bien, pero la salud del escritor se lo impedía.

Sábato, como hombre ético cabal que era, llegó a concluir que había una ley moral objetiva y que dicha ley inclinaba la balanza fuertemente hacia la existencia de Dios. Cuando Sábato se dio cuenta de que la ética de Cristo en el Sermón del Monte (de la que le habló a Dellutri) era aquello que su alma había buscado por tantos años pasó a entender el Sentido Oculto de la Existencia, el Logos. En Cristo, al final de sus días, descansó su angustia existencial, sabiendo que, como dice Dellutri, Cristo «realmente le estaba dando la razón en cuanto a los valores y en cuanto a la ética, eso que había sido su lucha desde siempre».

Dice Dellutri que el impulso ético de Sábato fue en realidad su intento de buscar a Dios aunque por mucho tiempo el segundo no lo supo. Sábato experimentó en carne propia el argumento moral y siguió la evidencia hasta sus últimas consecuencias, donde la evidencia lo llevó. ¡Qué grande fue Sábato! ¡Qué genio fue Sábato!

Nota final de self indulgence: He escrito en otras ocasiones en este blog sobre varios de los puntos de Sábato referenciados en esta entrada. Se siente uno bien de haber llegado a las mismas dos conclusiones de semejante genio.

El teorema de incompletitud de Lewis

Ya me he referido en otros lados a uno de los teorema de incompletitud de Gödel: que todo sistema finito de axiomas consistente es incompleto. Un corolario en la aplicación a la vida diaria es que nunca vamos a poder conocer toda la verdad a este lado del cielo, porque somos seres finitos en el tiempo, lo cual quiere decir que aun suponiendo que siempre partamos de axiomas que no lleven a contradicciones inherentes del sistema (es esto lo que significa la consistencia), no vamos a poder escapar del sistema finito de axiomas porque solo tenemos x años, con x menor que infinito, para poder plantear nuestros axiomas. Por ende, dado que estamos en las condiciones del teorema de Gödel, la conclusión es inescapable: no vamos a poder conocer todas las proposiciones verdaderas a este lado del cielo. En otras palabras, no vamos a poder conocer toda la verdad antes de morir.

No tiene nada de extraño. No somos Dios, luego no lo podemos conocer todo. Sin embargo, saberlo a ciencia cierta, con la aplastante fuerza que tienen las verdades matemáticas, duele, deprime. La sola idea es de por sí todo un motivo para desarrollar una nueva filosofía existencialista. Pero también produce un anhelo de eternidad, pues hay en mí un deseo profundo e inherente de conocer cada vez más.

No obstante, la verdad es que hay una parte de mí (de todo aquel con mediana sensatez, me atrevería a decir) que no quiere conocerlo todo. Por un lado, el peso de la verdad es totalmente abrumador para nosotros los humanos. De hecho, así ocurre con la verdad parcial que conocemos. Y si las pocas verdades que conocemos duelen tanto, ¡cuánto más lo será el conocimiento total de la verdad! Razón tenía Salomón cuando dijo que «mientras más sabiduría, más problemas» y «mientras más se sabe, más se sufre».

Por otro lado, en una concepción cronológica nunca vamos a vivir eternamente en el sentido de infinitud. Los infinitos son límites ideales matemáticos. Pero al menos en tiempo cronológico no vamos a tener nunca la posibilidad de llegar al infinito. Al contrario, de nuevo suponiendo un cronos, como en un argumento inductivo, después de cada instante n (natural, finito) de tiempo seguirá otro instante n+1 (igualmente natural y finito) de tiempo. En plata blanca, al año 1 le sigue el año 2, al año 1000 le sigue el 1001 y así sucesivamente. Sin importar qué tan grande sea el tiempo en el que estemos, el que sigue siempre será finito. Luego aunque nunca muramos (como corresponde a la esperanza cristiana de la eternidad), no vamos a poder conocer nunca todo porque nunca vamos a vivir infinitos años.

Pero mi anhelo de conocer más sigue intacto. Así no lo conozca todo, así nunca esté preparado para conocerlo todo, así nunca quiera conocerlo todo, sí quiero conocer más. Y ello sí es posible en un tiempo cronológico en el que yo no deje de existir: cada vez voy a conocer más, aunque nunca vaya a saberlo todo.

Dicho anhelo de conocer más me lleva entonces a esgrimir el argumento con el que quiero continuar. Un argumento que me parece apenas acertado denominar como el teorema de incompletitud de Lewis:

«Si encontramos en nosotros un deseo que nada en este mundo puede satisfacer, la explicación más probable es que fuimos hechos para otro mundo».

La frase se encuentra en el tercer libro de Mero Cristianismo, en el capítulo sobre la esperanza. Como casi todo lo que escribía Lewis, esta frase tiene todo el sentido. La sustentación de ella, puede hacerse à la Peter Kreeft:

Premisa 1: Todo deseo natural innato en nosotros corresponde a un objeto real que puede satisfacer dicho deseo.

Premisa 2: Existe (al menos) un deseo natural innato que nada en este mundo puede satisfacer.

Conclusión: Debe existir algo más allá de este mundo que puede satisfacer mi deseo.

No me detendré en la explicación de los puntos. Tal vez lo haga en un escrito posterior, aunque vale la pena resaltar que toda la discusión en la sección anterior sobre mi anhelo de conocimiento es de hecho un reconocimiento tácito de la segunda premisa del argumento. El lector interesado en el desarrollo de la idea puede remitirse al enlace (en inglés) del artículo de Peter Kreeft o a su debate con Richard Norman sobre el asunto. Quiero más bien darle un giro a esta conversación y centrarme en este teorema de incompletitud asumiéndolo cierto.

Soy incompleto porque nada en este mundo puede satisfacer del todo mis anhelos. Jesús lo puso en estos términos para la mujer samaritana hablando de la sed: «Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed». Ni siquiera las cosas que me satisfacen en este mundo lo hacen permanentemente. Nunca se sacia tanto mi sed de nada que no quiera volver a tenerlo después. Y así como no sucede con la bebida, no pasa tampoco con la comida, el sexo, las relaciones o el conocimiento. Quiero conocer más, por ejemplo, y Gödel me dice que no puedo. Soy en mis anhelos como las hijas de la sanguijuela de Salomón.

Hay en este argumento de Lewis cierta semejanza con su argumento de la existencia de la ley moral en el primer libro de Mero cristianismo en el siguiente sentido: Lewis concluye en un argumento absolutamente arrollador, que la existencia de la ley moral implica la existencia de un Legislador moral que es bueno. Pero bueno no quiere aquí decir condescendiente o tierno, sino más bien correcto. En efecto, el argumento de Lewis es que el Legislador nos dejó una ley moral buena en el sentido de que sabemos qué es lo correcto, pero nuestra misma incapacidad para vivir a la altura de dicha ley nos atormenta permanentemente de forma tal que, al menos a partir de este argumento, sea imposible concluir que la palabra bondad aplicada al Legislador funcione aquí como sinónimo de condescendencia o ternura.

La semejanza entre los dos argumentos, me parece, está en que la radical incompletitud que sentimos a este lado del cielo también es tan estricta como dolorosa. Pues no hay una sola área de nuestras vidas en la cual podamos decir que nuestros anhelos quedan plenamente satisfechos. No en el sentido biológico (comida, sed, sexo y abrigo, por ejemplo), no en el sentido relacional (amistades ideales, familias perfectas, matrimonios sin problemas), no en el sentido intelectual (nunca ningún teorema o razonamiento filosófico o teológico ha sido tan profundo que no quiera conocer más, o que la mera epistemología satisfaga totalmente las profundidades de mi existencia) y no en el sentido espiritual (nunca sucede que, por ejemplo, en algún momento hayamos orado tanto que no necesitemos hacerlo más después).

La consecuencia es entonces de tremendo dolor a este lado del cielo. Nada satisface del todo. Nada. Na-da. Por lo tanto, si el argumento de Lewis es cierto —y a mí me parece que lo es— la esperanza de ver nuestros anhelos satisfechos está en la vida futura y eterna al lado del Jesús que le prometió a la samaritana darle un agua tal que no volvería ella a tener sed jamás.

Es este argumento el que le da sentido al concepto de justicia, que también emerge como consecuencia del argumento moral para la existencia de Dios. Finalmente, si usted cree que la justicia existe (y su inconsciente lo traiciona si dice que no pero se indigna ante los abusos que todos conocemos), tiene que aceptar que la justicia nunca se va a poder servir totalmente solo con esta vida terrena. Piense por ejemplo en un Hitler o un Stalin; los dos murieron sin pagar por sus barbaridades. Si este mundo es todo lo que hay, la justicia en la cual usted cree no existe. Pero si usted de verdad cree que la justicia existe, con lo cual su anhelo innato de justicia ha de verse satisfecho, debe aceptar entonces la existencia de un mundo más allá en el que todos seremos juzgados. Un mundo en el cual Hitler y Stalin pagarán por sus excesos y la justicia quedará satisfecha.

Este argumento también mostraría que las religiones panteístas, aquellas cuyos dioses están encarcelados en este mundo como el alma al cuerpo en el mito platónico de la caverna, son falsas. Pues si los deseos humanos naturales e innatos que poseemos no se pueden satisfacer en este mundo, entonces los dioses que son parte de este mundo, como lo afirman dichas religiones, no pueden satisfacer nuestros más básicos anhelos. Nunca veremos la justicia satisfecha, por ejemplo, si todo lo que hay son pequeños dioses exclusivamente inmanentes que no tienen la posibilidad de trascender nuestro universo.

¿Qué más podemos hacer entonces sino responder como la samaritana lo hizo ante las palabras de Jesús: «¡Señor, dame de esa agua para que no vuelva a tener sed ni siga viniendo aquí a sacarla!»?

Quiero irme entonces por una variación más personal en esta parte final de mi escrito. Ese anhelo de estar por fin completos (lo cual solo es posible en Cristo, si la Biblia es cierta, como lo creo yo) incluye el de que por fin se vaya el peso de nuestros propios errores, de nuestros pecados. No me refiero aquí a que el pecado que condene al creyente (porque no hay tal), sino a que los pecados tienen consecuencias terrenas con las que tenemos que vivir incluso después de haber visto la Luz.

El contexto de la cita que relata el encuentro de Jesús con la samaritana revela que el evento ocurrió alrededor del mediodía, cuando el sol calentaba más. La samaritana estaba en un pozo sacando agua cuando llegó Jesús a su encuentro. La razón por la cual ella estaba recogiendo agua a esa hora, cuando no había nadie más, es porque tenía fama de vida licenciosa. Y la fama no era gratuita. La ley obligaba a tales personas a mantenerse apartadas para no contaminar a las demás. Puesto que el mediodía, la hora más calurosa, era el instante en el que a nadie más se le ocurriría salir de la casa en pleno desierto a recoger agua, ella tenía que salir a esta hora para no enfrentar el oprobio y la desaprobación de sus pares por el peso de sus propios pecados (los de ella). El solo hecho de salir a hacerlo cada día (o cada tantos días, no importa) de la forma en que lo hacía, debía funcionar como un horroroso recordatorio del peso de sus faltas. Así nadie más saliera a restregarle su pecado en la cara.

Por esta razón, cuando Jesús lleno de amor se le acerca, sin juzgarla, sin temor a contaminarse con ella, le ofrece algo que ella no puede rechazar: le ofrece no tener que ir al pozo a esa hora a buscar agua nunca más. Le ofrece quitarle no solo la impureza sino la necesidad de estársela recordando a sí misma toda la vida. Le ofrece un agua tal que ella nunca necesitaría volver al pozo a sacar más. Tal promesa de Jesús, a la que yo también con tanta fuerza me aferro, es de cumplimiento parcial a este lado del cielo, pues es prácticamente imposible deshacer totalmente las consecuencias de nuestros pecados en este mundo. Piense por ejemplo en aquella guerra fratricida, extendida ya por más de tres milenios, por culpa de la desobediencia de Abraham con Agar.

Pero el cumplimiento definitivo del anhelo que tenemos muchos de no seguir cargando ya con las consecuencias de nuestros pecados y poder finalmente descansar solo va a ser realidad completa allá en el cielo. No en esta tierra. Como la justicia, la promesa de Jesús a la samaritana es que nuestro anhelo de sanidad total del alma por las consecuencias de nuestros propios errores solo ocurrirá allá, una vez estemos para siempre en el cielo con el Señor.

Bendito sea el Señor del cielo por darnos no solo una creencia, sino un sistema consistente en el cual podemos concluir y esperar de acuerdo a certezas que sus promesas un día se cumplirán y la vida ya no dolerá, y los ojos ya no llorarán. Él sanará, Él hará plena la vida y de su plenitud tomaremos todos gracia sobre gracia para poder por fin reposar eternamente vivos a su lado en paz.